domingo, 23 de noviembre de 2014

NÚMERO 06




MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA.




Lima, octubre del 2014                                                                        Número 06

 


Manuel González Prada. Lima 1884 - 1918.

 



POESÍA

 

ACUÉRDATE DE MÍ

Carlos Augusto Salaverry
Perú 1830 - 1891.

          ¡Oh! ¡cuánto tiempo silenciosa el alma
mira en redor su soledad que aumenta:
como un péndulo inmóvil, ya no cuenta
                   las horas que se van!
Ni siente los minutos cadenciosos
a golpe igual del corazón que adora
aspirando la magia embriagadora
                   de tu amoroso afán!

         Ya no late, ni siente, ni aún respira
petrificada  el alma allá en lo interno:
tu cifra en mármol con buril eterno
                   queda grabada en mí!
Ni hay queja al labio ni a los ojos llanto:
muerto para el amor y la ventura,
está en tu corazón mi sepultura
                   y el cadáver aquí!

         En este corazón ya enmudecido
cual  la ruina de un templo silencioso,
vacío, abandonado, pavoroso,
                   sin luz y sin rumor:
Embalsamadas ondas de armonía
elevabánse un tiempo en sus altares:
y vibraban melódicos cantares
                   los ecos de tu amor.

         Parece ayer!... De nuestros labios mudos
el suspiro de ¡”Adiós” ¡ volando al cielo,
y escondías la faz en tu pañuelo
                   para mejor llorar!
Hoy... nos apartan los profundos seños
de dos inmensidades que has querido,
y es más triste y más hondo el de tu olvido
                   que  el abismo del mar!

        Pero, ¿qué es este mar? ¿qué es el espacio,
qué la distancia, ni los altos montes?
ni qué esos turbios horizontes
                   que miro desde aquí:
Si al través del espacio y de las cumbres,
de ese ancho mar y de ese firmamento,
vuela por el azul mi pensamiento
                   y vive junto a ti?

         Si yo tus alas invisibles veo,
te llevo dentro del alma, estás conmigo,
tu sombra soy, y adónde vas te sigo
                   de tus huellas en pos!
Y en vano intentan que mi nombre olvides:
nacieron, nuestras almas enlazadas,
y en el mismo crisol purificadas
                   por la mano de Dios!

         Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido:
mi nombre está en la atmósfera, en la brisa,
y ocultas al través de tu sonrisa
                   lágrimas de dolor:
pues mi recuerdo tu memoria asalta,
y a pesar tuyo por mi amor suspiras,
y hasta el ambiente mismo que respiras
te repite ¡mi amor!

         ¡Oh! Cuando veas en la desierta playa,
con mi tristeza y mi dolor a solas,
el vaivén incesante de las olas
                   me acordaré de ti:
cuando veas que un ave solitaria
cruza el espacio en moribundo vuelo,
buscando un nido entre el mar y el cielo
                   acuérdate de mí!
(Carlos Augusto Salaverry, Perú 1830 - 1891)



                           EL AMOR

          Si eres un bien arrebatado al cielo,
¿por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto,
las turbias noches de febril desvelo?

         Si eres un mal en el terrestre suelo,
por qué los goces, la sonrisa, el canto,
las esperanzas, el glorioso encanto,
las visiones de paz y de consuelo?

         Si eres nieve, por qué tus vivas llamas?
Si eres llama, por qué tu hielo inerte?
Si eres sombra, por qué la luz derramas?

         ¿Por qué la sombra, si eres luz querida?
Si eres  vida, por qué me das la muerte?
Si eres muerte, por qué me das la vida?
(Manuel González Prada, Perú 1844 - 1918)





     ROMANCE



Pídeme el huerto y los
(palacios
Que habita el hada en oriental
(región,
Las ingentes riquezas
Que el gnomo atesoró.

Pídeme el manto de celajes
Que el día tiende al suspirar su
(adiós,
La borëal aurora
Del frío Septentrión.

Pídeme lunas y luceros,
Flamígeros cometas de pavor,
Desconocidos mundos
En vaga formación.

Pídeme nieve en el Verano,
En el Invierno luces y calor,
El agua en el desierto,
A medianoche el sol.

Pídeme antojos y caprichos,
Lo que no acierte a descifrar
(la voz,
Los sueños y visiones
De insensata razón.

Pídeme absurdos y quimeras;
Mas no me pidas olvidar tu
(amor:
Todo lo puedo, todo;
Pero olvidarte, no.
(En: ... Minúsculas.
Manuel González Prada, Perú 1844 - 1918)





CUENTO



CADENA DE SUEÑOS
(por Guillermo Delgado)




Para Milagros Mora


Se detuvo ante el escaparate que mostraba a la bailarina que giraba como una pequeña peonza y recordó la cajita de música que su padre le regalara cincuenta años antes. Era entonces la niña mimada a quien todo se le daba. Ser hija única tenía sus ventajas. También evocó a su padre en el sanatorio, “algo no andaba bien en su cabeza”, dijo su madre.

-      Taxi, gritó un hombre desde su coche amarillo.

Ignoró el llamado y siguió a paso lento su camino. Cuando entró en la Tienda notó que no había nadie. “Es temprano”, se dijo. El tendero leía el “Washington Post”, mientras daba unas bocanadas al Marlboro. Mientras recorría los estrechos pasillo fue llenando la canastilla de mano. Cereal, galletas, café instantáneo, leche descremada.

Siempre olvidaba algo y tenía que recorrer las calles de la Quinta Avenida, la mayoría de las veces atestada de gente apurada.

-      No intente hacer nada o le vuelo la cabeza.

Se alarmó. Miró entre unas cajas de galletas y vio al tendero con los brazos en alto. Un hombre de traje negro lo apuntaba con un arma. Se sintió aterrada. Era un asalto no había duda. El hombre hurgaba en la caja registradora. El tendero estaba temblando en el suelo, boca abajo, inmóvil como una estatua de hielo. Se agazapó en un rincón. Un tarro de jalea cayó y rodó unos metros. Se sobresaltó. Su corazón latía agitadamente. Más aún cuando el asaltante la vio arrinconada como un gato. Sus ojos se fijaron en aquel extraño como implorando.

 El hombre del traje negro colocó el arma en ristre y disparó. Se desplomó dejando caer el contenido de la canastilla cuya asa sujetaba fuertemente. Una oscuridad total la embargó.

-      ¡Ah! gritó agitada.

Miró a su alrededor y vio su habitación como la veía todos los días cuando despertaba.

Estaba sentada  en su cama.

Vio la canastilla y la soltó horrorizada. Todo en su mente era una confusión. Algo recorría su vientre llegando hasta el muslo derecho. Palpó con su mano izquierda y notó un líquido rojo y viscoso.

Es sangre, pensó. Su confusión fue mayor. En el baño, con una gasa, pudo contener el flujo que se  mostraba incontenible. El proyectil no había dañado ningún órgano interno. Eso parecía y eso la tranquilizaba.

Se vistió como pudo. Bajó los tres pisos y, ya en su carro, enrumbó hacia una clínica particular. Es el lugar más cercano y seguro, pensó. Además nadie le preguntaría nada sobre lo ocurrido. ¿Y qué podría contestar?, pensó.

¿Qué es lo que ocurría?

Cuando despertó, se sentía mareada. La anestesia, le dijo el médico. Estaba tendida en una camilla. Una enfermera la miró escrutadora.

Tomó la receta que el médico le dio y la guardó en su bolso. Duerma un poco, después hablaremos, le dijo el doctor. ¿Y qué podré decirle?, pensó. En un descuido logró salir de la clínica sin ser vista.

No se sentía con ganas de manejar.

Caminó a través de unas calles desiertas en busca de una farmacia.

De repente miró hacia la acera de enfrente y vio a su madre que le hacía señas. Llevaba el vestido de flores con que fue sepultada. Parecía querer decirle algo. Así como apareció se esfumó. Sintió una profunda tristeza. Caminó unos pasos, y vio salir de un edificio a tres hombres. Uno llevaba camisa de fuerza y era casi arrastrado por los otros dos. Ambos vestían de blanco, como aquellos que atendían en el sanatorio donde su padre estuvo internado hasta sus últimos días. Papá, gritó. El hombre de la camisa de fuerza la miró y movió la cabeza de un lado a otro. La visión se le nubló y los hombres desaparecieron. Se detuvo. Buscó a su madre y a su padre. Esto no es real, pensó. La risa de unos niños que pasaron al lado de ella la reanimaron. Vio esos rostros inocentes y recordó una imagen del pasado. Una pareja iba detrás de los niños. Parecían ser los padres, iban de la mano, mirándose con la sonrisa con que suelen mirarse las parejas que se aman.

Es él, no cabe duda, pensó. El hombre que había amado toda su vida y a quien creía muerto pasaba a su lado como si ella no existiera. Esos niños, dijo casi sollozando.

Encontró una farmacia lindante con un terreno baldío. Entró, dio la receta a la intendente y esperó. La espera de le hizo larga. Sentía un ardor en la herida y un ligero mareo. Recibió la bolsa con los medicamentos.

En ese momento vio que un hombre entraba. No le costó reconocer al hombre de traje negro que le había disparado. Asustada corrió hacia la puerta trasera y salió. No se detuvo hasta llegar a una callejuela. Llovía tenuemente. Buscó ayuda, pero las calles estaban desiertas. Qué extraño, pensó. Cuando miró alrededor con la esperanza de encontrar a alguien vio al hombre de traje negro que venía hacia ella con paso ligero. Tomó un callejón y trató de correr, pero el dolor y los rezagos de la anestesia  se lo impidieron. En su alocada huida tropezó con una piedra y cayó. Los medicamentos se desperdigaron. Trató de juntarlos, pero el hombre ya le había dado alcance. Cuando le apuntó con la pistola ella cerró los ojos. El fogonazo retumbó en la estrecha callejuela y la mujer cayó de espalda.
La visión se le fue nublando hasta quedar en una cerrada oscuridad.

-      ¡Ah!, gritó. Casi ahogada por la agitación.

Se vio tumbada en su cama. La habitación permanecía inmutable. Se sentó con gran dificultad. Su ropa estaba húmeda. Unos medicamentos con los envases casi mojados estaban sobre el cubrecama. Esto es una locura, se dijo. Quizo bajar de la cama pero un dolor intenso sumamente agudo se había sumado al interior.

Ahora sangraba del lado izquierdo.

Colocó su índice derecho en la herida y pudo contener en algo la hemorragia. Pensó que estaba muerta, luego que soñaba, luego que se había vuelto loca, luego ya no sabía qué pensar. En el baño buscó un poco de gasa, pero no había. Vio el envase vacío con huellas de sangre en el tacho de basura y recordó la herida anterior, colocó una pequeña toalla en la herida, la ajustó con un cinturón.
Se colocó un abrigo encima y salió.

Busco el coche en el estacionamiento y recordó que lo había dejado en la clínica. Ese hecho la confundió más. Su mente era un marasmo de contradicciones y suposiciones que no tenían sentido alguno.

Tomó un taxi y pidió que la llevaran al hospital más cercano.

-      Sabía que necesitaría un taxi, dijo el chofer, esbozando una maquiavélica sonrisa que ella vio como una mueca en el espejo retrovisor. Recordaba es voz.

A los pocos minutos descendió ante las puertas de un hospital donde un par de enfermeros la llevaron en una camilla. Un médico con mascarilla le guiñó un ojo y le dijo: No se preocupe, todo va a salir bien. Cuando despierte verá que todo no es más que un sueño. Sí, un sueño, repitió ella en un susurro. Las luces del quirófano se fueron diluyendo poco a poco.

-      Tome esta pastilla para que duerma un poco, lo necesita.

Miró al médico sin poder articular palabra alguna. El dolor, la anestesia, el cansancio y la incertidumbre eran demasiado.

El médico le dijo que unos policías querían interrogarla, pero que lo harían después. Mientras dijo esto le mostró una bala y le señaló el abdomen. Le dejó entrever que había otro orificio de entrada que aún no cicatrizaba. Ella permanecía muda. Cómo explicar lo inexplicable. Cuando el médico abandonó la habitación arrojó en la escudilla la pastilla, se quitó el apósito de la frente y con dificultad y con mucho dolor se bajó de la cama. Miró por el visillo de la puerta y vio a unos policías sentados, bebiendo café y leyendo el diario.

Se vistió como pudo y salió por una puerta que daba a un almacén de limpieza. Allí espero unos minutos y, a la primera oportunidad, salió provista de un uniforme de limpiadora. Ya en la calle deambuló como un velero a la voluntad del viento. Sentada en una banca contempló el parque en toda su extensión.

Árboles, plantas, parterres, almácigas y macizos, todo le parecía irreal. Los globos de sus ojos, enrojecidos y vidriosos, parecían a punto de estallar. Un ligero temblor se apoderó de su cuerpo. Debe ser la anestesia, pensó. Vio a su alrededor. Solo vio al hombre que limpiaba el parque. Se le veía ocupado, llevando un carruaje abarrilado lleno de hojas y ramas recién cortadas.

Terminaré en un sanatorio como mi padre, pensó. Tal vez sea algo de aquí dentro.

Se había tocado la cabeza, algo no andaba bien ahí. Un ruido como un tintineo se apoderó de su mente.

Al comienzo ni lo noto, pero poco a poco se fue haciendo más evidente, como una estrella que brilla en el héspero y que a medida que oscurece se hace más brillante.

Cuando el ruido se hizo un chirrido se llevó las manos a la cabeza y recordó el grito de Munch. Ya no era un puente sino la banca de un parque donde ese ser solitario y enloquecido era víctima de un destino confuso y horrendo. Cerró los ojos un instante y cuando los abrió vio esos zapatos que habían seguido sus pasos y vio ese traje negro que parecía una sombra que la perseguía y ese rostro impenetrable que asomaba otra vez como una pesadilla interminable y vio por última vez el arma que le apuntaba y que en un instante último era detenida por una voz de ¡alto! El hombre del traje negro se volvió rápidamente y vio al policía descender de la patrulla portando un arma que parecía apuntarle al pecho. Suelte el arma, gritó, pero el hombre del traje negro giró y quiso dispararle, el policía fue más certero y el hombre cayó al piso el pie de esa mujer que no volvería a ver nunca más porque ahora el que despertaba era él, en una cama, en una habitación solitaria y con una profunda herida que sangraba incontenible.

Wolfsschanze, setiembre / noviembre 2013.






EL MUNDO HOY


PARÁSITO PERSISTENTE



La Taenia solium, un parásito que produce cisticercosis en los seres humanos, sigue siendo un problema en algunos países en desarrollo. La enfermedad normalmente se contrae al comer cerdo infectado poco cocido o alimento contaminado con las larvas de dicho parásito. Según el periódico Excélsior, de Ciudad de México, el parásito es “de difícil detección”, por lo que “puede desarrollarse en el organismo humano por años sin que el portador lo sepa”. Algunos de los síntomas son: fiebres, dolores de cabeza, estados de epilepsia y alteraciones oculares. El periódico dice que los investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México están tratando de encontrar una vacuna para los cerdos con miras a eliminar el parásito.




LOS DERECHOS DE LOS ELEFANTES


En muchos lugares de la India, los elefantes constituyen una parte importante de la fuerza laboral. La revista The Week  dice que el estado de Uttar Pradesh, en el norte del país, incluye en sus nóminas a los elefantes como empleados con pleno derecho. Un elefante empieza a trabajar a los 10 años y puede estar al servicio de sus patronos por cincuenta años. Al jubilarse, recibe una pensión como los demás empleados del estado, y se le asigna un mahout (adiestrador y cuidador de elefantes) para que reciba los cuidados y la alimentación apropiados. Las elefantas reciben diversos beneficios durante su vida laboral, como por ejemplo, un año de permiso por maternidad en el ambiente cómodo de un zoo antes de reincorporarse a la importante labor de transportar madera, encorralar y adiestrar elefantes salvajes, y patrullar parques nacionales y zonas forestales protegidas.




¿HACIA UN LENGUAJE UNIVERSAL?



“En un país centroasiático donde rara vez se hablan lenguas occidentales”, un niño de ocho años le dice a su padre que quiere aprender inglés. El padre le pregunta por qué. “Porque la computadora habla inglés papá”. Esa anécdota, dice Asiaweek, “ilustra lo que muchos consideran una consecuencia insidiosa de la superautopista de la información […], el potencial de acelerar un cambio, ya de por sí rápido, hacia un lenguaje mundial dominante: el inglés”. La revista añade: “Dicha tendencia no obedece a un deseo de fomentar la hermandad internacional, sino simplemente a razones prácticas. Si vamos a comunicarnos y a efectuar operaciones comerciales a través de Internet, necesitamos un lenguaje común para entendernos”. ¿Por qué inglés? Porque “el negocio de las computadoras personales se originó en Estados Unidos, al igual que Internet. Aproximadamente el 80% de la información de la Red se dirige a un público anglófono”. El uso de otros idiomas se ve frenado en algunos casos por la dificultad de adaptarlos al teclado inglés. “Habrá que pagar un tercio – dice Asiaweek –. Los lingüistas predicen que la mitad de los cerca de seis mil idiomas que se hablan hoy día caerán en desuso para finales del siglo próximo, y posiblemente en el plazo de veinte años”.






LA RISA DE BERGSON


Ø El coronel dijo a sus hombres, sentados alrededor de la mesa: “Muchachos, quiero que consideren a cada plato del menú como a un enemigo. ¡A ellos, sin piedad!”



Al final del banquete, el coronel observó que un oficial de menor rango se llevaba dos botellas de vino.

-      ¿Qué hace usted, teniente? – le preguntó.
-      Seguir sus enseñanzas, mi coronel: cuando el enemigo no cae en el campo de batalla, se le lleva prisionero.




****


Ø  Enrique estaba desesperado. Había recurrido a todos los medicamentos y métodos para eliminar la caspa, pero sin resultado. Por último, consultó con cuatro peluqueros en un mismo día.
El primero de ellos le trató el cuero cabelludo con un tónico de color verde. El segundo empleó una loción roja; el tercero le aplicó una crema azul, y el cuarto usó una sustancia de vivo color púrpura. Tres días después, Enrique le contó a un amigo suyo que la caspa había desaparecido.
-      ¡Estupendo! – exclamó el amigo –. Apuesto a que te sientes feliz.
-      No lo creas. Ahora me peino y me sale confeti.




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Ø Un hombre de negocios llamó a un amigo y colega suyo y le preguntó cómo le iba.

-      Las cosas no podrían marchar mejor – le contestó el amigo –. Pese a la recesión, nuestras ventas se han incrementado en un cuarenta por ciento. Mi hijo, el abogado, acaba de ganar un caso importante y recibió un millón de dólares por concepto de honorarios. Mi otro hijo, el médico fue designado candidato para el Premio Nobel de Medicina…

El negociante lo interrumpió:

-      Te llamaré más tarde; no sabía que había alguien contigo.



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Ø  Dos funcionarios de un ministro están discutiendo airadamente sin darse cuenta de que el ministro, que estaba cerca, podía oírles.
-      ¡Eres un inútil y un chapucero! – grita uno.
-      ¿Y tú? – le contesta el otro –… En mi vida he visto un ser tan idiota como tú.
-      ¡Señores! – interrumpe el ministro –. ¿Se olvidan de que yo estoy aquí?




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Ø  Cierto individuo de apellido Sánchez se hallaba sobre el tejado de su casa durante una inundación, y el agua subía y subía, hasta llegarle a los pies.



Poco después pasó un hombre, remando en una canoa, y le gritó:

-      ¡Señor! ¿Quiere que lo lleve a un lugar más alto?
-      No, gracias. Tengo fe en el Señor, y Él me salvará.

Pasó el tiempo, y el agua le llegó a Sánchez hasta la cintura. En eso, se detuvo allí una lancha de motor, y desde dentro gritó una voz:

-      ¿Quiere que  lo lleve a un terreno más alto?
-      No gracias. Tengo fe en el Señor, y Él me salvará.

Poco después se acercó a Sánchez un helicóptero, cuando el nivel del agua le llegaba ya al cuello.

-      ¡Cójase de la cuerda, y yo lo subiré! – le gritó el piloto.
-      No, gracias. Tengo fe en el Señor, y Él me salvará.

Desconcertado, el piloto dejó a Sánchez en el tejado, casi cubierto por las aguas. Al cabo de dos horas de permanecer en ese sitio, el pobre hombre, exhausto, no pudo resistir más. Se ahogó, y fue a recibir su recompensa.

Mientras aguardaba ante las puertas del paraíso, se halló frente a su Creador, y se quejó de lo que le había ocurrido.

-      Señor, yo tenía total fe en que Tú me salvarías, pero me abandonaste.
¿Por qué?
-      ¿Qué más querías? ¡Te mandé dos lanchas y un helicóptero!


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