jueves, 25 de septiembre de 2014

NÚMERO 05



MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.





Lima, setiembre del   2014                                              Número 05





Federico García Lorca. España 1898 - 1936




POESÍA

 LA CASADA INFIEL


         Y yo que me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

         Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

         Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revólver.
Ella, sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen un cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos;
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

         No quiero decir por hombre
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de razo pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

(Federico García Lorca, España 1898 - 1936)




FLOR
Jorge Bacacorzo y Guillermo Delgado
Academia Peruana de la Lengua
Diciembre 1997.

Tú, eres flor,
yo soy el agua y tú
estas en ella.

Tu eres flor
yo soy el agua y tú
enciendes en el centro de la fuente
las estrellas.
Tú enciendes la canción entre las yerbas
y el canto de la fuente
donde estoy.

Tu eres flor
esto es: aroma del viento
bello rincón del tiempo
capullo que se abre para desbordarse con todo
lo que encierra
(¿A caso el ensueño no humedece
tus ojos?
¿Acaso no tiemblas como un girasol
cuando yo te toco?)

¡Oh!, toda tú eres un ramo donde está la vida esperando.
Tú eres flor
es decir flora de luz.
Yo soy el agua llena de sol
cuando me tocas
(A lo lejos soy el viento que anhelas
a lo lejos soy la nube que guarda tu sueño).

¡Oh!, tu eres flor
para salir cantando en la mañana
la canción del agua.

(Jorge Bacacorzo, Arequipa 1927 – Lima 2006)







CUENTOS


OREJITA CHUPADA
(por Guillermo Delgado)

Como andarían mal las cosas por la sabana que un día se vieron nariz con nariz una zorra y una hiena.

-      Por aquí no hay ni agua ni comida, dijo la hiena, quien lucía más flaca que una suela.
-      Yo vengo del otro lado de aquel cerro que está ahí y no he encontrado ni un ratón con que calmar el hambre que tortura mis tripitas, dijo la zorra cuya delgadez dejaba contar hasta sus costillas.

Los únicos que lucían esplendorosos eran los cuantiosos cactos que para medrar los tiempos de sequía les bastaba con la humedad de los vientos matutinos. Los remolinos de viento y polvo iban difuminando las huellas de aquellas dos infelices que si no encontraban algo que comer, terminarían como merienda de un grupo de buitres que seguían su andar esperando el momento preciso para descender o darles curso.

-      Cómo estaremos de flacas que esos buitres ya deben estar lamiéndose el pico, pensando que hoy tendrán su comida asegurada, dijo la hiena mirando el vuelo en círculo de las aves carroñeras.

Toda la vegetación languidecía, poco iba quedando del verdor y de los colores con que las plantas armonizaban el ambiente de luz y lozanía en los tiempo de lluvia.
A medida que avanzaban y con el sol más ardoroso a cada momento, las pocas fuerzas que les quedaban iban menguando.

Después de una hora de andar al azar, la zorra y la hiena toparon con una pequeña manada de cebras. Agazapadas tras una roca, observaron a las cebras arrancando algunas raíces que asomaban entre ese suelo seco y polvoriento.

-      Creo que nuestra suerte va a cambiar, amiguita, dijo la zorra de buen ánimo.

La hiena miró a las cebras y luego a esa zorra flacuchenta y maloliente y estalló en carcajadas.

-      ¿Qué te pasa, te has vuelto loca?, gruñó la zorra.

-      Es que no puedo imaginar cómo harías para tumbar a esos animales tan grandes y fuertes, dijo la hiena.

La zorra se llevó una pata a la cabeza y le dijo:

-      Hiena tonta, acaso no sabes que soy un animal muy astuto.

La hiena pensó que si quería comer algo lo mejor era permanecer callada.

-      Y para completar nuestra suerte, ahí está ese melenudo durmiendo como siempre. Vamos, necesitamos un socio más y hoy llenaremos la panza hasta hastiarnos.

Un león que dormía plácidamente patas arriba al lado de un tronco vio interrumpido si descanso.
-      León, gritó la zorra. León despierta.

El felino permaneció inmutable.

La zorra se subió al tronco y de ahí saltó sobre la panza del león gritando como loca.
-      Despierta haragán, ocioso, mantenido, melenudo…

El león abrió un ojo y tomó a la zorra del cogote. Así la mantuvo en el aire mientras despertaba completamente de su sueño.

-      Mira amiguita, si vuelves a hacer eso te arrancaré la cabeza de un zarpazo. Agradece que estoy un poco cansado y no tengo ganas de perder el tiempo.

La zorra salió despedida varios metros y terminó enredada entre unas zarzas.
-      Allá tú, dijo la zorra quitándose el polvo. Pensé que querías darte un banquete con una de esas cebras que están allí.

El león escuchó cebra y paró las orejas.

-      ¿Y tú crees que yo voy a levantarme con este sol abrasador para atrapar una de ellas sólo para que tu comas a costa mía. Ni hablar, no me muevo de aquí, así que ándate tú y esta hiena mugrosa y vean cómo se las arreglan.

La hiena ni se dio por aludida.

Estar al lado de ese enorme animal ya la ponía nerviosa, más aún, sabiendo que la zorra no se daría por vencida.

-      No necesitarás moverte de aquí. Yo y mi amiga la hiena la traeremos hasta acá, tú la mataras y repartiremos en tres partes y todos contentos.

La hiena miró hacia el sol y pensó que el fuerte calor había estupidizado a la zorra.

El león aceptó, pero solo porque deseaba deshacerse de esa zorra que no tenía intenciones de marcharse.

-      Muy bien. Tráela hasta aquí y yo la mataré, repartiremos y luego cada uno por su lado, te parece bien, dijo el  león.

-      Trato hecho amigo, venga esa patita para darle seriedad al asunto.

León, zorra y hiena juntaron sus patas y el acuerdo quedó hecho.

Demás está decir que el león sabía que era imposible que esas dos esqueléticas arrastraran a una de esas cebras hasta donde él dormía.

Lo único que quería es seguir durmiendo y eso hizo.

-      ¿Y cómo vamos a hacer para llevar esa cebra hasta donde duerme ese haragán? ¿Acaso la vamos a cargar hasta allá?, preguntó la hiena preocupada.

 Habían llegado hasta un bosquecillo de espinos.

-      Tú te  esconderás detrás de estos arbustos. Yo traeré a la cebra hasta aquí, cuando la veas pon la cara más horrorosa que puedas lograr y grita como una condenada. Si observas bien, la cebra, asustada, correrá hacia el león, no tendrá otro lugar donde ir, dijo la zorra.

La hiena se rascó el mentón convencida de que talento  a esa flacuchenta no le faltaba.

La zorra llegó hasta donde pastaban las cebras y comenzó a correr en círculos gritando “soy una cebrita”, “soy una cebrita”. Algunas cebras estallaron de risa; otras pensaron que estaba loca.

-      Conque eres una cebra no. ¿Y dónde están tus rayas?
La zorra se detuvo y observó su cuerpo durante unos segundos. Luego se mostró triste y acongojada. Como nunca falta un buen corazón, una joven cebra se acercó y le dijo:

-      No te pongas triste. Tú eres una zorra y yo soy una cebra. Así nos han hecho y nada cambiará.

Pero otra cebra, malintencionada y burlona, quiso mofarse de la zorra.

-      Aunque viéndote bien, pareces una cebra, aunque un poco enana.

-      Me ayudarías a transformarme en una cebrita, preguntó la zorra fingiendo ingenuidad.

-      Claro, por qué no, dijo la cebra latosa.

-      Allá, tengo pinturita blanca y negra, y una brocha para que me hagas mis rayitas.

La cebra se desternillaba de risa pensando en los pegotes de pintura que echaría en el cuerpo de la zorra. “Con este sol se pondrá dura como una piedra”.

Cuando la zorra llegó donde la hiena esta estaba más dormida que el león. Una patada en la nariz la despertó. La cara que puso la hiena asustó hasta a la zorra que corrió tan espantada como la cebra.

El león, que dormía a pata suelta, fue despertado por los gritos de la asustada cebra. Con la agilidad propia de los felinos el melenudo cogió a la cebra y de una dentellada se prendió de su pescuezo.

La hiena y la cebra no cabían de contentas al ver tan suculenta presa, la cual iba cerrando los ojos a medida que el león le apretaba la tráquea. Muerta la cebra, el león empezó a lamer el cuerpo de su víctima. La hiena babeaba, a la zorra le bailaban los ojos de entusiasmo y el león miraba y lamía ese hermoso trofeo que tenía entre sus patas.

-      Bien socias, a repartir, dijo el león.

Arrancó el rabo y se lo dio a la hiena; a la zorra le dio una oreja y él se quedó con el resto.

-      Una parte para cada uno, dijo el león y de una mordida le arrancó una pierna a la cebra.

-      Un momento, dijo la hiena, porque no te quedas tú con este rabo y yo con todo eso.

-      Cómo no, dijo el león, mostrando su garra. Sólo tienes qué quitarme mi parte.

La hiena vio esa pata enorme con unas uñas que emergían como puñales, carraspeó y dijo con resignación.

-      Aunque pensándolo bien, este rabito se ve sabroso, así que, me voy yendo por ahí a buscar una buena sombra para saborearlo.

-      ¿Y tú, tienes algo que decir? Preguntó el león con voz amenazante.

-      No, no, contestó la zorra. A mí la verdad que la carne de cebra me cae mal. Con esto tengo suficiente, no hay como una orejita chupada para calmar el hambre.

Fueron tantas las maldiciones que la zorra por un lado y la hiena por otro invocaron para que el león se indigeste, que por la noche el abusivo melenudo se retorcía de dolor sin encontrar explicación a su mal.

Wolfsschanze, julio del 2013.





ÓRDENES SON ÓRDENES
(por Guillermo Delgado)


Viendo que todo en su reino era armonía, el león decidió dar una gran fiesta con el fin de agradecer a todos sus súbditos el respeto y obediencia que le tenían. Para ello mandó llamar a la zona quien hacía las veces de asistente.

La zorra holgazana había engordado una barbaridad a costa de las sobras que le dejaba el león cada vez que cazaba.

-      ¡Qué se traerá entre patas el melenudo!, refunfuñó la zorra que fue despertada de su habitual siesta vespertina.

Ya ante el león, la zorra escuchó con atención.

-      El sábado en la noche, a las siete daré una fiesta y quiero que todos los animales, grandes y pequeños, asistan. Se trata de algo que no he hecho nunca y que me honra hacerlo ahora que ya voy a cumplir un año más de vida. La fiesta servirá para que todos aquellos que están peleados se amisten y de paso quiero agradecer a cada uno el respeto y obediencia que me guardan. Así llueva que todos vengan, ya sabré recompensarlos: buenas carnes para los carnívoros y las mejores hierbas para los herbívoros. ¡Ah!, eso sí, diles que si me traen un regalo no me negaré a recibirlo, pero que no me ofenderé si no traen nada. Ahora vete y comunica a cada uno de mis súbditos esta ordenanza. Desde ahora quiero ser un nuevo rey.

-      Pero, Majestad, no cree usted que…no quiero escuchar nada, órdenes son órdenes, sentencio el león.

La zorra se marchó lanzando maldiciones a diestra y siniestra y deseando que el león se atragantara con un hueso y que se muriera de una vez.

-      ¡Qué se ha creído este estúpido! Ya me veo andando de aquí para allá transmitiendo su ridícula fiesta y todo por unos mendrugos que me deja este león angurriento.

Astuta como era, la zorra fue donde el mono, a quien luego de regalarle un coco, le dijo:

-      Dice el león que le digas a todos los animales que como él nunca hace nada, quiere ser un nuevo rey y para ello ha decidido hacer una fiesta para que no lo critiquen. La reunión será el sábado 7. Tienen que ir todos los que quieran pelear; deberán llevar regalos: buenas carnes y buenas hierbas. Nadie debe faltar, pues, sólo le queda un año más de vida. ¡Ah!, también dice que si hay lluvia te dará un hermoso regalo. ¿Has entendido, monito?  Interrogó la zorra.

El mono, que tenía la memoria más confusa que la zorra, se rascó la cabeza y dijo que sí, aunque debió haber dicho no; pero un coco era un manjar que no se debía desestimar.

El mono, después de comerse el coco, fue en buena de la cebra.

-      Vengo de parte de un nuevo león que quiere ser rey y me ha dicho que sólo le quedan siete días de vida y que posiblemente se morirá el sábado, pues, piensa atragantarse con la carne y las hierbas que le llevarán todos los animales; también quiere que después de su muerte se haga una gran fiesta para que peleen los animales grandes contra los pequeños, salvo aquellos que le lleven regalos a su tumba en recuerdo de su gran melena.

La cebra golpeó el suelo con sus fuertes patas y se marchó a cumplir el mandato del rey león, que el mono había sazonado a su manera.

-      Mejor me busco un idiota que haga el mandato, pensó la cebra llegando a la ribera del río.
Allí encontró al hipopótamo que flotaba como una pequeña isla.

-      Mire, señor hipopótamo, dijo la cebra, el león quiere morirse el sábado a las siete, por lo cual todos debemos organizar una fiesta donde nos lo comeremos con hierbas; luego pelearemos para ver quién se queda con su melena, pues, aquello significaría que aquel que la tenga habrá llevado más regalos y será el nuevo rey.

El hipopótamo se hundió en el agua como tratando de ordenar aquel mensaje enrevesado. Al otro día, el hipopótamo encontró a la jirafa.

-      Como el león nunca ha hecho nada, le dijo, se ha rapado la melena; la cual quiere repartir entre los siete que lleguen primero a la fiesta del día sábado que un rey organizará en honor de todos aquellos animales que se peleen por la carne y la hierba que se servirá ahora que el león se está muriendo por los muchos regalos que no recuerdo quién le ha enviado.

La jirafa pasó unos bollos de acacia que estaba masticando y le dijo al hipopótamo que no se preocupara, que ella se encargaría de visitar a cada uno de los animales para que todos estuvieran bien enterados. Cuando el hipopótamo desapareció, el cuellilargo animal colocó un letrero sobre el tronco de un árbol de roble y continuó devorando las hojas de acacia.

El león se ha muerto el sábado a las siete; los animales grandes que se han comido a los chicos ahora se comerán la melena del león muerto con las hierbas que el nuevo rey les ha regalado.

Está demás decir que el rey tuvo que comerse todos los manjares que había preparado.  El día indicado para la reunión, el rey oteaba el horizonte con cara de preocupación, pues, no veía llegar a nadie; de vez en cuando lanzaba una mirada furibunda a la zorra que no dejaba de engullir los manjares con los que el rey de la selva pensaba agasajar a sus invitados.

Wolfsschanze,  abril 1996.





MITOS Y LEYENDAS


MITO DE CON


[Dicen que] al principio del mundo vino por la parte septentrional un hombre que se llamó Con, el cual no tenía huesos. Andaba mucho y ligero, acortaba el camino abajando las sierras y alcanzado los valles con la voluntad solamente y la palabra, como hijo del sol que decía ser. Hinchó la tierra de hombres y mujeres que creó y dioles mucha fruta y pan, con lo demás a la vida necesario. Mas empero, por enojo que algunos le hicieron, volvió la buena tierra que les había dado en arenales secos y estériles, como son los de la costa; y les quitó la lluvia, y nunca después llovió allí. Dejóles solamente los ríos de piadoso, para que se mantuviesen con regadío y trabajo. Sobrevino Pachacamac hijo también del sol y de la luna, que significa creador, desterró a Con, y convirtió sus hombres en gatos, de estos negros que hay; tras lo cual creó él de nuevo los hombres y  mujeres como son ahora, y proveyóles de cuantas cosas tienen. Por gratificación a tales mercedes tomáronle por dios, y por tal lo tuvieron y honraron a Pachacamac…

De: Mitos y leyendas de los aztecas, incas, mayas y muiscas.

(Walter Krickeberg)