domingo, 24 de abril de 2016

NÚMERO 15


MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.






Lima, julio del 2015                                            Número 15



Jorge Luis Borges, Argentina 1899 - Suiza 1986





POESÍA

                            ELEGÍA LAMENTABLE

Desde este mismo instante seremos dos extraños
Por estos pocos días, quien sabe cuántos años...
Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido
---uno de esos que nadie confiesa haber leído.
Y así mañana, al vernos en la calle, al acaso,
tú bajarás los ojos y apretarás el paso,
y yo, discretamente, me cambiaré de acera,
o encenderé un cigarro, como si no te viera...

Seremos dos extraños desde este mismo instante
Y pasarán los meses, y tendrás otro amante:
Y como eres bonita, sentimental y fiel,
quizás, andando el tiempo,  te casarás con él.
Y ya, más que un esposo, será como un amigo,
aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo,
y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha,
se te empañen los ojos, al llegar a una fecha.

Acaso, cuando llueva, recordarás un día
en que estuvimos juntos y en que también llovía.
y quizá nunca más te pongas aquel traje
de terciopelo verde, con adornos de encaje.
O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta,
cuando dobles tu almohada con mano soñolienta.
Y domingo a domingo, cuando vayas a misa,
de tu casa a la iglesia, perderás tu sonrisa.

¿Qué más puedo decirte? Será la esposa honesta
que abanica al marido cuando ronca la siesta:
tras fregar los platos y tender las camas,
te pasarás las noches sacando crucigramas...
Y así, años y años, hasta que finalmente,
te morirás un día, como toda la gente.
Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre.
Y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre.
(José Ángel Buesa, Cuba 1910 – República Dominicana 1982)





AUSENCIA

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.
(Jorge Luis Borges, Argentina 1899 – Suiza 1986)






CUENTO


DE SAPOS, RANAS Y RATONES
(por Guillermo Delgado)


¡Oh dioses! Grande es la hazaña que
van a contemplar mis ojos.
              Homero.
La batiacomiomaquía.


Para Gustavo y Violeta Valcárcel,
desde la misma ribera.

I

Vagando por un bosque iba un gato, cuando vio que una comadreja que luchaba por extraer de un tronco hueco a un pequeño sapo el cual inflaba sus carrillos buscando alejar al animal que ponía en peligro su vida.  Al ver al gato que se aproximaba amenazadoramente, la comadreja buscó refugio entre el denso boscaje.

-       Puedes salir, la comadreja ya se marchó, dijo el gato.  El sapo, desconfiado y precavido, se mantuvo inmóvil lejos de alcance del felino.

-       No tengas miedo, no te haré daño, tan sólo voy de pasada, busco un lugar donde vivir, pues, me han arrojado de mi hogar y ahora no tengo donde ir.

Algo en las palabras del minino hicieron reflexionar al sapo, quien de dos saltos salió de su escondite.

-       Te veo muy apenado y si algo puedo hacer por ti, te agradeceré me lo digas.  Si no hubiera sido por tu ayuda, ahora estaría en el estómago de esa comadreja, dijo el sapo.

-       Qué podrías hacer tú por el contrario el mal que me embarga, sapito, si yo con estas garras no he podido acabar con Roequeso y sus compinches.

-       ¡Roequeso!, y quién es ese que tanto daño te ha causado, peguntó el sapo.

-       Un ratón, contesto el felino.

-       ¡Un ratón, pero acaso un gato no es más fuerte que un ratón, preguntó el sapo!

-Así es, dijo el gato, pero él tiene muchos ratones que lo obedecen y juntos invadieron la casa donde yo vivía hasta lograr apoderarse de ella.

Es por ello que mi amo, un anciano comerciante, decidió arrojarme por inútil.

-¿Y tú no tienes amigos que te ayuden?, preguntó el sapo.

-       No los gatos somos muy solitarios y ariscos.

-       Vaya problema en el que te encuentras, dijo el sapo mientras reflexionaba sobre que hacer.


II

Llegada la noche, el sapo y el gato ya se habían hecho amigos.

Bocagrande, que así se llamaba el sapo, buscó un lugar cómodo cerca al estanque donde habitaba para que el felino pudiera descansar.  Al otro día, muy temprano, el gato fue despertado por el croar de un gran número de ranas que asomaban sus bocas desdentadas de entre las mansas aguas.

Ágiles y buenos nadadores los batracios jugueteaban entre los juncos largos y punzantes que crecían cerca al blando césped de la ribera.

-       Ven, felino dijo Bocagrande, iremos a buscar a Croafuerte, es una rana muy sabia y nos dirá lo que debemos hacer para eliminar a esos molestos ratones que han traído tristeza a tu corazón.

Acompañados por dos ranas, Adoracieno y Fangosa, Bocagrande y el gato atravesaron un terreno boscoso cubierto de cañas, juncos y abundantes hojas de malva.  A los pocos minutos unos estruendosos sonidos remecían las ramas más delgadas y las hojas más tenues de los árboles: era el croar de un gran número de ranas anunciando la llegada de unos intrusos a los linderos de Croafuerte.

Los recién llegados fueron recibidos por un enorme sapo que se hacía llamar BocadeGlobo.  Su piel era áspera y seca, su cuerpo rechoncho y lleno de verrugas y los ojos saltones a cada lado de su robusta cabeza, llamaron la atención del gato quien recibió una inspección ocular minuciosa por parte de BocadeGlobo.

El sapo les informó que debían esperar la noche para ver a la reina Croafuerte pues, ésta se hallaba descansando.

Vive oculta entre las piedras durante el día y sólo sale por la noche a devorar gran cantidad de insectos, gusanos y moluscos, concluyó BocadeGlobo.

Habituado a dormir durante el día. El felino no pudo pegar los ojos ante aquel interminable coro de ranas que no cesaba de croar.  Al entrar la tarde, e invadido por el cansancio, el gato se quedó dormido a la ribera de un estanque.


III

La luna, aquella noche despejada de nubes, lucía más bellas que nunca.

De todos los rincones del estero asomaron un gran número de ranas.  Hasta las ranas arborícolas descendieron de los árboles con las bolsas bucales infladas listas para croar.  El gato, tranquilo y cauteloso, parecía haberse acostumbrado a aquel coro de batracios que tan bien lo habían acogido.

Perseguida por numerosas ranas.  Croafuerte apareció de entre las hojas que cubrían gran parte del estanque.  Su cuerpo era largado y esbelto, cubierto por una piel lisa y resbaladiza.  De inmediato y luego de escuchar el asunto que BoacadeGlobo se traía entre patas, la reina Croafuerte hizo un recuento del perjuicio que los ratones en otro tiempo habían ocasionado a las ranas.

-       Roer es el bien supremo de esos asquerosos animales, dijo la reina refiriéndose a los ratones. Son muy traicioneros pero tantos, por eso muchos de ellos terminaban sus días en ese ligneo armadijo que los humanos llaman ratonera.  Pero. Cuidado, pues, son muy rápidos y saben organizarse muy bien para cometer sus fechorías.

Por donde pasan toda queda raído y agujereado.  Siempre van en dos grupos.  Muchas lunas hacen que vinieron por estos lares a posesionarse de nuestros estanques, a pesar de ser animales de tierra.

Aquella pérfida incursión bastó para demostrar que la ambición de esos bichos no tiene límites y que siempre están dispuestos a todo para lograr sus viles metas.

-       Tú sabiduría es admirable, Croafuerte, dijo Bocagrande bus ando en ese halago ganarse a la reina para su causa.

-       Todo se lo debo a Homero, aquel poeta griego quien sabiamente contó el bélico tumulto que se armó entre ranas y ratones.  De sus labios brotó aquel espectáculo horrendo que ensangrentó las aguas de la laguna y sus riberas.  Hasta el cielo se tiño del ardiente rojo que brotó de los cuerpos mutilados de ranas y ratones. Y hay que decirlo, porque la ingratitud sería mala compañera para el destino d e las ranas en este mundo, que de no haber sido por la ayuda del gran Zeus, cuyo rayo vengador descendió del celestial Olimpo, los ratones habrían acabado con el ranal que habitaban nuestros ancestros, concluyó la rana con los ojos humedecidos por las lágrimas.

-       Tengo entendido que fueron unos animales de marcha oblicua y provistos de fuertes pinzas quienes socorrieron a las ranas dijo Adoracieno, quien escuchaba con atención la narración de Croafuerte.

-       Así es, dijo la reina, eran unos acorazados de fuertes carapachos convocas guarnecidas de mandíbulas potentes con las cuales cortaron colas, pies y manos de ratones por doquier.  Se llamaban cangrejos y a ellos las ranas deben agradecer lo mismo que al poderoso Zeus.

La reina comenzó a croar pidiendo que sirvieran algunos bocadillos para agasajar a los visitantes.  El gato se abstuvo de probar aquellos majares cuya base era todo tipo de insectos, incluyendo algunos pececillos y lagartijas Bocagrande, Fangosa y Adoracieno comieron sin ningún empacho.

Toda la noche se la pasaron los batracios y el gato planificando la manera de poner fin a la incursión de los roedores en la casa donde vivía el minino.  Llegada el alba, toda conversación había concluido.  El plan estaba listo y era sumamente efectivo.

Ni un roedor quedaría con vida.  El gato se lamió los bigotes de contento, pues, de solo pensar que Roequeso y Robatodo, Labraagujeros, Aserradera, Ratóngordo y todos esos bandidos de cola larga tenían sus horas contadas, lo hizo pensar que tan  largo viaje había  rendido sus frutos.  Luego de comer unos pescados dorados que había logrado atrapar en un riachuelo, el felino se echó a descansar, pues, el viaje de regreso sería agotador y había que guardar fuerza para enfrenar a sus ponzoñosos enemigos.

En sus sueños resonaron las últimas palabras que había dicho Croafuerte: Hacemos esta guerra nuestra, porque si bien los hombres han cambiado, los enemigos siguen siendo los mismos.


IV

Mientras tanto, por el lado de los ratones, estos se habían apoderado de gran parte de la casa la cual, libre del gato, se había convertido en tierra de todo aquel que tuviera bigotes, cola larga y dientes fuertes par roer, papel, madera, queso, pan, semillas, trigo, todo, todo pasaba por los dientes filudos de los ratones, cuyo apetito voraz no tenía parangón.

El anciano estaba como loco, pues, las trampas no surtían efecto ya que los ratones habían encontrado un medio de evadirlas, lanzando amasijos en el lugar preciso donde el viejo colocaba la carnada.  Una vez accionada e inutilizada la trapa, Cometrigo, Bigotes y Orejagrande, se encargan de juntar la carnada en una bolsa que luego transportaban hasta sus escondrijos.

Una mañana, el Sumorratuno llamó a Roequeso y le dijo que era urgente tomar medidas más drásticas para arrojar al viejo de la casa, pues, pronto vendrían otros ratones y se haría necesario copar el segundo piso para albérgalos y que mientras el anciano permaneciera en dicho ambiente eso se haría muy difícil.

Roequeso encargó a Dienteroído y Taladrapisos roer las escaleras que conducían a la segunda planta para que el inoportuno anciano no pudiera trasladarse de una planta a otra.

-       Les doy esta importante comisión, pues, confío plenamente en vuestros poderosos incisivos, les dijo Roequeso.
A partir de ese día los peldaños fueron perdiendo consistencia, poniendo en serio riesgo la vida del anciano comerciante.  Pero yo por esos días el felino y sus amigos los batracios habían regresado y el plan de contraataque del gato estaba listo para comenzar.

Conocedores de que el anciano acostumbraba diariamente navegar sobre la laguna, fueron Juncalero y Ranaflaca los encargado s de presentarse con el fin de atraer la atención de los ratones.  Fue tal el alboroto que armaron Juncalero y Ranaflaca que los roedores no tardaron en asomar sus hocicos por puertas y ventanas.

-       ¿Qué quieren? Dijo la voz chillona de Ratóngordo.

-       Queremos quejarnos, pues, somos víctimas del hombre que habita en esta casa, que con su bote y sus remos perturba la tranquilidad de nuestras tardes.

-       ¡Bah! Y eso a nosotros que nos importa, hipó la voz de Oliscón, ya nosotros tenemos nuestros problemas con él como para que nos preocupemos de los vuestros.  Así que será mejor que se larguen antes de que nosotros los echemos.

-       Qué pena que no dispongamos de buenos dientes como para roer la embarcación del viejo y echarlo a pique  para que se ahogue, dijo Ranaflaca.

-       Sí, tienes corazón amigo dijo el sapo Juncalero, de ser así nuestro plan no fallaría, pero en fin, será mejor que nos marchemos pues, pronto oscurecerá.

Cuando ya los batracios se habían internado en el bosque, un grupo de ratones encabezados por Sumoratuno les dio alcance.
               
-       Unos momentos amigos, dijo el líder de los ratones, dice Oliscón que tienen un plan para deshacerte del anciano que tanto lo inoportuna.


V

Entrada la tarde un grupo de ratones entre los que se encontraban Taladrapisos, Aserradero, Colilarga, Bigote y Roequeso, llegaron hasta la laguna donde el bote del viejo se hallaba varado.  Allí los esperaban, según lo acordado el día anterior, una comitiva de ranas y sapos encabezados por BocadeGlobo.

-       Bueno, amigos dijo Roequeso, según ustedes tienen un plan para acabar con ese viejo inoportuno, pues bien estamos dispuestos a unir nuestras fuerzas con la de ustedes para solucionar un problema queso aqueja a ambos por igual.  Queremos que sepan que los ratones somos ciento por ciento efectivos, somos animales muy organizados y unidos, prueba de ello es que no hace mucho tiempo, logramos arrojar de la casa nuestro enemigo ancestral el gato.  Ese fue nuestro primer paso hacia la conquista de la casa, el segundo y definitivo golpe se lo hemos de dar al viejo.

-       Pero veo que no han podido con él, interrumpió Hinchaboca.

Colalarga lo miró con desprecio y Taladrapisos trató de darle una mordida pero la oportuna intervención de Roequeso fue crucial.

-       No seas estúpido le dijo Roequeso a Taladrapisos en voz muy baja, no ves que sin estas tontas no podremos deshacernos del viejo.  Descánsame esos diente, muchacho, ya tendrás la oportunidad de clavarlos en las canillas de esas ranas.

Roequeso retomó el hilo del asunto.

-       Hemos raído su cama, destruido la escalera, y una serie de incursiones más, pero hasta ahora todo ha sido inútil.  Ese viejo es muy testarudo, dijo el ratón bastante contrariado.

-       No se preocupen, dijo BocadeGlobo, nosotros también nos hemos ido de bruces en todos nuestros intentos por hundir esta embarcación, pero bueno, escuchen cuál es nuestro plan.

Las diez orejas ratoniles pusiéronse en alerta.

El plan consiste en roer la embarcación cuando el viejo se encuentre en medio de la laguna y ese trabajo lo harán ustedes, dijo Fangosa.

Los ratones cruzaron miradas desconcertadas.

-       Y cómo diablos lograremos roer el bote, acaso olvidan que nosotros no somos animales acuáticos, dijo Bigote.

-       Eso no será problema, nosotros los llevaremos sobre nuestras espaldas a través del agua y permaneceremos cerca al bote todo el tiempo que sea necesario para que ustedes puedan hacer su trabajo.
Los ratones seguían desconcertados.

-       Ven, amigo, le dijo Juncalero a Colilarga, súbete sobre mí, agárrate de mí lo más fuerte que puedas y te demostraré lo fácil que resulta todo.

-       Y tú, díjole Adoracieno a Aserradero, ven también para que veas qué placentero será el viaje.

Ambos ratones se negaron a cumplir los requerimientos de los batracios, pero una furibunda mirada de Roequeso bastó para que ambos treparan sobre las ranas en un santiamén.  Luego de dar varias vueltas a la laguna, los ratones se mostraron encontrados con la demostración.

-       Trato hecho, amigos, dijo Roequeso muy sonriente.  Mañana por la tarde traeremos un equipo de roedores así que vayan preparando sus espaldas.

Una vez que los ratones se hubieran marchado, Croafuerte y su séquito salieron de entre los juncos acompañados por el felino.  El plan de venganza estaba en marcha y nada podría detener el fin de los roedores. ,  Los ratones habían mordido el anzuelo.


VI

La noche anterior al día convenido, los ratones celebraron consejo.

Actuarían en dos grupos debido a que la madera con que estaba construido el bote del anciano era muy fuerte y difícil de roer.  El primer grupo estaría conformado por Cometrigo, Bigotes, Ratóngordo, Robatodo, Taladrapisos y Oliscón. El segundo, por Colilarga, Orejagrande, Dienteraído, Labraagujeros y Aserradero.

Roequeso comandaría al primer grupo, Dientefuerte al segundo.  El Sumorratuno permanecería en un lugar estratégico cerca de la orilla, de allí dirigiría la operación de hundimiento.  Al día siguiente el viejo comerciante llegó puntual a la cita.  Subió al bote y comenzó a remar.  Ya en el centro de la laguna, dejó los campos y se puso a fumar su pipa, mientras sus ojos acerados contemplaban al cielo límpido de nubes.

Ranas y sapos se colocaron en sus puestos cerca de la ribera.  Los dos grupos, con fácil salto, subieron sobre los lomos de los batracios quienes comenzaron a nadar con suma presteza.

Con gran regocijo los roedores observaban cómo la imagen de Sumoratuno se iba empequeñeciendo a medida que se alejaban de la orilla y se adentraban en la laguna.  Cuando la distancia en que se hallaban las ranas con su pesada carga fue considerada la adecuada, se escuchó un canto gutural.  Era el canto del Croafuerte que parecía provenir d siglos atrás.  De inmediato, los batracios se sumergieron buscando instintivamente el fondo fangoso de la laguna.

Los ratones, sorprendidos, quedaron de espaldas sobre el agua lanzando hipos de angustia.  Los roedores chillaban y chirriaban  buscando algún madero o junco a que aferrarse, pero todo resultaba inútil.  Sólo Ratóngordo y Oliscón permanecían aferrados al cuello de las ranas amenazando asfixiarlas, pero luego de un breve tiempo tuvieron que soltarse y emerger buscando el aire que necesitaban.
Cuando Sumorratuna cayó en la cuenta de que todo no había sido más que una trampa, trató de huir, pero el gato lo tomó desprevenido del cogote.

Las fauces del felino se cerraron lo necesario como para mantener con vida al roedor quien, con profunda congoja, veía a su legión de soldados sucumbir en las aguas tranquilas de aquella laguna donde siglos antes sus ancestros habían estado a punto de acabar con el reino de los batracios.



VII

Cuando el viejo regresó a la casa, ya muy entrada la tarde, encontró al gato que jugaba con un  ya agónico Sumorratuno.  De una mirada somera, el anciano se percató de que no había ratones por ninguna parte.

No cabía otra explicación, había sido el gato el gestor de aquella hazaña.  El anciano, arrepentido, tomó al minino y lo acicaló durante un buen rato.  En pocos días la casa volvió a ser lo que había sido antes: un mar de paz y tranquilidad.


VIII

Una noche estrellada en que la luna se mostraba en todo su esplendor, el gato se asomó a la ventana y escuchó el lejano croar de las ranas.  El viejo dormía plácidamente como en los viejos tiempos.  El croar incesante de aquellos pacíficos animales que lo habían ayudado invadió sus recuerdos.

Dos lágrimas de agradecimiento humedecieron la cara del gato mientras recordaba las palabras de Croafuerte: ¡Oh Dioses! Grande es la hazaña que van a contemplar mis ojos.

                                                                                Wolfsschanze, 2001.







NÚMERO 14


MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.






Lima, junio del 2015                                           Número 14





Guillermo Aguirre y Fierro, México 1887 - 1949 







EL POETA A SU AMADA

         Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los maderos curvados de mi beso:
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

         En ésta noche rara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En ésta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el  más humano beso.

         Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos:
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura:
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

         Y  ya no habrán reproches en tus ojos  benditos
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.
(César Vallejo, Perú  1892 – Francia 1938)






EL BRINDIS DEL BOHEMIO

En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.

Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.

El humo de olorosos cigarrillos
en espirales se elevaba al cielo,
simbolizando al revolverse en nada
la vida de los sueños.

Pero en todos los labios había risas,
inspiración en todos los cerebros,
y repartidas en la mesa, copas
pletóricas de ron, Wiskhy o ajenjo.

Era curioso ver aquel conjunto
de aquel grupo bohemio
del que brotaba la palabra chusca,
la que vierte veneno,
lo mismo que, melosa y delicada,
la música de un verso.

A cada nueva libación, las penas
hallábanse más lejos
del grupo y nueva inspiración llegaba
a todos los cerebros
con el idilio roto que venía
con alas del recuerdo.

Olvidaba  decir que aquella noche,
aquel grupo de bohemios
celebraba entre risas y libaciones,
chascarrillos y versos,
la agonía de un año que amarguras
dejó en todos los pechos,
y la llegada. Consecuencia lógica,
del feliz año nuevo...

Una voz varonil dijo de pronto:
- ¡Las doce, compañeros!
Digamos el  “requiescat” por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.
¡Brindemos por el año que comienza!,
porque nos traiga ensueño;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos.

...Brindo, dijo otra voz, por la esperanza
que a la vida nos lanza,,
de vencer los rigores del destino,
por la esperanza, nuestra dulce amiga
que las penas mitiga
y  convierte en vergel nuestro camino.
Brindo porque ya hubiese a mi existencia
puesto fin con violencia
esgrimiendo en mi frente mi venganza,
si en mi cielo de tul, limpio y divino
no alumbrara mi sino
una pálida estrella : ¡Mi esperanza!

...¡Bravo!, dijeron todos, inspirado
esta noche has estado
y hablaste breve, bueno y sustancioso.
El turno es de Raúl, alce su copa
y brinde por... Europa,
ya que su extranjerismo es delicioso...

...Bebo y brindo; clamó el interpelado
brindo por mi pasado,
que fue de luz, de amor y de alegría;
y en el que hubo mujeres seductoras
y frentes soñadoras
que se juntaron con la frente mía...
Brindo por el ayer que en la amargura
que hoy cubre de negrura
mi corazón, esparce sin consuelos
trayendo hasta mi mente las dulzuras
de goces, de deliquios, de desvelos.

...Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente
brote un torrente
de inspiración divina, seductora,
porque vibre en las cuerdas de mi lira
el verso que suspira,
que sonríe, que canta y que enamora.

Brindo porque mis versos cual saetas
lleguen hasta las grutas,
formadas de metal y de granito,
del corazón de la mujer ingrata
que a desdenes me mata,
¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!

Porque a su corazón llegue mi canto.
Porque enjuguen mi llanto
sus manos  que me causan embelesos,
porque con creces mi pasión me pague...
¡vamos!, porque me embriague
con el divino néctar de sus besos.

Siguió la tempestad de frases vanas,
de aquellas tan humanas
que hallan en todas partes acomodo,
y en  cada frase de entusiasmo ardiente,
hubo ovación creciente,
y libaciones y reír y todo.

Se brindó por la Patria, por las flores,
por los castos amores
que hacen  un valladar de una ventana,
y por esas pasiones voluptuosas
que el fango del placer llenan de rosas
y hacen de la mujer la cortesana.

Sólo faltaba un brindis, el de Arturo,
el del bohemio puro, de noble corazón
y gran cabeza; aquel que sin ambages
declaraba que sólo ambicionaba
robarle inspiración a la tristeza.

Por todos estrechado alzó la copa
frente a la alegre tropa
desbordante de risa y de contento.
Los inundó la luz de una mirada,
sacudió su melena alborotada
y dijo así, con inspirado acento:
- Brindo por la mujer, mas no por esa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer, ¡desventurados!;
no por esa  que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.

Yo no brindo por ella, compañeros;
brindo por  la mujer, pero por una,
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos;
por la mujer que me arrulló en la cuna.

Por la mujer que me enseño de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos,
uno por uno, el corazón entero.

¡Por mi madre! Bohemios; por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y deseado,
porque sueña, tal vez, que mi destino
me señala el camino
por el que volveré pronto a su lado.

Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio la vida,
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía,
y lloró de alegría sintiendo mi cabeza
en su corpiño.

Por ésa brindo yo;
dejad que llore, y en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.

Por la anciana infeliz que gime y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella.
¡Por mi madre!, bohemios,
que es dulzura vertida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella...

El bohemio calló; ningún acento
profanó el  sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente
un poema de amor y de amargura..
(Guillermo Aguirre y Fierro, México 1887 – 1949)





 CUENTO


BONITO E CHICOTITO
(por Guillermo Delgado)


Las últimas remesas de esclavos llegaron al Perú provenientes de ultramar hacia 1816. La abolición de la esclavitud negra se produciría treinta y ocho años después, exactamente en diciembre de 1854. De ahí que los propietarios y hacendados tuvieron que resignarse a contar sólo con los esclavos que ya tenían y cuidarlos como oro.

Ya en 1821, el General José de San Martín había decretado que toda persona introducida subrepticiamente como esclavo en el Perú sería automáticamente libre.

También los chinos tuvieron que sufrir la ignominia que representó la esclavitud, pues, sabido es que no sólo eran obligados, al igual que los negros a trabajos forzados, sino que también debían sufrir los severos castigos que les infringían sus amos.

Aquellos negros cuando eran capturados, debían ir preparando la espalda para sentir la mano castigadora del amo. Para un esclavo que hubiese fugado por tres días, el castigo previsto era de cien azotes y un día en el cepo. En casos peores se preveía la castración e incluso la muerte. Pero, no todo fue crueldad, pues, algunos negros y chinos disfrutaron del aprecio de sus amos, guardando, eso sí, las distancias del caso.

Tal fue el caso del chino Kochoy y del negro Diómedes Domingo, esclavos ambos de don Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, joven rico y agraciado que había heredado una gran fortuna de un tío lejano que no teniendo heredero conocido, optó por endosar todas sus riquezas al afortunado Nicanor.

El muchacho, inmaduro y algo libertino, no tardó en despilfarrar una buena parte de aquello que había obtenido sin esfuerzo alguno. No había garito ni burdel en Lima en el cual Nicanor no hubiera puesto los pies. Su vida disipada era observada con discreción por Kochoy y Diómedes Domingo: encargado de preparar los mejores manjares para el amo, el primero, y servirle de cochero y paje, el segundo.

Pero de un momento a otro la vida de Nicanor Josefo dio un giro tremendo y de la noche a la mañana se convirtió en un santo. Dejó de beber y de timbrar y desapareció de las casas de placer llegándose a pensar que había muerto. Se había enamorado de una linda españolita que no hacía más de un año que había anclado en Lima, en busca, según decían las malas lenguas, de un buen partido con quien echar raíces.

Una noche en que el negro y el chino se echaban unas agüitas aprovechando la ausencia del amo, sintieron un terrible portazo y luego unos gritos que provenían de labios de Nicanor. Los ojos inyectados y los hilillos de baba que emanaban de su boca por las comisuras evidenciaban el estado furibundo en que se hallaba.

-       Qué se habrá creído esa chapetona, venir a vapulearme por otro español igual que ella, vociferó Nicanor ya fuera de sí, mientras de un puntapié hacía volar la mesa donde Kochoy y Diómedes Domingo habían estado libando.

-       ¡Ajá! Así que chupándose mi vino no, ahora van a ver mugrosos.

Ya con el rebenque en la mano, Nicanor la emprendió a latigazo limpio con los desesperados esclavos que sólo atinaban a dar vueltas como leones de circo. Después de unos minutos, agotado por la persecución y el azote, el decepcionado galán cayó rendido. El negro y el chino lo miraban aterrados mientras trataban de calmar las partes afectadas por el castigo. De repente, Nicanor se puso de pie y dijo con estentórea voz.

-       Tráiganme una soga, carajo.

Al escuchar aquella orden el negro se puso pálido y al chino se le cerraron más los ojos, esa soga no podía tener otro fin que el pescuezo de aquellos que se habían atrevido a beberse el vino del amo. Ambos condenados se miraron sin saber si escapar de aquel lugar o resignarse a su mísera suerte. Otro grito tan fuerte como el primero pero en el que ahora se hacía mención a la madre de Diómedes obró el milagro de que el chino apareciera con la cuerda solicitada.

-       Cuelga esa soga de la viga del techo, le ordenó Nicanor al chino.

Diómedes Domingo se pasó la mano por el cuello. No había nada que hacer. El colgamiento empezaría por él y de seguro seguiría con el pobre chino quien ya se mostraba lloroso. Para sorpresa de ambos, Nicanor comenzó a vociferar que la única forma de arrancarse a la española que lo había rechazado era...

-       A golpes, carajo, a golpes me la van a arrancar. Así que átenme las manos de una vez y a meterme chicote.

Como ninguno de los dos esclavos estaba decidido a llevar a cabo aquella orden que consideraban de lo más absurda, Nicanor les dijo:

-       O ustedes o yo, escojan.

Esas palabras resultaban convincentes a oídos de la mula más terca y más para ellos acostumbrados al calor de las cuerdas del rebenque. El chino, experto en atar caballos del amo al carruaje, hizo un nudo tal que ni el propio diablo podría desatar.

-       Lamo ta loco, dijo el chino en su media lengua.

-       ¡Uyuyuy, contestó el negro lamiéndose los belfos.

Firme y rígido como un palo y con los brazos en alto, Nicanor ordenó:

-       Vamos, negro, toma el látigo y dame doce latigazos con toda tu alma.

-       No, no, no, no, señó, dijo Diómedes Domingo.

-       Mira, negrito, si no me haces caso te juro que te torceré el pescuezo con mis propias manos. Así que mejor obedeces de una vez, dijo rabiando Nicanor.

El negro miró al chino como buscando su aprobación. Este se encogió de hombros y Diómedes Domingo comenzó a latiguear. A cada azote el negro blanqueaba los ojos y miraba al techo. Uno, dos, tres...doce latigazos y el negro seguía dándole con la fuerza con que le daba al caballo.

-       Ya, para negro, dijo Nicanor, es suficiente.

Pero Nicanor se había olvidado que el negro Diómedes Domingo no había pisado jamás una escuela y que por ende no sabía contar, de ahí que siguiera estirando el brazo con mucho entusiasmo.

-       Basta negro, basta te he dicho, repitió Nicanor quien ya daba muestras de dolor.

Non, señó, bonito e chicotito, dijo el negro esbozando una pícara sonrisa, y la solfa continuó con mayor alegría de parte de los verdugos.

-       Ya la mano dei nerito etá carientita. Rico chicotito, rico.

Y el látigo cortaba el aire y como cola de diablo impactaba en la espalda del pobre y dolorido Nicanor cuya camisa amenazaba rasgarse por acción del látigo. Los gritos, maldiciones y amenazas de parte del amo a los esclavos resonaban en la habitación donde ya pequeños coágulos de sangre manchaban las paredes.

-       Rico chicotito, rico chicotito, gritaba Diómedes Domingo sumamente sudoso y extenuado.

-       Chinito quiele chicote, musitó el chino Kochoy en la oreja del negro Diómedes Domingo.

Cuando el chino gritaba eufórico “Uno, do, tle” y azotaba sin piedad, ya Nicanor había perdido el conocimiento y todo su cuerpo, bañado en sangre, oscilaba de un lado a otro, siguiendo la dirección del golpe lanzado. Cuando descolgaron a Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, los vecinos se convencieron que hacía horas que había muerto como consecuencia de la azotaína recibida. Diómedes Domingo y Kochoy fueron ahorcados a las pocas horas sin juicio alguno.

Contaban algunos negros esclavos en los socavones que Diómedes Domingo hasta el último momento seguía pronunciando la famosa frase “bonito e chicotito”.