MACONDO
REVISTA
CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.
Lima, junio del 2015 Número 14
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| Guillermo Aguirre y Fierro, México 1887 - 1949 |
EL POETA A SU AMADA
Amada, en
esta noche tú te has crucificado
sobre los maderos curvados de mi beso:
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.
En ésta
noche rara que tanto me has mirado,
En ésta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el
más humano beso.
Amada,
moriremos los dos juntos, muy juntos:
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura:
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.
Y ya no habrán reproches en tus ojos benditos
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.
(César Vallejo, Perú 1892 – Francia 1938)
EL BRINDIS DEL BOHEMIO
En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.
Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.
El humo de olorosos cigarrillos
en espirales se elevaba al cielo,
simbolizando al revolverse en nada
la vida de los sueños.
Pero en todos los labios había risas,
inspiración en todos los cerebros,
y repartidas en la mesa, copas
pletóricas de
ron, Wiskhy o ajenjo.
Era curioso ver aquel conjunto
de aquel grupo bohemio
del que brotaba la palabra chusca,
la que vierte veneno,
lo mismo que, melosa y delicada,
la música de un verso.
A cada nueva libación, las penas
hallábanse más lejos
del grupo y nueva inspiración llegaba
a todos los cerebros
con el idilio roto que venía
con alas del recuerdo.
Olvidaba decir que
aquella noche,
aquel grupo de bohemios
celebraba entre risas y libaciones,
chascarrillos y versos,
la agonía de un año que amarguras
dejó en todos los pechos,
y la llegada. Consecuencia lógica,
del feliz año nuevo...
Una voz varonil dijo de pronto:
- ¡Las doce, compañeros!
Digamos el
“requiescat” por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.
¡Brindemos por el año que comienza!,
porque nos traiga ensueño;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos.
...Brindo, dijo otra voz, por la esperanza
que a la vida nos lanza,,
de vencer los rigores del destino,
por la esperanza, nuestra dulce amiga
que las penas mitiga
y convierte en
vergel nuestro camino.
Brindo porque ya hubiese a mi existencia
puesto fin con violencia
esgrimiendo en mi frente mi venganza,
si en mi cielo de tul, limpio y divino
no alumbrara mi sino
una pálida estrella : ¡Mi esperanza!
...¡Bravo!, dijeron todos, inspirado
esta noche has estado
y hablaste breve, bueno y sustancioso.
El turno es de Raúl, alce su copa
y brinde por... Europa,
ya que su extranjerismo es delicioso...
...Bebo y brindo; clamó el interpelado
brindo por mi pasado,
que fue de luz, de amor y de alegría;
y en el que hubo mujeres seductoras
y frentes soñadoras
que se juntaron con la frente mía...
Brindo por el ayer que en la amargura
que hoy cubre de negrura
mi corazón, esparce sin consuelos
trayendo hasta mi mente las dulzuras
de goces, de deliquios, de desvelos.
...Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente
brote un torrente
de inspiración divina, seductora,
porque vibre en las cuerdas de mi lira
el verso que suspira,
que sonríe, que canta y que enamora.
Brindo porque mis versos cual saetas
lleguen hasta las grutas,
formadas de metal y de granito,
del corazón de la mujer ingrata
que a desdenes me mata,
¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!
Porque a su corazón llegue mi canto.
Porque enjuguen mi llanto
sus manos que me
causan embelesos,
porque con creces mi pasión me pague...
¡vamos!, porque me embriague
con el divino néctar de sus besos.
Siguió la tempestad de frases vanas,
de aquellas tan humanas
que hallan en todas partes acomodo,
y en cada frase de
entusiasmo ardiente,
hubo ovación creciente,
y libaciones y reír y todo.
Se brindó por la Patria , por las flores,
por los castos amores
que hacen un
valladar de una ventana,
y por esas pasiones voluptuosas
que el fango del placer llenan de rosas
y hacen de la mujer la cortesana.
Sólo faltaba un brindis, el de Arturo,
el del bohemio puro, de noble corazón
y gran cabeza; aquel que sin ambages
declaraba que sólo ambicionaba
robarle inspiración a la tristeza.
Por todos estrechado alzó la copa
frente a la alegre tropa
desbordante de risa y de contento.
Los inundó la luz de una mirada,
sacudió su melena alborotada
y dijo así, con inspirado acento:
- Brindo por la mujer, mas no por esa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer, ¡desventurados!;
no por esa que os
brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.
Yo no brindo por ella, compañeros;
brindo por la
mujer, pero por una,
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos;
por la mujer que me arrulló en la cuna.
Por la mujer que me enseño de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos,
uno por uno, el corazón entero.
¡Por mi madre! Bohemios; por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y deseado,
porque sueña, tal vez, que mi destino
me señala el camino
por el que volveré pronto a su lado.
Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio la vida,
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía,
y lloró de alegría sintiendo mi cabeza
en su corpiño.
Por ésa brindo yo;
dejad que llore, y en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.
Por la anciana infeliz que gime y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella.
¡Por mi madre!, bohemios,
que es dulzura vertida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella...
El bohemio calló; ningún acento
profanó el
sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente
un poema de amor y de amargura..
(Guillermo Aguirre y Fierro, México 1887 – 1949)
CUENTO
BONITO E CHICOTITO
(por Guillermo Delgado)
Las últimas remesas de esclavos llegaron al Perú provenientes de
ultramar hacia 1816. La abolición de la esclavitud negra se produciría treinta y
ocho años después, exactamente en diciembre de 1854. De ahí que los
propietarios y hacendados tuvieron que resignarse a contar sólo con los
esclavos que ya tenían y cuidarlos como oro.
Ya en 1821, el General José de San Martín había decretado que toda
persona introducida subrepticiamente como esclavo en el Perú sería
automáticamente libre.
También los chinos tuvieron que sufrir la ignominia que representó
la esclavitud, pues, sabido es que no sólo eran obligados, al igual que los
negros a trabajos forzados, sino que también debían sufrir los severos castigos
que les infringían sus amos.
Aquellos negros cuando eran capturados, debían ir preparando la
espalda para sentir la mano castigadora del amo. Para un esclavo que hubiese
fugado por tres días, el castigo previsto era de cien azotes y un día en el
cepo. En casos peores se preveía la castración e incluso la muerte. Pero, no
todo fue crueldad, pues, algunos negros y chinos disfrutaron del aprecio de sus
amos, guardando, eso sí, las distancias del caso.
Tal fue el caso del chino Kochoy y del negro Diómedes Domingo,
esclavos ambos de don Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, joven rico y
agraciado que había heredado una gran fortuna de un tío lejano que no teniendo
heredero conocido, optó por endosar todas sus riquezas al afortunado Nicanor.
El muchacho, inmaduro y algo libertino, no tardó en despilfarrar
una buena parte de aquello que había obtenido sin esfuerzo alguno. No había
garito ni burdel en Lima en el cual Nicanor no hubiera puesto los pies. Su vida
disipada era observada con discreción por Kochoy y Diómedes Domingo: encargado
de preparar los mejores manjares para el amo, el primero, y servirle de cochero
y paje, el segundo.
Pero de un momento a otro la vida de Nicanor Josefo dio un giro tremendo
y de la noche a la mañana se convirtió en un santo. Dejó de beber y de timbrar
y desapareció de las casas de placer llegándose a pensar que había muerto. Se
había enamorado de una linda españolita que no hacía más de un año que había
anclado en Lima, en busca, según decían las malas lenguas, de un buen partido
con quien echar raíces.
Una noche en que el negro y el chino se echaban unas agüitas
aprovechando la ausencia del amo, sintieron un terrible portazo y luego unos
gritos que provenían de labios de Nicanor. Los ojos inyectados y los hilillos
de baba que emanaban de su boca por las comisuras evidenciaban el estado
furibundo en que se hallaba.
-
Qué se habrá creído esa chapetona, venir a vapulearme por otro
español igual que ella, vociferó Nicanor ya fuera de sí, mientras de un
puntapié hacía volar la mesa donde Kochoy y Diómedes Domingo habían estado
libando.
-
¡Ajá! Así que chupándose mi vino no, ahora van a ver mugrosos.
Ya con el rebenque en la mano, Nicanor la emprendió a latigazo
limpio con los desesperados esclavos que sólo atinaban a dar vueltas como
leones de circo. Después de unos minutos, agotado por la persecución y el
azote, el decepcionado galán cayó rendido. El negro y el chino lo miraban
aterrados mientras trataban de calmar las partes afectadas por el castigo. De
repente, Nicanor se puso de pie y dijo con estentórea voz.
-
Tráiganme una soga, carajo.
Al escuchar aquella orden el negro se puso pálido y al chino se le
cerraron más los ojos, esa soga no podía tener otro fin que el pescuezo de
aquellos que se habían atrevido a beberse el vino del amo. Ambos condenados se
miraron sin saber si escapar de aquel lugar o resignarse a su mísera suerte.
Otro grito tan fuerte como el primero pero en el que ahora se hacía mención a
la madre de Diómedes obró el milagro de que el chino apareciera con la cuerda
solicitada.
-
Cuelga esa soga de la viga del techo, le ordenó Nicanor al chino.
Diómedes Domingo se pasó la mano por el cuello. No había nada que
hacer. El colgamiento empezaría por él y de seguro seguiría con el pobre chino
quien ya se mostraba lloroso. Para sorpresa de ambos, Nicanor comenzó a
vociferar que la única forma de arrancarse a la española que lo había rechazado
era...
-
A golpes, carajo, a golpes me la van a arrancar. Así que átenme
las manos de una vez y a meterme chicote.
Como ninguno de los dos esclavos estaba decidido a llevar a cabo
aquella orden que consideraban de lo más absurda, Nicanor les dijo:
-
O ustedes o yo, escojan.
Esas palabras resultaban convincentes a oídos de la mula más terca
y más para ellos acostumbrados al calor de las cuerdas del rebenque. El chino,
experto en atar caballos del amo al carruaje, hizo un nudo tal que ni el propio
diablo podría desatar.
-
Lamo ta loco, dijo el chino en su media lengua.
-
¡Uyuyuy, contestó el negro lamiéndose los belfos.
Firme y rígido como un palo y con los brazos en alto, Nicanor
ordenó:
-
Vamos, negro, toma el látigo y dame doce latigazos con toda tu
alma.
-
No, no, no, no, señó, dijo Diómedes Domingo.
-
Mira, negrito, si no me haces caso te juro que te torceré el
pescuezo con mis propias manos. Así que mejor obedeces de una vez, dijo
rabiando Nicanor.
El negro miró al chino como buscando su aprobación. Este se
encogió de hombros y Diómedes Domingo comenzó a latiguear. A cada azote el
negro blanqueaba los ojos y miraba al techo. Uno, dos, tres...doce latigazos y
el negro seguía dándole con la fuerza con que le daba al caballo.
-
Ya, para negro, dijo Nicanor, es suficiente.
Pero Nicanor se había olvidado que el negro Diómedes Domingo no
había pisado jamás una escuela y que por ende no sabía contar, de ahí que
siguiera estirando el brazo con mucho entusiasmo.
-
Basta negro, basta te he dicho, repitió Nicanor quien ya daba
muestras de dolor.
Non, señó, bonito e chicotito, dijo el negro esbozando una pícara
sonrisa, y la solfa continuó con mayor alegría de parte de los verdugos.
-
Ya la mano dei nerito etá carientita. Rico chicotito, rico.
Y el látigo cortaba el aire y como cola de diablo impactaba en la
espalda del pobre y dolorido Nicanor cuya camisa amenazaba rasgarse por acción
del látigo. Los gritos, maldiciones y amenazas de parte del amo a los esclavos
resonaban en la habitación donde ya pequeños coágulos de sangre manchaban las
paredes.
-
Rico chicotito, rico chicotito, gritaba Diómedes Domingo sumamente
sudoso y extenuado.
-
Chinito quiele chicote, musitó el chino Kochoy en la oreja del
negro Diómedes Domingo.
Cuando el chino gritaba eufórico “Uno, do, tle” y azotaba sin
piedad, ya Nicanor había perdido el conocimiento y todo su cuerpo, bañado en
sangre, oscilaba de un lado a otro, siguiendo la dirección del golpe lanzado.
Cuando descolgaron a Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, los vecinos se
convencieron que hacía horas que había muerto como consecuencia de la azotaína
recibida. Diómedes Domingo y Kochoy fueron ahorcados a las pocas horas sin
juicio alguno.
Contaban algunos negros esclavos en los socavones que Diómedes
Domingo hasta el último momento seguía pronunciando la famosa frase “bonito e
chicotito”.



