domingo, 24 de abril de 2016

NÚMERO 14


MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.






Lima, junio del 2015                                           Número 14





Guillermo Aguirre y Fierro, México 1887 - 1949 







EL POETA A SU AMADA

         Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los maderos curvados de mi beso:
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

         En ésta noche rara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En ésta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el  más humano beso.

         Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos:
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura:
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

         Y  ya no habrán reproches en tus ojos  benditos
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.
(César Vallejo, Perú  1892 – Francia 1938)






EL BRINDIS DEL BOHEMIO

En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.

Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.

El humo de olorosos cigarrillos
en espirales se elevaba al cielo,
simbolizando al revolverse en nada
la vida de los sueños.

Pero en todos los labios había risas,
inspiración en todos los cerebros,
y repartidas en la mesa, copas
pletóricas de ron, Wiskhy o ajenjo.

Era curioso ver aquel conjunto
de aquel grupo bohemio
del que brotaba la palabra chusca,
la que vierte veneno,
lo mismo que, melosa y delicada,
la música de un verso.

A cada nueva libación, las penas
hallábanse más lejos
del grupo y nueva inspiración llegaba
a todos los cerebros
con el idilio roto que venía
con alas del recuerdo.

Olvidaba  decir que aquella noche,
aquel grupo de bohemios
celebraba entre risas y libaciones,
chascarrillos y versos,
la agonía de un año que amarguras
dejó en todos los pechos,
y la llegada. Consecuencia lógica,
del feliz año nuevo...

Una voz varonil dijo de pronto:
- ¡Las doce, compañeros!
Digamos el  “requiescat” por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.
¡Brindemos por el año que comienza!,
porque nos traiga ensueño;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos.

...Brindo, dijo otra voz, por la esperanza
que a la vida nos lanza,,
de vencer los rigores del destino,
por la esperanza, nuestra dulce amiga
que las penas mitiga
y  convierte en vergel nuestro camino.
Brindo porque ya hubiese a mi existencia
puesto fin con violencia
esgrimiendo en mi frente mi venganza,
si en mi cielo de tul, limpio y divino
no alumbrara mi sino
una pálida estrella : ¡Mi esperanza!

...¡Bravo!, dijeron todos, inspirado
esta noche has estado
y hablaste breve, bueno y sustancioso.
El turno es de Raúl, alce su copa
y brinde por... Europa,
ya que su extranjerismo es delicioso...

...Bebo y brindo; clamó el interpelado
brindo por mi pasado,
que fue de luz, de amor y de alegría;
y en el que hubo mujeres seductoras
y frentes soñadoras
que se juntaron con la frente mía...
Brindo por el ayer que en la amargura
que hoy cubre de negrura
mi corazón, esparce sin consuelos
trayendo hasta mi mente las dulzuras
de goces, de deliquios, de desvelos.

...Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente
brote un torrente
de inspiración divina, seductora,
porque vibre en las cuerdas de mi lira
el verso que suspira,
que sonríe, que canta y que enamora.

Brindo porque mis versos cual saetas
lleguen hasta las grutas,
formadas de metal y de granito,
del corazón de la mujer ingrata
que a desdenes me mata,
¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!

Porque a su corazón llegue mi canto.
Porque enjuguen mi llanto
sus manos  que me causan embelesos,
porque con creces mi pasión me pague...
¡vamos!, porque me embriague
con el divino néctar de sus besos.

Siguió la tempestad de frases vanas,
de aquellas tan humanas
que hallan en todas partes acomodo,
y en  cada frase de entusiasmo ardiente,
hubo ovación creciente,
y libaciones y reír y todo.

Se brindó por la Patria, por las flores,
por los castos amores
que hacen  un valladar de una ventana,
y por esas pasiones voluptuosas
que el fango del placer llenan de rosas
y hacen de la mujer la cortesana.

Sólo faltaba un brindis, el de Arturo,
el del bohemio puro, de noble corazón
y gran cabeza; aquel que sin ambages
declaraba que sólo ambicionaba
robarle inspiración a la tristeza.

Por todos estrechado alzó la copa
frente a la alegre tropa
desbordante de risa y de contento.
Los inundó la luz de una mirada,
sacudió su melena alborotada
y dijo así, con inspirado acento:
- Brindo por la mujer, mas no por esa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer, ¡desventurados!;
no por esa  que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.

Yo no brindo por ella, compañeros;
brindo por  la mujer, pero por una,
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos;
por la mujer que me arrulló en la cuna.

Por la mujer que me enseño de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos,
uno por uno, el corazón entero.

¡Por mi madre! Bohemios; por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y deseado,
porque sueña, tal vez, que mi destino
me señala el camino
por el que volveré pronto a su lado.

Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio la vida,
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía,
y lloró de alegría sintiendo mi cabeza
en su corpiño.

Por ésa brindo yo;
dejad que llore, y en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.

Por la anciana infeliz que gime y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella.
¡Por mi madre!, bohemios,
que es dulzura vertida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella...

El bohemio calló; ningún acento
profanó el  sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente
un poema de amor y de amargura..
(Guillermo Aguirre y Fierro, México 1887 – 1949)





 CUENTO


BONITO E CHICOTITO
(por Guillermo Delgado)


Las últimas remesas de esclavos llegaron al Perú provenientes de ultramar hacia 1816. La abolición de la esclavitud negra se produciría treinta y ocho años después, exactamente en diciembre de 1854. De ahí que los propietarios y hacendados tuvieron que resignarse a contar sólo con los esclavos que ya tenían y cuidarlos como oro.

Ya en 1821, el General José de San Martín había decretado que toda persona introducida subrepticiamente como esclavo en el Perú sería automáticamente libre.

También los chinos tuvieron que sufrir la ignominia que representó la esclavitud, pues, sabido es que no sólo eran obligados, al igual que los negros a trabajos forzados, sino que también debían sufrir los severos castigos que les infringían sus amos.

Aquellos negros cuando eran capturados, debían ir preparando la espalda para sentir la mano castigadora del amo. Para un esclavo que hubiese fugado por tres días, el castigo previsto era de cien azotes y un día en el cepo. En casos peores se preveía la castración e incluso la muerte. Pero, no todo fue crueldad, pues, algunos negros y chinos disfrutaron del aprecio de sus amos, guardando, eso sí, las distancias del caso.

Tal fue el caso del chino Kochoy y del negro Diómedes Domingo, esclavos ambos de don Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, joven rico y agraciado que había heredado una gran fortuna de un tío lejano que no teniendo heredero conocido, optó por endosar todas sus riquezas al afortunado Nicanor.

El muchacho, inmaduro y algo libertino, no tardó en despilfarrar una buena parte de aquello que había obtenido sin esfuerzo alguno. No había garito ni burdel en Lima en el cual Nicanor no hubiera puesto los pies. Su vida disipada era observada con discreción por Kochoy y Diómedes Domingo: encargado de preparar los mejores manjares para el amo, el primero, y servirle de cochero y paje, el segundo.

Pero de un momento a otro la vida de Nicanor Josefo dio un giro tremendo y de la noche a la mañana se convirtió en un santo. Dejó de beber y de timbrar y desapareció de las casas de placer llegándose a pensar que había muerto. Se había enamorado de una linda españolita que no hacía más de un año que había anclado en Lima, en busca, según decían las malas lenguas, de un buen partido con quien echar raíces.

Una noche en que el negro y el chino se echaban unas agüitas aprovechando la ausencia del amo, sintieron un terrible portazo y luego unos gritos que provenían de labios de Nicanor. Los ojos inyectados y los hilillos de baba que emanaban de su boca por las comisuras evidenciaban el estado furibundo en que se hallaba.

-       Qué se habrá creído esa chapetona, venir a vapulearme por otro español igual que ella, vociferó Nicanor ya fuera de sí, mientras de un puntapié hacía volar la mesa donde Kochoy y Diómedes Domingo habían estado libando.

-       ¡Ajá! Así que chupándose mi vino no, ahora van a ver mugrosos.

Ya con el rebenque en la mano, Nicanor la emprendió a latigazo limpio con los desesperados esclavos que sólo atinaban a dar vueltas como leones de circo. Después de unos minutos, agotado por la persecución y el azote, el decepcionado galán cayó rendido. El negro y el chino lo miraban aterrados mientras trataban de calmar las partes afectadas por el castigo. De repente, Nicanor se puso de pie y dijo con estentórea voz.

-       Tráiganme una soga, carajo.

Al escuchar aquella orden el negro se puso pálido y al chino se le cerraron más los ojos, esa soga no podía tener otro fin que el pescuezo de aquellos que se habían atrevido a beberse el vino del amo. Ambos condenados se miraron sin saber si escapar de aquel lugar o resignarse a su mísera suerte. Otro grito tan fuerte como el primero pero en el que ahora se hacía mención a la madre de Diómedes obró el milagro de que el chino apareciera con la cuerda solicitada.

-       Cuelga esa soga de la viga del techo, le ordenó Nicanor al chino.

Diómedes Domingo se pasó la mano por el cuello. No había nada que hacer. El colgamiento empezaría por él y de seguro seguiría con el pobre chino quien ya se mostraba lloroso. Para sorpresa de ambos, Nicanor comenzó a vociferar que la única forma de arrancarse a la española que lo había rechazado era...

-       A golpes, carajo, a golpes me la van a arrancar. Así que átenme las manos de una vez y a meterme chicote.

Como ninguno de los dos esclavos estaba decidido a llevar a cabo aquella orden que consideraban de lo más absurda, Nicanor les dijo:

-       O ustedes o yo, escojan.

Esas palabras resultaban convincentes a oídos de la mula más terca y más para ellos acostumbrados al calor de las cuerdas del rebenque. El chino, experto en atar caballos del amo al carruaje, hizo un nudo tal que ni el propio diablo podría desatar.

-       Lamo ta loco, dijo el chino en su media lengua.

-       ¡Uyuyuy, contestó el negro lamiéndose los belfos.

Firme y rígido como un palo y con los brazos en alto, Nicanor ordenó:

-       Vamos, negro, toma el látigo y dame doce latigazos con toda tu alma.

-       No, no, no, no, señó, dijo Diómedes Domingo.

-       Mira, negrito, si no me haces caso te juro que te torceré el pescuezo con mis propias manos. Así que mejor obedeces de una vez, dijo rabiando Nicanor.

El negro miró al chino como buscando su aprobación. Este se encogió de hombros y Diómedes Domingo comenzó a latiguear. A cada azote el negro blanqueaba los ojos y miraba al techo. Uno, dos, tres...doce latigazos y el negro seguía dándole con la fuerza con que le daba al caballo.

-       Ya, para negro, dijo Nicanor, es suficiente.

Pero Nicanor se había olvidado que el negro Diómedes Domingo no había pisado jamás una escuela y que por ende no sabía contar, de ahí que siguiera estirando el brazo con mucho entusiasmo.

-       Basta negro, basta te he dicho, repitió Nicanor quien ya daba muestras de dolor.

Non, señó, bonito e chicotito, dijo el negro esbozando una pícara sonrisa, y la solfa continuó con mayor alegría de parte de los verdugos.

-       Ya la mano dei nerito etá carientita. Rico chicotito, rico.

Y el látigo cortaba el aire y como cola de diablo impactaba en la espalda del pobre y dolorido Nicanor cuya camisa amenazaba rasgarse por acción del látigo. Los gritos, maldiciones y amenazas de parte del amo a los esclavos resonaban en la habitación donde ya pequeños coágulos de sangre manchaban las paredes.

-       Rico chicotito, rico chicotito, gritaba Diómedes Domingo sumamente sudoso y extenuado.

-       Chinito quiele chicote, musitó el chino Kochoy en la oreja del negro Diómedes Domingo.

Cuando el chino gritaba eufórico “Uno, do, tle” y azotaba sin piedad, ya Nicanor había perdido el conocimiento y todo su cuerpo, bañado en sangre, oscilaba de un lado a otro, siguiendo la dirección del golpe lanzado. Cuando descolgaron a Nicanor Josefo Sánchez Calderón de Romero, los vecinos se convencieron que hacía horas que había muerto como consecuencia de la azotaína recibida. Diómedes Domingo y Kochoy fueron ahorcados a las pocas horas sin juicio alguno.

Contaban algunos negros esclavos en los socavones que Diómedes Domingo hasta el último momento seguía pronunciando la famosa frase “bonito e chicotito”.