miércoles, 21 de octubre de 2015

NÚMERO 13


MACONDO

       





  REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.





Lima, mayo del 2015                                      Número 13





Gustavo Adolfo Bécquer, España 1836 - 1870.







POESÍA


ALMA VENTUROSA

Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería.

Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía…,
con tu rubor me iluminó al hablarte,
y al separarnos te pusiste aparte
del grupo, amedrentada todavía.

Fue silencio y temblor nuestra sorpresa,
más ya la plenitud de la promesa
nos infundía un júbilo tan blando,
que nuestros labios suspiraron quedos…
y tu alma estremecíase en tus dedos
como si se estuviera deshojando.
(Leopoldo Lugones, Argentina 1874 – 1938)




CERRARON SUS OJOS

Cerraron sus ojos,
que aún tenía abiertos;
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
y otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse, rígida,
la forma del cuerpo.
 
Libro Rimas y leyendas
de Bécquer
Despertaba el día,
y , a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterios,
de luz y tinieblas,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la casa en hombros
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos:
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste
tan oscuro y yerto
todo se encontraba,
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio, volteando,
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronla luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.


La piqueta al hombro,
el sepulturero,
cantando entre dientes
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
reinaba el silencio:
perdido en las sombras,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno,
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan los huesos!

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos, los muertos!
(Gustavo Adolfo Bécquer, España 1836 – 1870)




SI

Si logras conservar intacta tu firmeza
cuando todos vacilan y tachan tu entereza;
si a pesar de esas dudas mantienes tus creencias
sin que te debiliten extrañas sugerencias;
si puedes esperar, e inmune a la fatiga
y fiel a la verdad, reacio a la mentira,
el odio de los otros te deja indiferente,
sin creerte por ello muy sabio o muy valiente…

Si sueñas, sin por ello rendirte ante el  ensueño;
si piensas, mas de tu pensamiento sigues dueño;
si triunfos o desastres no menguan tus ardores
y por igual los tratas como dos impostores;
si soportas oír la verdad deformada
y cual trampa de necios por malvados usada,
o mirar hecho trizas de tu vida el ideal
y con gastados útiles recomenzar igual…

Si toda la victoria conquistada
te atreves a arriesgar en una audaz jugada,
y aun perdiendo, sin quejas ni tristeza,
con nuevos bríos reiniciar puedes tu empresa;
si entregado a la lucha con nervio y corazón,
aun desfallecido persistes en la acción
y extraes energías, cansado y vacilante,
de heroica voluntad que te ordena: ¡Adelante!...

Si hasta el pueblo te acercas sin perder tu virtud
y con reyes alternas sin cambiar de actitud;
si no logran turbarte ni amigo ni enemigo,
pero en justa medida pueden contar contigo;
si alcanzas a llenar el minuto sereno
con sesenta segundos de un esfuerzo supremo,
lo que existe en el mundo en tus manos tendrás.
¡Y además, hijo mío un hombre tú serás!
(Rudyard Kipling, India 1865 – Reino Unido 1936)






CUENTO


EL SACRIFICIO DEL RUISEÑOR
(por Guillermo Delgado)




Se repartieron entre sí
mis vestiduras y sobre mi
túnica echaron suertes
SALMOS 22,18


  
Dicen que los pájaros se sientes traídos por la música, por las melodías suaves, por las notas apacibles como las que brotan de las cuerdas de un piano o de un laúd. Este es el caso de un ruiseñor que buscaba hacer un nido en el hueco de una encina. El árbol se hallaba junto a una casa de campo habitada por un anciano y un gato atigrado, único compañero de aquel hombre de vida frugal y ascética. La vivienda poseía todas las comodidades como para que un artista pudiera trabajar sin inconveniente alguno. Desde que se posesionó del árbol, el ruiseñor se sintió complacido con la música que el hombre tocaba religiosamente todas las tardes.

Pero el ruiseñor no era el único que se solazaba con aquel manjar de notas, también acudían tordos, calandrias, abejarucos, picaflores, crespines, gorriones y hasta los belicosos y bullangueros cuervos, todo un grupo sólido de plumíferos oidores, por las mañanas las pequeñas aves invadían un bosquecillo de naranjos cercano a la casa del músico y ahí trataban de imitar los compases, las notas, los ritmos, las cadencias. Los trinos se escuchaban hasta la casa donde el anciano, ajeno a lo que sucedía, atribuía era sinfonía natural al follaje del bosque de naranjos.

Pero el único que se atrevía a acercarse a la casa y posarse en el alféizar de la ventana era el ruiseñor. Desde allí contemplaba las manos del viejo, cubiertas de efélides, recorriendo las teclas negras y blancas una y otra vez de un extremo a otro, como un cepillo imaginario sobre la dentadura de un gigante. Una de esas mañanas, cuando la primavera ya había bañado los campos de flores y los árboles de frutos, el ruiseñor tuvo la audacia de aquietarse sobre la cubierta del piano, a poca distancia del pianista que entonaba en ese momento una lenta y suave melodía, la preferida del ruiseñor. Cuando el hombre hubo concluido, el pajarillo quedose quieto esperando que la música siguiera.

- Ya terminó pequeñín, dijo el viejo pasando sus dedos por aquel cuerpecillo delicado.

Cuando el ruiseñor reaccionó ya lo había tomado entre sus manos y le daba resoplidos cálido y agradables. “Si me quisiera hacer daño ya lo hubiera hecho”, pensó.

El anciano volvió a tocar la melodía que al ruiseñor le gustaba. Terminada la canción el viejo colocó al ruiseñor en el alféizar y éste se marchó.

Esa noche el pajarillo soñó que tocaba el piano brincando de tecla en tecla como solía hacer con las ramas de los árboles cuando triscaba sobre ellas.

Llegado el invierno, los árboles cubrieron sus ramas con un leve manto de nieve dejando caer, cuando el viento arreciaba, una lluvia de carámbanos que asustaban a los pajarillos que sobrevolaban a baja altura. El ruiseñor notó que los conciertos caseros de su amigo eran menos frecuentes, al punto que cuando llegó el verano ya no se le volvió a escuchar. Preocupado el ruiseñor, que ya tenía compañera y familia, se avecinó a la casa, y posado en el piano, pudo distinguir al viejo sollozando como un infante. En un rincón de la sala de música el viejo gimoteaba desconsoladamente, pronunciando palabras ininteligibles que el ruiseñor presentía como el comienzo de una catástrofe. El gato, quien ya estaba acostumbrado a las visitas del pajarillo, se tocó la oreja.

- Cada día que pasa escucha menos, creo que ya no oye.

Desconfiando del pronóstico del gato, el ruiseñor batió sus alas y trinó alrededor de la cabeza del anciano. Este, que se hallaba cabizbajo y perdido en sus pensamientos, ni se inmutó. No sólo menguó su ánimo con la sordera sino su salud. Se le veía delgado, ojeroso, lento, como si la vida se apagara dentro de él.

- ¡Qué triste debe ser para un músico perder la oreja!, dijo el gato remolón, pero lo más triste es que no me escucha cuando le pido comida y tengo que arreglármelas solo.

- Se debe sentir como el pintor que pierde la visión, musitó el ruiseñor.

El gato lanzó un bufido al ver que la conversación tomaba rumbos por donde sus conocimientos iban en barco a la deriva. Esa noche, en el hueco de la encina, un sollozo atrajo la atención de un pequeño ángel que bajaba del cielo a cumplir una penitencia.

- Creo que este pajarito necesita de mi ayuda, dijo el pequeño alado. Veré qué le sucede.

Dicho esto, el ángel se introdujo en la cabeza del ruiseñor y descubrió el motivo de su pena.

- Ahora esperaré a que te duermas, entraré en tu sueño para que puedas verme y podré ayudarte, dijo el ángel mientras esperaba que el ruiseñor entrara en somnolencia.

El pájaro, que no podía ver al ángel, siguió sollozando y gimoteando hasta que se durmió, fue entonces que el querubín se dio a conocer. El ruiseñor volaba por parajes celestiales por los que nunca había volado, siguiendo a aquella ave tan extraña con cuerpo y rostro humano y alas grandes y vistosas. De pronto su vuelo se detuvo, sus alas no le respondieron y comenzó a caer. Aterrorizado, el ruiseñor pensó que se estrellaría al contacto con el suelo, pero se sorprendió cuando recuperó su vuelo y fue a posarse al lado de un hombre enorme de cabellos largos y barbados a quien le parecía haber visto antes, pero que su turbación no lo dejaba recordar.

El hombre le sonrió dejando entrever unos dientes blancos y armónicos como las teclas del piano del viejo músico. El hombre lucía una túnica de amplias mangas que lo casi hasta los tobillos. Un lienzo arrollado sobre la frente caía al lado derecho de sus cabellos, el ruiseñor estaba pasmado ante la dulzura y serenidad de esos ojos ligeramente rasgados y de un vivo color de miel. Su bigote y su fina barba partida en dos, era de un color oro viejo, similar a los cabellos y sus labios, relativamente finos y rosados, no ocultaban su dentadura blanca e impecable.

- Toma esto te va a agradar.

El ruiseñor tomó la uva sin granos que aquel hombre le alcanzó y disfrutó del fruto almibarado y jugoso. Vio como el hombre barbado engullía suavemente cada una de aquellas esferas moradas y tiernas con la ingenuidad de un niño.

- Yo te bendigo, padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has mostrado a los pequeñitos. Sí padre, así te pareció bien. Mi padre puso todas las cosas en mis manos, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, ni quien es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el hijo quiera dárselo a conocer, dijo el hombre pelilargo y se marchó.

Desde ese día el ruiseñor y el hombre de túnica blanca se hicieron amigos, viéndose casi todos a diario. Al pajarillo le llamó la atención verlo siempre rodeado de mucha gente, hablándoles siempre de un reino que estaba en los cielos y al cual irían después de morir.

- La llegada del Reino de Dios no es cosa que se pueda verificar. No se va a decir: Está aquí, está acá. Y sepan que el Reino de Dios está en medio de ustedes. Llegará un tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, pero no lo verán. Entonces les dirán: Está aquí, está allá. No vayan, no corran. En efecto, como el relámpago brilla en un punto del cielo y resplandece hasta el otro, así sucederá con el Hijo del Hombre cuando llegue ese día. Pero antes tiene que sufrir y ser rechazado por este pueblo, dijo.

Pero algo le decía al ruiseñor que aquel hombre bondadoso corría peligro, a veces lograba escuchar las advertencias de sus más allegados a los que llamaban apóstoles, le hacían, incitándole a que huyera, pero él, firme como una roca, se negaba a escucharlos. Un día lo vio montado sobre un asno; cubierta la cabeza con una corona de laureles y un gentío que lo colmaba de aleluyas y alabanzas y lo aclamaba rey, era tanta la gente que acudía en su busca, que el ruiseñor tenía dificultad para acercarse a él. Una mañana soleada, el pájaro salió en busca del viejo músico, pues, como había visto que el hombre barbado, a quien llamaban Nazareno, hacía toda suerte de milagros, pensó que algo podía hacer para que su amigo recuperara la audición. Durante varios días recorrió los campos, aldeas y pueblos pero no pudo dar con él. Aquellos parajes le resultaban tan distintos a los que había recorrido antes, que se desorientaba y corría el peligro de extraviarse.

Después de varios intentos el ruiseñor desistió en su búsqueda. Ni los árboles, ni los prados, ni las flores, ni los tejados, ni los hombres ni mujeres con esas vestimentas extrañas, le eran familiares, todo en su memoria se había trastocado en un laberinto que no alcanzaba a comprender.

- Mañana buscaré al Nazareno, le contaré el problema y sé que él me ayudará a buscarlo.

Al otro día, muy temprano, el pajarillo fue a buscar al Nazareno, pero no lo encontró. Vio a sus seguidores cariacontecidos, con las miradas extraviadas y los rostros desesperanzados deambulando por las callejuelas de aquella región que llamaban Judea. Algo en su pecho gris le decía que quien había brindado tanta ayuda a otros ahora la necesitaba de ellos; pero su instinto le decía que aquel hombre bonhomioso se encontraba solo en su hora más triste. Sobrevoló los lugares por donde lo había visto, pero toda indagación resultó vana, al hombre barbado parecía que el viento se lo había llevado, exhausto como estaba, el ruiseñor se posó entre las ramas de un olivo, necesitaba descansar, el excesivo vuelo había minado sus fuerzas y sus alas, endebles, se negaban a llevarlo.

Cuántas horas o días durmió, ni él lo supo. Sólo un ligero barullo lo sacó de su letargo. A poca distancia pudo reconocer al Nazareno quien ahora ya no era el hombre atlético y musculoso de rostro hermoso y apacible.

Aquel era un guiñapo humano que a duras penas, las piernas sanguinolentas, sostenían el cuerpo y la pesada cruz de pino que llevaba sobre sus hombros; un casquete espinoso había sido tranzado a base de zarzas espinosas. Aquel terrorífico enjambre de púas rectas y otras en forma de gancho, tenía forma de media naranja y llevaba ataduras de junco. Aquel yelmo espantoso había sido colocado en la cabeza del reo por un legionario desde la salida de la Fortaleza Antonia. El rostro amoratado, un ojo hinchado y a medio cerrar y las líneas escaradas que cruzaban su cuerpo por todas partes, eran el resultado horrendo de la flagelación a que lo habían sometido.

El ruiseñor voló hasta el Nazareno y se posó sobre la cruz, él lo miró desde sus ojos almibarados de ternura y compasión y los labios lívidos dejaron escapar una sonrisa que como una mariposa se posó en el corazón del ruiseñor en el instante aquel en el que el pajarillo derramaba una lágrimas que cayeron en sus labios resecos y curtidos por el sol ardiente de la tarde.

El camino hacia el monte que todos llamaban Gólgota era pedregoso y escarpado, lo cual dificultaba aún más el andar de los condenados. A pocos pasos de él, el ruiseñor distinguió a dos ladrones que también iban a ser sacrificados. Dimas, al que llamaban ladrón bueno, y Gestas, al que llamaban ladrón malo.

Una turba, a manera de cortejo, acompañaba a los procesados. Allí pudo conocer el ruiseñor la parte oscura de la condición humana: allí se habían reunido los máximos exponentes del vicio y la guitonería, hombres que mostraban sus llagas, sus pingajos y su risa imbécil fruto de la mala vida que llevaban, toda suerte de seres contrahechos, matones, saltimbanquis, cojos y tullidos de los arrabales, bisojos, malandrines de los tugurios, todo un almodrote de brutalidad cebándose en la desgracia de aquellos tres infelices a quienes lapidaban con frutas podridas, pedazos de legumbres y todas las inmundicias que encontraban a mano. El pobre ruiseñor sufría lo indecible ante aquel espectáculo de solaz donde se unían lo cómico y lo trágico e una suerte de festejo macabro.

El Nazareno, a trancos largos, lograba avanzar por esos senderos de piedra y cal, aun cuando las plantas de sus pies sufrían con el esfuerzo. Su agotamiento físico era más notorio a medida que la caravana avanzaba y el sol se hacía cada vez más fuerte. Con la cabeza y el tronco encorvados, el Nazareno fue sobrellevando cada palmo de terreno, inmerso en una ventisca de arena y polvo que iban desfigurando su rostro. El fuerte clima estival iba empapando su túnica con un sudor frío y ácido, mientras sus cabellos, barba y rostro, cubiertos de tierra y sangre, le impedían una clara visión en su camino de adversidad y pesadumbre. El tropel de curiosos se dividía en dos bandos: los que habían clamado por la crucifixión, que eran los más, y los que veían en ese acto una cruel estupidez de un pueblo bárbaro.

El ruiseñor giraba su cabeza de un lado a otro, impotente, como buscando a alguien que se atreviera a poner fin al sufrimiento de aquel hombre a quien no había visto realizar ninguna maldad. Sufría al ver sus labios agrietados y amarillentos fruto amargo de la deshidratación y del duro ascenso hacia el Gólgota por las erosionadas cuestas empinadas. La congoja del ruiseñor era indescriptible ante la inmensa soledad de Jesús de Nazareth en su camino por la pedregosa calva del cerro. Sólo algunos árboles desnudos y mutilados mostraban las cicatrices donde otrora habían florecido otras tantas ramas.

En cuestión de minutos, el pajarillo observó como el Nazareno era liberado de sus ataduras y clavado en una cruz para luego ser alzado con la finalidad de poner fin a la matanza. Las peticiones de aquel hombre abatido en su ánimo y en su físico, destrozado moralmente en lo más hondo, no se hicieron esperar: clamaba un poco de agua. El pajarillo se percató que el agua que algunas mujeres le alcanzaban no era suficiente, por lo que voló hasta la fuente más cercana donde tomó agua, luego, acercando su pico a esos labios carcomidos por la inanición, satisfizo en algo la necesidad imperiosa del reo por beber; otro tanto hizo con los ladrones. Lo que vino después era de esperar: la agonía y la muerte de aquel hombre inocente.

Antes de expirar el Nazareno musitó unas palabras que sólo el ruiseñor, que se hallaba junto a él, pudo escuchar: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso. A los pocos minutos, el hombre barbado que gustaba tanto de las pasas de Corinto, uno de sus frutos preferidos, expiró. Una jauría comenzó a ladrar y a correr desesperadamente por las calles cercanas mientras un huracán de polvo arremetía por todas partes, el sol se nubló al punto que todo fue oscuridad y la tierra comenzó a temblar provocando tal sacudida que muchos de los legionarios romanos a quienes se había encomendado la crucifixión de los tres reos cayeron de bruces rodando uno de ellos por la pendiente rocosa.

Alarmado el ruiseñor emprendió vuelo siendo envuelto por una densa nube de polvo oscuro que lo introdujo en un torbellino que lo privó de la fuerza de sus alas, inutilizadas estas, el pájaro se dejó llevar, inerme para combatir tal estampida. En un momento, le pareció ver la imagen del Nazareno que lo llamaba desde el ojo de la tormenta, luego fue el ángel que lo había transportado por aquella tierra ignota quien lo tomó en sus brazos y en ese instante todo fue sombras y perdió la conciencia.

* * *

El día amaneció con un sol radiante y un celaje prístino y azul. El polluelo del ruiseñor y la madre habían salido, el ruiseñor se sintió solo en el nido de la encina. Un poco de carcoma, gusanos y moscas aplacaron el ingente apetito que tenía. Se hallaba enflaquecido por la falta de alimento durante aquel largo, profundo y mágico sueño que le había tocado vivir. Se hallaba atontado, con la memoria en blanco, sin poder explicar su situación actual. Un marasmo de imágenes lo invadió de golpe y poco a poco lo oscuro se fue haciendo luz y recuerdo. Un ruido irreconocible llegó hasta la parte alta de la encina. Era el gato atigrado quien le dijo que lo había estado buscando.

El ruiseñor distinguió los rasguños del gato al pie de la encina. La salud del anciano músico había empeorado y el animal, preocupado, no sabía qué hacer. La flacura del felino avalaba sus palabras: el minino tampoco la estaba pasando muy bien. Llevado por un impulso celestial, el ruiseñor fue donde el viejo a quien encontró postrado en su lecho, los ojos hundidos y ojerosos, sus manos violáceas y de una delgadez mortecina, su rostro apagado y cenizo, reflejaban la salud de un enfermo en su tránsito a la muerte.

El ruiseñor voló hasta el piano y comenzó a triscar sobre las teclas durante interminables horas.

Llegada la noche, el ruiseñor, sumamente agotado, vio como el anciano se levantaba como impulsado por una fuerza invisible dirigiéndose al piano. Allí estuvo durante horas, como tratando de recuperar la fuerza de esos dedos entumecidos por la inercia de tanto tiempo. Las frágiles patas del pájaro habían sufrido con el esfuerzo de accionar las teclas y ya no podía tenerse en pie. Por más que el anciano lo colocó en una caja bien arropado, el pobre ruiseñor no daba signos de mejora alguna. El viejo, ya recuperada la audición, le tocaba su melodía preferida y le tarareaba canciones de cuna con el fin de animarlo.

Tres días y tres noches estuvo el anciano vigilando la salud del enfermo, dándole granos de cereal y algunas semillas que el ruiseñor tragaba con dificultad. Al amanecer del cuarto día el ruiseñor abrió los ojos y vio la imagen del hombre que había visto en la cruz al pie de la cuna del anciano, el cual yacía profundamente dormido a causa de los continuos desvelos.

Era el Nazareno, pero el que conoció cuando cayó del cielo y comió la uva que aquel le ofreciera, no el del camino al Gólgota, no aquel crucificado de rostro destruido por la humillación y el dolor. Este era un hombre sonriente, con los cabellos ordenados y el rostro aliñado. Los brazos abiertos mostrando las huellas de los clavos en las palmas de sus manos, pasaban inadvertidos ante la ternura y la bondad que su rostro reflejaba, el ruiseñor sintió que su pecho desbordaba de emoción al sentir que su interior se elevaba abandonando la envoltura corpórea que lo contenía y que volvía a recorrer aquel camino celestial por donde el ángel lo había llevado. En su oído resonaron entonces las palabras del hombre barbado que había muerto en la cruz: En verdad, te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.

En ese momento todo se hizo luz en torno a él y sus ojos se cerraron para siempre. El viejo lo encontró patas arriba, tieso y rígido el cuerpo, las plumas enmarañadas en su lucha final contra la muerte, los dedos contraídos, el pico fuertemente apretado y los ojos sin vida. El desconsuelo del anciano sobrepasó sus fuerzas, ni el gato con su ronroneo y sus juegos tontos pudieron sacarlo de su tristeza. Lo veló todo el día y toda la noche con la ternura y la devoción de una madre. Lo enterró en el jardín, al pie de la ventana donde acostumbraba posarse para escucharlo tocar el piano; sobre la tierra aún húmeda sembró un rosal.

El viejo abandonó la música, “mientras se me pasa la tristeza”, dijo:

Pasó un año y la pena seguía empantanada en su alma y el piano permaneció en silencio. “Ya no me interesa tocar si no está él”, se dijo un día. Pasaron dos veranos, dos otoños, dos inviernos y dos primaveras. El rosal floreció, el piano continuó callado, el viejo triste y el gato cada día más flaco, feo y achacoso. El polvo, las telarañas, los ratones y el silencio se apoderaron de la casa. Una noche en que el viejo dormía se apareció un ángel penitente y le regaló un sueño.

En él se veía al ruiseñor lleno de vida, trinando la melodía que el viejo le tocaba siempre en el piano. Por ese poder que sólo Dios tiene, el viejo percibió el lenguaje de los pájaros en el que el ruiseñor le decía que no dejara de tocar “para que mi sacrificio no haya sido en vano”. El anciano despertó a la mañana siguiente lleno de entusiasmo y comenzó a tocar como nunca lo había hecho, sobre todo la música que tanto le gustaba al ruiseñor.

El gato fue sacado de su modorra y pensó que el viejo se había vuelto loco.

Posado en el alféizar de la ventana, el felino se llevó un gran susto al ver que el rosal comenzaba a vibrar desde sus raíces, dejando escapar unos pétalos que en su suave caída aromaron el ambiente. El viejo corrió a la ventana y tomando al gato entre sus arrugadas manos, dejó caer unas lágrimas en señal de despedida.

Esa noche el ruiseñor picoteaba una uva sin granos posado en una túnica blanca, en un lugar del cielo donde ni las melodías del anciano ni los ronroneos del gato podían llegar.




martes, 20 de octubre de 2015

NÚMERO 12


MACONDO

    




  

REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.



Lima, abril del 2015                                            Número 12





Alejandro Romualdo Valle, Perú 1926 - 2008.







POESÍA


DE MAR A MAR ENTRE LOS DOS LA GUERRA...

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú, asomada, Guiomar, a un finisterre,

miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
Con la sombra infecunda de tu llama

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

(Antonio Machado, España 1875 – Francia 1939)





LOS JUEGOS Y LOS SUEÑOS


Sueño que juego pero estoy jugando
a soñar y a que sueño que jugaba
juego a que sueño pero estoy soñando
jugar y era contigo que soñaba

Y una loca alegría me embriagaba
de vivir y soñarte despertando
y saber que eras tú con quien jugaba
juegos de amor que urdí por ti soñando

Oh realidad que fuiste poesía
oh sueño o juego imagen de la duda
oh poesía realidad de un día

en ti se muestra la verdad desnuda
jugando en la soñada alegoría
y la evidencia de la frase muda.

(Leopoldo Chariarse, Perú 1928)




CANTO CORAL A TÚPAC AMARU


Lo harán volar
con dinamita. En masa,
lo cargarán, lo arrastrarán. A golpes
le llenarán de pólvora la boca.
Lo volarán:
¡y no podrán matarlo!
Lo pondrán de cabeza. Arrancarán
sus deseos, sus dientes y sus gritos.
Lo patearán a toda furia. Luego
lo sangrarán:
¡y no podrán matarlo!
Coronarán con sangre su cabeza;
sus pómulos, con golpes. Y con clavos
sus costillas. Le harán morder el polvo.
Lo golpearán:
¡y no podrán matarlo!
Le sacarán los sueños y los ojos.
Querrán descuartizarlo grito a grito.
Lo escupirán. Y a golpe de matanza
lo clavarán.
¡y no podrán matarlo!
Lo pondrán en el centro de la plaza,
boca arriba, mirando al infinito.
Le amarrarán los miembros. A la mala
tirarán:
¡y no podrán matarlo!
Querrán volarlo y no podrán volarlo.
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Querrán descuartizarlo, triturarlo,
mancharlo, pisotearlo, desalmarlo.
Querrán volarlo y no podrán volarlo
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Al tercer día de los sufrimientos,
cuando se crea todo consumado,
gritando ¡libertad! sobre la tierra,
ha de volver.
¡y no podrán matarlo!

(Alejandro Romualdo, Perú 1926 - 2008)





CUENTO


FLOR DE PAPA
(por Guillermo Delgado)


¡Dios del sol, que estás por sobre todo, ten compasión de mí!

El Tayta Inti miraba un día sobre la tierra, y se sentía orgulloso de ver cómo los hombres disfrutaban de todo lo que él y la diosa Mama Killa les ofrecían.

- Míralos; Killa, viven en armonía, disfrutando de los frutos que da la tierra, de los peces que les brindan los mares y los ríos, dijo el Tayta.

La luna, desde el otro lado del horizonte, lo escuchaba con devoción, y se regocijaba de lo orgulloso que el Creador se sentía de ver a sus hijos disfrutar de aquella hermosa naturaleza.

- Sí, dijo Killa, son hombres buenos, saben compartir lo que tienen, siembran la tierra con esmero, son solidarios y trabajadores, da gusto darles luz y calor.

Pero un día aparecieron los primeros vestigios de una crisis que se avecinaba; los hombres, antes alegres, trabajadores y amigables, se habían vuelto envidiosos, egoístas, ociosos y malvados. Ya no querían compartir sus cosechas sobrantes, envidiaban los éxitos de los otros, se apoderaban arbitrariamente de los productos de panllevar que otros habían sembrado y cosechado;  se disputaban las que se consideraban tierras más provechosas, los mejores lugares de pesca en los ríos, lagos y lagunas, por los senderos que atravesaban los cerros, por los árboles que les servían para construir sus casas, sus graneros, sus corrales; la armonía había cedido el paso a la discordia que se dispersaba en el ambiente como humo llevado por el viento, como enjambre de moscas.


En el borde del río y del agua
mosca molestosa,
mosca de ojos de oro,
por qué me estás mirando
mosca fastidiosa.
por qué me estás molestando
¿Acaso soy tu querido?
¿Acaso yo soy tu amado?

Vete, mosquita molestosa.
Vete, mosquita fastidiosa.


Pero ni los harawis ni los ayataquis trajeron la armonía perdida. Ya los hombres no se ocuparon de sus ritos que hermanaban, de sus fiestas de algarabía; sólo primaba el enfrentamiento, la venganza, las rencillas por naderías, las peleas cotidianas por un puñado de coca o una mazorca de maíz, la avaricia, la traición, los malos sentimientos.

El Tayta Inti no pudo ocultar su enfado. Debería apagar mis rayos y dejarlos a oscuras para que ni siquiera vean el rostro que daña sus lanzas ni los cráneos que parten sus porras, díjole a la luna. La diosa Mama Killa también se hallaba consternada por el caos reinante. Malos hijos esos,  dijo el sol, los voy a dejar al hambre. Si no han sabido comportarse con sabiduría, pues, que sufran la terrible carestía que se avecina.

Furibundo, molesto, amargado, el Tayta Inti hizo desaparecer el agua de los ríos y los campos con sus sembríos se secaron; en los caminos no era raro encontrarse con una llama o una vicuña agonizantes por la ausencia de lluvias. Valles y prados que antes eran verdes y blondos, se habían transformado en un paisaje fantasmagórico de terror y desolación. ¡Ya no se puede sembrar! dijo un indio a su anciano padre. ¿Por qué el Tayta se había enfurecido para que sus rayos quemen tanto? ¿O es que ya no nos quiere porque somos malos hijos?, preguntó el hombre. El anciano tomó su quena y dejó sentir un silbido triste, tenue, melancólico; el hijo abrió sus brazos al cielo y comenzó a entonar un fúnebre ayataqui.

El dolor está llegando a los pueblos
como tormenta de sangre. Estoy
gritando a los abuelos
para que abandonen su morada
y traigan
la sangre de los antiguos dioses.
¡Ay! Calor que me quemas
como brasa de madero,
que la carne llaga,
que la sangre abrasa.
Duele tanto este dolor,
duele el hambre,
duele la sequía que
empolva los caminos
que seca los sembríos.
¿Por qué no caes lluvia querida?
¿Por qué molesta está la luna?
muere el gorrioncito,
muere la paloma,
muere la hierba
y también la tierra.
¿Por qué no caes lluvia querida?
¿Por qué molesta está la luna?
¡Ay! Padrecito mío,
cuánto dolor, cuanto fuego.

Y el hombre siguió cantando sobre las ruinas y el desastre, nada parecía aplacar la furia del Tayta Inti. El hombre iba a los campos con las pocas semillas que aún le quedaban y la tierra la encontró convertida en un montón de bloques carrasqueños como rocas imposibles de arar y de sembrar. Los frutos que los árboles solían dar, jugosos y refrescantes, no nacieron más; las flores, doblaron sus chollas en señal de duelo. Una noche la luna sintió el gemido y el llanto que acompaña a la muerte; los hombres lloraban y se desesperaban, niños inocentes morían pagando con sus vidas los vicios y las maldades de sus padres. Algo en sus entrañas vibró como el coletazo de un embrión y se transformó en luna llena. ¡Quizá la madrecita Killa escuche nuestros ruegos!, dijeron los pocos hombres buenos que deambulaban con sus hijos a cuestas buscando algún brote con que alimentarse.


Taytita que estás en el cielo
Killita que alumbras las noches,
yo sin nada en la boca
sufriendo estoy el castigo.
qué culpa tiene esta wawa
de sufrir las inclemencias,
wawa, vicuñita buena,
wawa, wawita bueno.

Hasta dónde más, Padre mío,
he de sufrir tu castigo,
allá están los hombres malos,
y aquí quedamos los buenos.


- No es justo que todos tengan que padecer el castigo, Tayta Inti, dijo la luna con severidad. Hay hijos tuyos que han sido buenos y está sufriendo por los malos. ¿Es esa la justicia que quieres enseñarles?

El sol se ocultó durante cuatro días, y al quinto, dijo Mama Killa: tienes razón. Quien respeta la vida en comunidad no debe sucumbir a mi castigo; quien vive en paz vivirá y no pasará hambre. Entonces el Tayta Inti llamó al Dios Pachacámac y le dijo: coge un color del arco iris y colócalo sobre esta planta que te entrego. De ahí nacerá una flor que será la señal para que los hombres justos sepan que bajo esa planta encontrarán alimento para ellos y para sus hijos. Yo les daré una pista y sabrían en que momento deben iniciar su búsqueda. Ninguna otra planta, por más verde que esté, dará fruto alguno. Ahora anda, transfórmate en cóndor para que puedas desparramar el color a toda prisa. El dios de Pachacámac, obediente, inició su tarea. Volvieron las lluvias y los valles y las planicies reverdecieron. Poco duró la alegría de los hombres malos, pues, en vano buscaron frutos que no existían. Mientras los malvados desaparecían de la faz de la tierra, los hombres buenos buscaban la planta bendita que daba flores moradas, el color que el cóndor había escogido. Si pongo el fruto en la superficie los hombres malos lo encontrarían, por eso, Mama Killa, escondido está el alimento debajo de la planta. El hombre debería desenterrarlo con sus manos para que recuerden que con esfuerzo debe ganarse su sustento, dijo el Tayta Inti. Pasado los años, los hombres buenos miraban con veneración a aquella planta bendita que llamaron papa y cuya morada flor les hacía recordar que hubo tiempos malos donde los hombres malos sucumbieron al castigo del Tayta Inti.

Wolfsschanze, abril 2009.





ANÉCDOTAS

2610: El secretario del ayuntamiento de una cabeza de partido por donde cayó, no hace mucho, don Miguel de Unamuno, le decía a este:
Retrato de Miguel de Unamuno, Salamanca

-       Don Miguel, las doce mil almas de esta ciudad…

-       ¿Doce mil almas? – exclamó don Miguel.

-       Sí, señor; doce mil

-       Serán doce mil habitantes.

(Ahora, diario de Madrid, 5 de setiembre de 1933) 




1125: Tenía Voltaire una sobrina carnal, María Luisa Mignot – Denis, por su marido –, que al quedarse viuda pasó a vivir con él. Voltaire creyó descubrir en su sobrina ciertas dotes de actriz, aun cuando ya no era joven, ni bonita, ni en su vida había representado más que ciertos papeles que nada tenían que ver con el arte dramático. Y en una de las fiestas que se organizaban en Ferney para distraer a los huéspedes, interpretó el papel de la protagonista de “Zaira”.

Contestando a los elogios que después de la representación le hacían  los dichos huéspedes, respondió modestamente:
Retrato de Voltaire, 1718

-       ¡Muy amables, muy amables todos! ... Pero este papel requiere una mujer joven y hermosa...

-       ¡Oh, señora! – replicó uno de los que la elogiaban –. Usted acaba de demostrarnos lo contrario.









CITAS CITABLES

El invierno no es una estación; es una ocupación.
Sinclair Lewis, Estados Unidos 1885 - Italia 1951

-       Sinclair Lewis



De todas las embusteras, la más suave y más convincente es la memoria.

-       Banking



La principal importancia que tiene el asistir a la universidad está en que es el único modo de aprender que realmente no tiene importancia.

-       George Edwin Howes



La busca de la verdad te hará libre… aunque nunca des con ella.
Clarence Darrow, abogado estadounidense; 1857 - 1938.

-       Clarence Darrow



Aprende desde el principio a no jugar con la cuchara antes de tomar el remedio. Aplazar una cosa fácil la hace difícil. Y aplazar una cosa difícil la hace imposible.




Después de saber cuándo debemos aprovechar una oportunidad, lo más importante es saber cuándo debemos renunciar a una nueva ventaja.

-       Disraeli




Los que dicen que “duermen como un niño” son por lo general los que no tienen niño.