MACONDO
REVISTA
CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.
Lima, mayo del 2015 Número 13
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| Gustavo Adolfo Bécquer, España 1836 - 1870. |
POESÍA
ALMA
VENTUROSA
Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería.
Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía…,
con tu rubor me iluminó al hablarte,
y al separarnos te pusiste aparte
del grupo, amedrentada todavía.
Fue silencio y temblor nuestra
sorpresa,
más ya la plenitud de la promesa
nos infundía un júbilo tan blando,
que nuestros labios
suspiraron quedos…
y tu alma estremecíase en tus dedos
como si se estuviera deshojando.
(Leopoldo Lugones, Argentina 1874 – 1938)
CERRARON SUS OJOS
Cerraron sus ojos,
que aún tenía abiertos;
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
y otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse, rígida,
la forma del cuerpo.
Despertaba el día,
y , a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterios,
de luz y tinieblas,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la casa en hombros
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos:
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.
De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste
tan oscuro y yerto
todo se encontraba,
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la alta campana
la lengua de hierro
le dio, volteando,
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronla luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.
La piqueta al hombro,
el sepulturero,
cantando entre dientes
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
reinaba el silencio:
perdido en las sombras,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
En las
largas noches
del
helado invierno,
cuando
las maderas
crujir
hace el viento
y azota
los vidrios
el fuerte
aguacero,
de la
pobre niña
a solas
me acuerdo.
Allí cae
la lluvia
con un
son eterno,
allí la combate
el soplo
del cierzo.
Del
húmedo muro
tendida
en el hueco,
¡acaso de
frío
se hielan
los huesos!
¿Vuelve
el polvo al polvo?
¿Vuela el
alma al cielo?
¿Todo es
vil materia,
podredumbre
y cieno?
¡No sé;
pero hay algo
que
explicar no puedo,
que al
par nos infunde
repugnancia
y duelo,
al dejar
tan tristes,
tan
solos, los muertos!
(Gustavo Adolfo Bécquer, España 1836 – 1870)
SI
Si logras
conservar intacta tu firmeza
cuando
todos vacilan y tachan tu entereza;
si a
pesar de esas dudas mantienes tus creencias
sin que
te debiliten extrañas sugerencias;
si puedes
esperar, e inmune a la fatiga
y fiel a
la verdad, reacio a la mentira,
el odio
de los otros te deja indiferente,
sin
creerte por ello muy sabio o muy valiente…
Si
sueñas, sin por ello rendirte ante el
ensueño;
si
piensas, mas de tu pensamiento sigues dueño;
si
triunfos o desastres no menguan tus ardores
y por
igual los tratas como dos impostores;
si
soportas oír la verdad deformada
y cual
trampa de necios por malvados usada,
o mirar
hecho trizas de tu vida el ideal
y con
gastados útiles recomenzar igual…
Si toda
la victoria conquistada
te
atreves a arriesgar en una audaz jugada,
y aun
perdiendo, sin quejas ni tristeza,
con
nuevos bríos reiniciar puedes tu empresa;
si
entregado a la lucha con nervio y corazón,
aun desfallecido
persistes en la acción
y extraes
energías, cansado y vacilante,
de
heroica voluntad que te ordena: ¡Adelante!...
Si hasta
el pueblo te acercas sin perder tu virtud
y con
reyes alternas sin cambiar de actitud;
si no
logran turbarte ni amigo ni enemigo,
pero en
justa medida pueden contar contigo;
si
alcanzas a llenar el minuto sereno
con
sesenta segundos de un esfuerzo supremo,
lo que
existe en el mundo en tus manos tendrás.
¡Y
además, hijo mío un hombre tú serás!
(Rudyard Kipling, India 1865 – Reino Unido 1936)
CUENTO
EL
SACRIFICIO DEL RUISEÑOR
(por Guillermo Delgado)
Se repartieron entre sí
mis vestiduras y sobre mi
túnica echaron suertes
SALMOS
22,18
Dicen que los
pájaros se sientes traídos por la música, por las melodías suaves, por las
notas apacibles como las que brotan de las cuerdas de un piano o de un laúd.
Este es el caso de un ruiseñor que buscaba hacer un nido en el hueco de una
encina. El árbol se hallaba junto a una casa de campo habitada por un anciano y
un gato atigrado, único compañero de aquel hombre de vida frugal y ascética. La
vivienda poseía todas las comodidades como para que un artista pudiera trabajar
sin inconveniente alguno. Desde que se posesionó del árbol, el ruiseñor se
sintió complacido con la música que el hombre tocaba religiosamente todas las
tardes.
Pero el
ruiseñor no era el único que se solazaba con aquel manjar de notas, también
acudían tordos, calandrias, abejarucos, picaflores, crespines, gorriones y
hasta los belicosos y bullangueros cuervos, todo un grupo sólido de plumíferos
oidores, por las mañanas las pequeñas aves invadían un bosquecillo de naranjos
cercano a la casa del músico y ahí trataban de imitar los compases, las notas,
los ritmos, las cadencias. Los trinos se escuchaban hasta la casa donde el
anciano, ajeno a lo que sucedía, atribuía era sinfonía natural al follaje del
bosque de naranjos.
Pero el único
que se atrevía a acercarse a la casa y posarse en el alféizar de la ventana era
el ruiseñor. Desde allí contemplaba las manos del viejo, cubiertas de efélides,
recorriendo las teclas negras y blancas una y otra vez de un extremo a otro,
como un cepillo imaginario sobre la dentadura de un gigante. Una de esas
mañanas, cuando la primavera ya había bañado los campos de flores y los árboles
de frutos, el ruiseñor tuvo la audacia de aquietarse sobre la cubierta del
piano, a poca distancia del pianista que entonaba en ese momento una lenta y
suave melodía, la preferida del ruiseñor. Cuando el hombre hubo concluido, el
pajarillo quedose quieto esperando que la música siguiera.
- Ya
terminó pequeñín, dijo el viejo pasando sus dedos por aquel cuerpecillo
delicado.
Cuando el
ruiseñor reaccionó ya lo había tomado entre sus manos y le daba resoplidos
cálido y agradables. “Si me quisiera hacer daño ya lo hubiera hecho”, pensó.
El anciano
volvió a tocar la melodía que al ruiseñor le gustaba. Terminada la canción el
viejo colocó al ruiseñor en el alféizar y éste se marchó.
Esa noche el
pajarillo soñó que tocaba el piano brincando de tecla en tecla como solía hacer
con las ramas de los árboles cuando triscaba sobre ellas.
Llegado el
invierno, los árboles cubrieron sus ramas con un leve manto de nieve dejando
caer, cuando el viento arreciaba, una lluvia de carámbanos que asustaban a los
pajarillos que sobrevolaban a baja altura. El ruiseñor notó que los conciertos
caseros de su amigo eran menos frecuentes, al punto que cuando llegó el verano
ya no se le volvió a escuchar. Preocupado el ruiseñor, que ya tenía compañera y
familia, se avecinó a la casa, y posado en el piano, pudo distinguir al viejo
sollozando como un infante. En un rincón de la sala de música el viejo
gimoteaba desconsoladamente, pronunciando palabras ininteligibles que el
ruiseñor presentía como el comienzo de una catástrofe. El gato, quien ya estaba
acostumbrado a las visitas del pajarillo, se tocó la oreja.
-
Cada día que pasa escucha menos, creo que ya no oye.
Desconfiando del
pronóstico del gato, el ruiseñor batió sus alas y trinó alrededor de la cabeza
del anciano. Este, que se hallaba cabizbajo y perdido en sus pensamientos, ni
se inmutó. No sólo menguó su ánimo con la sordera sino su salud. Se le veía
delgado, ojeroso, lento, como si la vida se apagara dentro de él.
-
¡Qué triste debe ser para un músico perder la oreja!, dijo el gato remolón,
pero lo más triste es que no me escucha cuando le pido comida y tengo que
arreglármelas solo.
-
Se debe sentir como el pintor que pierde la visión, musitó el ruiseñor.
El gato lanzó
un bufido al ver que la conversación tomaba rumbos por donde sus conocimientos
iban en barco a la deriva. Esa noche, en el hueco de la encina, un sollozo
atrajo la atención de un pequeño ángel que bajaba del cielo a cumplir una
penitencia.
-
Creo que este pajarito necesita de mi ayuda, dijo el pequeño alado. Veré qué le
sucede.
Dicho esto, el
ángel se introdujo en la cabeza del ruiseñor y descubrió el motivo de su pena.
-
Ahora esperaré a que te duermas, entraré en tu sueño para que puedas verme y
podré ayudarte, dijo el ángel mientras esperaba que el ruiseñor entrara en
somnolencia.
El pájaro, que
no podía ver al ángel, siguió sollozando y gimoteando hasta que se durmió, fue
entonces que el querubín se dio a conocer. El ruiseñor volaba por parajes
celestiales por los que nunca había volado, siguiendo a aquella ave tan extraña
con cuerpo y rostro humano y alas grandes y vistosas. De pronto su vuelo se
detuvo, sus alas no le respondieron y comenzó a caer. Aterrorizado, el ruiseñor
pensó que se estrellaría al contacto con el suelo, pero se sorprendió cuando
recuperó su vuelo y fue a posarse al lado de un hombre enorme de cabellos
largos y barbados a quien le parecía haber visto antes, pero que su turbación
no lo dejaba recordar.
El hombre le
sonrió dejando entrever unos dientes blancos y armónicos como las teclas del
piano del viejo músico. El hombre lucía una túnica de amplias mangas que lo
casi hasta los tobillos. Un lienzo arrollado sobre la frente caía al lado
derecho de sus cabellos, el ruiseñor estaba pasmado ante la dulzura y serenidad
de esos ojos ligeramente rasgados y de un vivo color de miel. Su bigote y su
fina barba partida en dos, era de un color oro viejo, similar a los cabellos y
sus labios, relativamente finos y rosados, no ocultaban su dentadura blanca e
impecable.
-
Toma esto te va a agradar.
El ruiseñor
tomó la uva sin granos que aquel hombre le alcanzó y disfrutó del fruto
almibarado y jugoso. Vio como el hombre barbado engullía suavemente cada una de
aquellas esferas moradas y tiernas con la ingenuidad de un niño.
-
Yo te bendigo, padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e
inteligentes y se las has mostrado a los pequeñitos. Sí padre, así te pareció
bien. Mi padre puso todas las cosas en mis manos, y nadie sabe quién es el
Hijo, sino el Padre, ni quien es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el hijo
quiera dárselo a conocer, dijo el hombre pelilargo y se marchó.
Desde ese día
el ruiseñor y el hombre de túnica blanca se hicieron amigos, viéndose casi
todos a diario. Al pajarillo le llamó la atención verlo siempre rodeado de
mucha gente, hablándoles siempre de un reino que estaba en los cielos y al cual
irían después de morir.
-
La llegada del Reino de Dios no es cosa que se pueda verificar. No se va a
decir: Está aquí, está acá. Y sepan que el Reino de Dios está en medio de
ustedes. Llegará un tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del
Hijo del Hombre, pero no lo verán. Entonces les dirán: Está aquí, está allá. No
vayan, no corran. En efecto, como el relámpago brilla en un punto del cielo y
resplandece hasta el otro, así sucederá con el Hijo del Hombre cuando llegue
ese día. Pero antes tiene que sufrir y ser rechazado por este pueblo, dijo.
Pero algo le
decía al ruiseñor que aquel hombre bondadoso corría peligro, a veces lograba
escuchar las advertencias de sus más allegados a los que llamaban apóstoles, le
hacían, incitándole a que huyera, pero él, firme como una roca, se negaba a
escucharlos. Un día lo vio montado sobre un asno; cubierta la cabeza con una
corona de laureles y un gentío que lo colmaba de aleluyas y alabanzas y lo
aclamaba rey, era tanta la gente que acudía en su busca, que el ruiseñor tenía
dificultad para acercarse a él. Una mañana soleada, el pájaro salió en busca
del viejo músico, pues, como había visto que el hombre barbado, a quien
llamaban Nazareno, hacía toda suerte de milagros, pensó que algo podía hacer
para que su amigo recuperara la audición. Durante varios días recorrió los campos,
aldeas y pueblos pero no pudo dar con él. Aquellos parajes le resultaban tan
distintos a los que había recorrido antes, que se desorientaba y corría el
peligro de extraviarse.
Después de
varios intentos el ruiseñor desistió en su búsqueda. Ni los árboles, ni los
prados, ni las flores, ni los tejados, ni los hombres ni mujeres con esas
vestimentas extrañas, le eran familiares, todo en su memoria se había
trastocado en un laberinto que no alcanzaba a comprender.
-
Mañana buscaré al Nazareno, le contaré el problema y sé que él me ayudará a
buscarlo.
Al otro día,
muy temprano, el pajarillo fue a buscar al Nazareno, pero no lo encontró. Vio a
sus seguidores cariacontecidos, con las miradas extraviadas y los rostros
desesperanzados deambulando por las callejuelas de aquella región que llamaban
Judea. Algo en su pecho gris le decía que quien había brindado tanta ayuda a
otros ahora la necesitaba de ellos; pero su instinto le decía que aquel hombre
bonhomioso se encontraba solo en su hora más triste. Sobrevoló los lugares por
donde lo había visto, pero toda indagación resultó vana, al hombre barbado
parecía que el viento se lo había llevado, exhausto como estaba, el ruiseñor se
posó entre las ramas de un olivo, necesitaba descansar, el excesivo vuelo había
minado sus fuerzas y sus alas, endebles, se negaban a llevarlo.
Cuántas horas o
días durmió, ni él lo supo. Sólo un ligero barullo lo sacó de su letargo. A
poca distancia pudo reconocer al Nazareno quien ahora ya no era el hombre
atlético y musculoso de rostro hermoso y apacible.
Aquel era un
guiñapo humano que a duras penas, las piernas sanguinolentas, sostenían el
cuerpo y la pesada cruz de pino que llevaba sobre sus hombros; un casquete
espinoso había sido tranzado a base de zarzas espinosas. Aquel terrorífico
enjambre de púas rectas y otras en forma de gancho, tenía forma de media
naranja y llevaba ataduras de junco. Aquel yelmo espantoso había sido colocado
en la cabeza del reo por un legionario desde la salida de la Fortaleza Antonia.
El rostro amoratado, un ojo hinchado y a medio cerrar y las líneas escaradas
que cruzaban su cuerpo por todas partes, eran el resultado horrendo de la
flagelación a que lo habían sometido.
El ruiseñor
voló hasta el Nazareno y se posó sobre la cruz, él lo miró desde sus ojos
almibarados de ternura y compasión y los labios lívidos dejaron escapar una
sonrisa que como una mariposa se posó en el corazón del ruiseñor en el instante
aquel en el que el pajarillo derramaba una lágrimas que cayeron en sus labios
resecos y curtidos por el sol ardiente de la tarde.
El camino hacia
el monte que todos llamaban Gólgota era pedregoso y escarpado, lo cual
dificultaba aún más el andar de los condenados. A pocos pasos de él, el
ruiseñor distinguió a dos ladrones que también iban a ser sacrificados. Dimas,
al que llamaban ladrón bueno, y Gestas, al que llamaban ladrón malo.
Una turba, a
manera de cortejo, acompañaba a los procesados. Allí pudo conocer el ruiseñor
la parte oscura de la condición humana: allí se habían reunido los máximos
exponentes del vicio y la guitonería, hombres que mostraban sus llagas, sus
pingajos y su risa imbécil fruto de la mala vida que llevaban, toda suerte de
seres contrahechos, matones, saltimbanquis, cojos y tullidos de los arrabales,
bisojos, malandrines de los tugurios, todo un almodrote de brutalidad cebándose
en la desgracia de aquellos tres infelices a quienes lapidaban con frutas
podridas, pedazos de legumbres y todas las inmundicias que encontraban a mano.
El pobre ruiseñor sufría lo indecible ante aquel espectáculo de solaz donde se
unían lo cómico y lo trágico e una suerte de festejo macabro.
El Nazareno, a
trancos largos, lograba avanzar por esos senderos de piedra y cal, aun cuando
las plantas de sus pies sufrían con el esfuerzo. Su agotamiento físico era más
notorio a medida que la caravana avanzaba y el sol se hacía cada vez más
fuerte. Con la cabeza y el tronco encorvados, el Nazareno fue sobrellevando
cada palmo de terreno, inmerso en una ventisca de arena y polvo que iban
desfigurando su rostro. El fuerte clima estival iba empapando su túnica con un
sudor frío y ácido, mientras sus cabellos, barba y rostro, cubiertos de tierra
y sangre, le impedían una clara visión en su camino de adversidad y pesadumbre.
El tropel de curiosos se dividía en dos bandos: los que habían clamado por la
crucifixión, que eran los más, y los que veían en ese acto una cruel estupidez
de un pueblo bárbaro.
El ruiseñor
giraba su cabeza de un lado a otro, impotente, como buscando a alguien que se
atreviera a poner fin al sufrimiento de aquel hombre a quien no había visto
realizar ninguna maldad. Sufría al ver sus labios agrietados y amarillentos
fruto amargo de la deshidratación y del duro ascenso hacia el Gólgota por las
erosionadas cuestas empinadas. La congoja del ruiseñor era indescriptible ante
la inmensa soledad de Jesús de Nazareth en su camino por la pedregosa calva del
cerro. Sólo algunos árboles desnudos y mutilados mostraban las cicatrices donde
otrora habían florecido otras tantas ramas.
En cuestión de
minutos, el pajarillo observó como el Nazareno era liberado de sus ataduras y
clavado en una cruz para luego ser alzado con la finalidad de poner fin a la
matanza. Las peticiones de aquel hombre abatido en su ánimo y en su físico,
destrozado moralmente en lo más hondo, no se hicieron esperar: clamaba un poco
de agua. El pajarillo se percató que el agua que algunas mujeres le alcanzaban
no era suficiente, por lo que voló hasta la fuente más cercana donde tomó agua,
luego, acercando su pico a esos labios carcomidos por la inanición, satisfizo
en algo la necesidad imperiosa del reo por beber; otro tanto hizo con los
ladrones. Lo que vino después era de esperar: la agonía y la muerte de aquel
hombre inocente.
Antes de
expirar el Nazareno musitó unas palabras que sólo el ruiseñor, que se hallaba
junto a él, pudo escuchar: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en
el Paraíso. A los pocos minutos, el hombre barbado que gustaba tanto de las
pasas de Corinto, uno de sus frutos preferidos, expiró. Una jauría comenzó a
ladrar y a correr desesperadamente por las calles cercanas mientras un huracán
de polvo arremetía por todas partes, el sol se nubló al punto que todo fue
oscuridad y la tierra comenzó a temblar provocando tal sacudida que muchos de
los legionarios romanos a quienes se había encomendado la crucifixión de los tres
reos cayeron de bruces rodando uno de ellos por la pendiente rocosa.
Alarmado el
ruiseñor emprendió vuelo siendo envuelto por una densa nube de polvo oscuro que
lo introdujo en un torbellino que lo privó de la fuerza de sus alas,
inutilizadas estas, el pájaro se dejó llevar, inerme para combatir tal
estampida. En un momento, le pareció ver la imagen del Nazareno que lo llamaba
desde el ojo de la tormenta, luego fue el ángel que lo había transportado por
aquella tierra ignota quien lo tomó en sus brazos y en ese instante todo fue
sombras y perdió la conciencia.
* * *
El día amaneció
con un sol radiante y un celaje prístino y azul. El polluelo del ruiseñor y la
madre habían salido, el ruiseñor se sintió solo en el nido de la encina. Un
poco de carcoma, gusanos y moscas aplacaron el ingente apetito que tenía. Se
hallaba enflaquecido por la falta de alimento durante aquel largo, profundo y
mágico sueño que le había tocado vivir. Se hallaba atontado, con la memoria en
blanco, sin poder explicar su situación actual. Un marasmo de imágenes lo
invadió de golpe y poco a poco lo oscuro se fue haciendo luz y recuerdo. Un
ruido irreconocible llegó hasta la parte alta de la encina. Era el gato
atigrado quien le dijo que lo había estado buscando.
El ruiseñor
distinguió los rasguños del gato al pie de la encina. La salud del anciano
músico había empeorado y el animal, preocupado, no sabía qué hacer. La flacura
del felino avalaba sus palabras: el minino tampoco la estaba pasando muy bien.
Llevado por un impulso celestial, el ruiseñor fue donde el viejo a quien
encontró postrado en su lecho, los ojos hundidos y ojerosos, sus manos
violáceas y de una delgadez mortecina, su rostro apagado y cenizo, reflejaban
la salud de un enfermo en su tránsito a la muerte.
El ruiseñor
voló hasta el piano y comenzó a triscar sobre las teclas durante interminables
horas.
Llegada la
noche, el ruiseñor, sumamente agotado, vio como el anciano se levantaba como
impulsado por una fuerza invisible dirigiéndose al piano. Allí estuvo durante
horas, como tratando de recuperar la fuerza de esos dedos entumecidos por la
inercia de tanto tiempo. Las frágiles patas del pájaro habían sufrido con el
esfuerzo de accionar las teclas y ya no podía tenerse en pie. Por más que el
anciano lo colocó en una caja bien arropado, el pobre ruiseñor no daba signos
de mejora alguna. El viejo, ya recuperada la audición, le tocaba su melodía
preferida y le tarareaba canciones de cuna con el fin de animarlo.
Tres días y
tres noches estuvo el anciano vigilando la salud del enfermo, dándole granos de
cereal y algunas semillas que el ruiseñor tragaba con dificultad. Al amanecer
del cuarto día el ruiseñor abrió los ojos y vio la imagen del hombre que había
visto en la cruz al pie de la cuna del anciano, el cual yacía profundamente
dormido a causa de los continuos desvelos.
Era el
Nazareno, pero el que conoció cuando cayó del cielo y comió la uva que aquel le
ofreciera, no el del camino al Gólgota, no aquel crucificado de rostro
destruido por la humillación y el dolor. Este era un hombre sonriente, con los
cabellos ordenados y el rostro aliñado. Los brazos abiertos mostrando las
huellas de los clavos en las palmas de sus manos, pasaban inadvertidos ante la
ternura y la bondad que su rostro reflejaba, el ruiseñor sintió que su pecho
desbordaba de emoción al sentir que su interior se elevaba abandonando la
envoltura corpórea que lo contenía y que volvía a recorrer aquel camino
celestial por donde el ángel lo había llevado. En su oído resonaron entonces
las palabras del hombre barbado que había muerto en la cruz: En verdad, te digo
que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.
En ese momento
todo se hizo luz en torno a él y sus ojos se cerraron para siempre. El viejo lo
encontró patas arriba, tieso y rígido el cuerpo, las plumas enmarañadas en su
lucha final contra la muerte, los dedos contraídos, el pico fuertemente
apretado y los ojos sin vida. El desconsuelo del anciano sobrepasó sus fuerzas,
ni el gato con su ronroneo y sus juegos tontos pudieron sacarlo de su tristeza.
Lo veló todo el día y toda la noche con la ternura y la devoción de una madre.
Lo enterró en el jardín, al pie de la ventana donde acostumbraba posarse para
escucharlo tocar el piano; sobre la tierra aún húmeda sembró un rosal.
El viejo
abandonó la música, “mientras se me pasa la tristeza”, dijo:
Pasó un año y
la pena seguía empantanada en su alma y el piano permaneció en silencio. “Ya no
me interesa tocar si no está él”, se dijo un día. Pasaron dos veranos, dos
otoños, dos inviernos y dos primaveras. El rosal floreció, el piano continuó
callado, el viejo triste y el gato cada día más flaco, feo y achacoso. El
polvo, las telarañas, los ratones y el silencio se apoderaron de la casa. Una
noche en que el viejo dormía se apareció un ángel penitente y le regaló un sueño.
En él se veía
al ruiseñor lleno de vida, trinando la melodía que el viejo le tocaba siempre
en el piano. Por ese poder que sólo Dios tiene, el viejo percibió el lenguaje
de los pájaros en el que el ruiseñor le decía que no dejara de tocar “para que
mi sacrificio no haya sido en vano”. El anciano despertó a la mañana siguiente
lleno de entusiasmo y comenzó a tocar como nunca lo había hecho, sobre todo la
música que tanto le gustaba al ruiseñor.
El gato fue
sacado de su modorra y pensó que el viejo se había vuelto loco.
Posado en el
alféizar de la ventana, el felino se llevó un gran susto al ver que el rosal
comenzaba a vibrar desde sus raíces, dejando escapar unos pétalos que en su
suave caída aromaron el ambiente. El viejo corrió a la ventana y tomando al
gato entre sus arrugadas manos, dejó caer unas lágrimas en señal de despedida.
Esa
noche el ruiseñor picoteaba una uva sin granos posado en una túnica blanca, en
un lugar del cielo donde ni las melodías del anciano ni los ronroneos del gato
podían llegar.














