martes, 20 de octubre de 2015

NÚMERO 11



MACONDO

         






REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.






Lima, marzo del 2015                                         Número 11


Juan Gonzalo Rose, Perú 1928 - 1983





POESÍA


CUANDO VENÍAS A VERME...


CUANDO venías a verme
yo te llevaba al huerto
y con los frutos de los árboles más altos
te daba mi alegría
y besaba tus ojos tristes

Pero un día que besé tus labios secos
rompiste a llorar y huiste

Como un vampiro avieso
- siendo aún niña –
venías sólo por mi alegría

Desde ese día yo conocí
que el amor tierno es triste
y que en todo niño intenso
hay ya un hombre solitario.
(Jorge Bacacorzo, Perú 1927 - 2006)






PARÁFRASIS DE UNA CARTA ENCONTRADA

(Carta encontrada en el bolsillo de la chaqueta de Igostorlak Korsinsky, caído en el frente de Stalingrado en febrero de 1943. La misiva estaba dirigida a Alena Petrovich, su esposa.)



Espérame como yo espero, que volveré,
sólo que nuestra espera será dura.
Espera cuando te invada la pena
 mientras veas la lluvia caer, y
la tristeza sea la tumba
de las aves enmudecidas
por el fragor de la guerra.

Espera cuando los vientos
borren la nieve y los truenos
retumben sobre las montañas
haciéndonos creer que todo
                   ha terminado.

Espera en el calor inclemente
cuando los otros hayan dejado
de esperar olvidando su ayer.

Espera incluso cuando mis cartas
amarilladas por el tiempo
sean parte del olvido.

Espera cuando los demás se hayan
cansado de esperar;
espera cuando mis hijos hayan
olvidado mi rostro, y mi nombre
sea un recuerdo pasajero que pasa
como se mira una nube.

Espera aunque el sol se haya ido
y aun cuando en las tinieblas
de nuestra esperanza,
la luna también se ensañe
con nosotros negándonos su luz.

Y cuando aquellos que me conocieron,
sentados junto al fuego, brinden
por mi memoria, espera, no te apresures
a brindar por mi memoria tú también.

Espérame porque volveré desafiando
todas las muertes,
         y deja que los que no esperan
digan que tuve suerte;
ellos nunca entenderán, que en
medio de la muerte, tú, con tu
espera, me salvaste.

Solo nosotros sabemos cómo sobrevivir,
es porque esperaste, y los otros no.

           (Guillermo Delgado)





CARTA A MARÍA TERESA




Para ti debo ser, pequeña hermana.
el hombre malo que hace llorar a mamá.

Yo me interrogo ahora:
¿por qué no he amado sólo
las rosas repentinas,
la mareas de junio,
las lunas sobre el mar?

¿Por qué he debido amar
la rosa y la justicia,
el mar y la justicia,
la justicia y la luz?

Fui un niño como todos.
También mi infancia
la atravesaba un río
y tenía una hora misteriosa
en la cual las palomas
a mi alma obedecían.

Pero me preguntaba:
¿por qué en mi calle
la alegría es un viento
fugaz e inesperado?
¿por qué no siembran trigo
también sobre mi pecho
si aquí en mi corazón,
todas las noches,
se desbordan los ríos?

Por eso fue una noche
el rostro de mi madre,
astro de cera y llanto
en el cielo apagado de mi celda;
por eso me negaron
el Perú en mi desvelo,
y vanamente grito:
devolvedme mi patria,
devolvedme mi escuela de palomas,
mi casa frente al mar,
devolvedme su calle más pequeña,
su lámpara más rota,
su más ciego lugar.

A pesar de todo esto,
para ti debo ser pequeña hermana,
el fantasma que vuelca
la sal sobre la mesa,
el mal hado que rompe
las puntas de los días:
y es que a ti te hace daño
ver llorar a mamá.

Mas una tarde, hermana;
te han de herir en la calle
los juguetes ajenos;
la risa de los pobres
ceñirá tu cintura
y andando de puntillas
llegará tu perdón.

Cuando  esa hora suene
es que amarás las rosas,
las mareas de junio,
el jardín de diciembre
donde los niños van;
es que amarás mis sueños
y mis cosas,
¡sabrás por qué se rompe
fácilmente
por la mitad el pan!

Cuando esa hora suene
y se empadrine en padre mi orfandad,
iremos de la mano
por las calles de Lima,
en trinidad de gozo:
la risa de mamá. 
(Juan Gonzalo Rose, Perú 1928 - 1983)







CUENTO


A OTRO GALLO CON ESE CANTO
(por Guillermo Delgado)

A Nicomedes Santa Cruz,
quien siempre vislumbró
la poesía en el corazón
del pueblo.


Durante la colonia surgieron en el norte y sur de Lima numerosas haciendas, y con ellas vinieron un gran número de esclavos negros para trabajar en las plantaciones. Estos hombres y mujeres de raza oscura y de fortaleza envidiable para las labores del campo, serían reemplazados por chinos cuando sobrevino la abolición allá por 1854.

En la que fuera la hacienda “Arona” trabajaba un negro de nombre Francisco Holguín que, enamorado de una bella mulata llamada Joaquina, hacía gala de su noble apellido, el cual había heredado de su amo. La negra era casada con un negro leñatero, Indalecio Bardales. Dicen quienes conocieron al negro Francisco que él había jurado que de una u otra forma conquistaría el corazón de la desposada.

Y la verdad es que no tuvo que hacer mayor esfuerzo, pues la fama de la mujer del negro Indalecio de ser una fémina coqueta y de “las que fácilmente daba entrada a cualquiera que se fijara en sus redondeces”, era muy mentada entre los negros de las plantaciones.

- ¡Cocorocó...Có!, cacareó el negro Francisco, muy entusiasmado. Había practicado el canto del plumífero durante varios meses y al fin había alcanzado la perfección. Daban fe de ello los gallos vecinos quienes confundidos en el horario por el falso gallo mulato, comenzaban sus cantos a cualquier hora del alba.

Puesto de acuerdo con la negra Joaquina, Francisco Holguín comenzó a fingirse gallo en las madrugadas y, bien colocado en la cima de un frondoso sauce que se hallaba al pie de la ventana de su pretendida, cantaba a voz en cuello antes del amanecer:

- Levántate ya, haragán, no sientes acaso al gallito. Vamos, rápido. Toma tu machete y échate al campo.

Los cocorocó de Francisco Holguín se hacían más continuos, como surgidos de la impaciencia y la angustia de disfrutar de las duras curvas y la apretada mota de la amante. Indalecio se levantaba cada día lanzando maldiciones y anatemas al gallo madrugador.

- Qué extraño me parece, decía el negro. Todavía está oscuro y hay muchas estrellas. Pero en fin, gallo es gallo y al campo nos vamos. Adiós mi negra linda, decía el negro Indalecio mientras besaba la mejilla embetunada de la esposa.

Cuando el engañado marido pasaba frente a los socavones camino al campo, ya el gallo mulato se había descolgado del sauce y había ingresado al cuarto de su amante por la ventana que daba al árbol; cuando el pasaba frente al trapiche camino a la jornada, ya el negro Francisco se repantigaba entre las sábanas de su cama.

Así fueron transcurriendo días, semanas y meses, hasta que el diablo se aburrió de su maldad y decidió cambiarles la suerte a los amantes y al marido cornudo. El negro Francisco, arrastrado por la pasión incontrolable de aquel cuerpo divino, fue adelantando sus cantos y aumentando las ojeras en los ojos de Indalecio. El fingido reloj aumentaba el malhumor de Indalecio, quien un día se enteró que era víctima del engaño.

Así se enteró que la Joaquina se quedaba en casa con aquel gallo sin plumas, mientras él tumbaba espinos, rajaba leña, desgranaba maíz y curtía sus manos morenas con el machete y la guadaña durante largas horas allá por Saplán o por la Cruz de las Ánimas.

Dale que dale al machete por un jornal miserable y el maltrato y todo para qué. Para que esa negra infiel comprara pañolones de seda, enaguas de encaje, zapatos de cordobán, zarcillos de figurete y hasta finos lápices de labios para embadurnar esa jeta de la cual él no disfrutaba.

Tanto sacrificio semana a semana para juntar real tras real para comprar un terrenito, un “nidito de amor” como decía esa negra traidora. Pero ahora sentirían el azote de su venganza. Sí, claro que había ahorrado, pero lo que compraría sería un pedazo de tierra para enterrar a la negra y mandarla al infierno. Fue una mañana de sábado en que Joaquina comenzó con la cantaleta:

- Vamos, negro flojo, levántate ya si no quieres que te eche agua hervida en la bemba.

Indalecio escuchó impávido el cocorocó de Francisco, y las represalias de su mujer. Los interminables e impacientes ¡Cocorocó! Aumentaron su furia. Eran por lo menos las tres de la mañana. La audacia de Francisco Holguín había traspasado los límites de lo permisible. Indalecio lanzó la cobija que lo cubría y sacó el machete que estaba debajo de la cama y se echó fuera de la casa.

De dos trancazos se detuvo bajo el sauce, de aquel árbol que había servido a Francisco para robarse la gallina de corral ajeno.

- Oye, negro malagradecido, qué le vas a hacer al pobre gallito que tan bueno ha sido dándote las horas, gritaba la negra Joaquina al ver que su marido ceñía entre sus dedos la fina hoja de acero.

El negro Indalecio Bardales de un salto felino trepó al árbol y después de talar algunas ramas tuvo ante sí al causante de su desgracia, quien, semidesnudo y tembloroso, vio la figura de la muerte en el brillante metal que el negro Indalecio blandía muy decidido a acabar con la vida de aquel falso plumífero semicalato.

Machetazo a machetazo, el negro comenzó a descolgar hojas y ramas, limpiando el camino hacia su víctima. El grito desgarrador y agudo del traidor reemplazó aquella madrugada al dulce cocorocó de la negra Joaquina.

- Ahora vas a ver gallito despertador. Puntualito eres, toma para que veas lo que es bueno, gritaba el engañado marido mientras con fuerza incontenible lanzaba el machetazo sobre su víctima, como buscando en ese gesto furibundo arrancarse los cuernos con que la mujer había adornado su frente.

El negro Francisco cayó del árbol como higo maduro. En vano trató de huir de las garras de aquella pantera herida en su amor propio. Corte tras corte, como tajo venido del mejor cirujano, los dos amantes sucumbieron bajo el brazo vengador del ofendido.

Quienes llegaron al otro día muy temprano nunca pudieron describir con exactitud la truculenta escena que encontraron bajo el sauce, en cuyo tronco anchas hendiduras de machete eran mudos testigos de la macabra venganza. Dicen también, aunque esto nunca su pudo comprobar, que vieron al asesino tomar hacia el Monte de Nazareno. Lo cierto es que en una acequia cercana al monte fue encontrada el arma vengadora cuya hoja había sufrido las inclemencias del castigo infligido a los audaces amantes.

Lo último que se supo es que en los alrededores de la casa hacienda no quedó gallo vivo, pues, ningún marido, enterado de los entretelones del asesinato, quiso arriesgarse a sufrir los insomnios de otro gallo desinformado.

Wolfsschanze, 3 de octubre del 2001.




ANÉCDOTAS


2302: El genial novelista francés Alejandro Dumas granó el dinero a montones y a montones lo derrochó. Semejante manera de vivir le creó no pocas situaciones difíciles, y más de una vez llamaron a su puerta los alguaciles del Juzgado, portadores de comunicaciones nada gratas…

Alejandro Dumas, Francia 1802 - 1870

Andando el tiempo, y en una de sus épocas de gran prosperidad, alguien solicitó del autor de Los tres Mosqueteros un donativo de veinticinco francos para sufragar los gastos de sepelio de un alguacil, pobre diablo que al fallecer dejaba a su familia en la miseria. Por la mente de Dumas pasó el recuerdo de aquellos hombres de rostros serios, secos, adustos, bajo un sombrero apuntado, que en tantas ocasiones habían sido el principio de una desazón…

Echó mano al bolsillo, entregó cincuenta francos al peticionario y le dijo:
-       Tome el doble y que entierren a dos.




2091: Refiere Ricardo Palma, en sus Tradiciones peruana, que su santo compatriota fray Martín de Porres, fallecido en noviembre de 1639, tuvo bien ganada fama de milagroso, y a este respecto recoge la siguiente curiosa anécdota:

Disgustado el prior por la constante afluencia de gentes de toda índole, que acudían al convento de Santo Domingo en solicitud de la intervención del lego en los más intrincados problemas, le llamó una mañana, resuelto a cortar por lo sano, y le dijo:

-       Hermano Martín, le prohíbo que haga milagros sin pedirme antes permiso.

-       Acato la prohibición, reverendo padre.

Pero sucedió que un día resbalóse de altísimo andamio un albañil que se ocupaba en la reparación de un claustro, y en su cuita gritó:

-       ¡Sálvame, fray Martín

El lego alzó las manos y le contestó:
Ricardo Palma, Perú 1883 - 1919

-       Espere, hermanito, que voy por la superior licencia.

Y el albañil se mantuvo en el aire, esperando el regreso del lego dominico.

-       ¡A buenas horas, mangas verdes! – dijo el prelado cuando escuchó la petición del lego –. ¿Qué permiso te voy a dar si ya has hecho el milagro?

En fin, anda y remátalo. Pase por esta vez, pero que no se repita.

Este milagro – añade Palma – hizo en Lima más ruido que una banda de tambores y fue más sonado que las narices.





CITAS CITABLES

Winston Churchill, Reino Unido 1874 - 1965.
La ciencia le lleva una enorme delantera a la naturaleza. Por ejemplo, en el hogar moderno los niños son casi lo único que todavía hay que lavar.

En casa tenemos la radio encima del televisor. Así, cuando la conectamos tenemos algo en qué pensar mientras vemos la televisión.

Mientras más atrás miremos en la historia, más adelante seremos capaces de ver.

-       Winston Churchill



Si fuera a reencarnar, quisiera volver a este mundo como un buitre: nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo desea, ni lo necesita; jamás lo molestan y nunca está en peligro; además, le mete el diente a cualquier cosa.
W. Faulker, Estados Unidos 1897 - 1962.

-       William Faulkner



Descripción de un aletargado pueblecito: era tan aburrido que un día se alejó la marea… y nunca más volvió.



Tal vez nadie haya cambiado tanto el curso de la historia como los historiadores.




El escritor Irwin Shaw, comentando la discutida versión cinematográfica de su libro The Young Lions: “La película parece buena, siempre que uno no sea el autor del libro”.