MACONDO
REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.
Lima, marzo del 2015 Número 11
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| Juan Gonzalo Rose, Perú 1928 - 1983 |
POESÍA
CUANDO VENÍAS
A VERME...
CUANDO venías
a verme
yo te llevaba
al huerto
y con los
frutos de los árboles más altos
te daba mi
alegría
y besaba tus
ojos tristes
Pero un día
que besé tus labios secos
rompiste a
llorar y huiste
Como un
vampiro avieso
- siendo aún
niña –
venías sólo
por mi alegría
Desde ese día
yo conocí
que el amor
tierno es triste
y que en todo
niño intenso
hay ya un
hombre solitario.
(Jorge Bacacorzo, Perú 1927 -
2006)
PARÁFRASIS
DE UNA CARTA ENCONTRADA
(Carta
encontrada en el bolsillo de la chaqueta de Igostorlak Korsinsky, caído en el
frente de Stalingrado en febrero de 1943. La misiva estaba dirigida a Alena
Petrovich, su esposa.)
Espérame como yo espero, que volveré,
sólo que nuestra espera será dura.
Espera cuando te invada la pena
mientras veas la lluvia caer, y
la tristeza sea la tumba
de las aves enmudecidas
por el fragor de la guerra.
Espera cuando los vientos
borren la nieve y los truenos
retumben sobre las montañas
haciéndonos creer que todo
ha
terminado.
Espera en el calor inclemente
cuando los otros hayan dejado
de esperar olvidando su ayer.
Espera incluso cuando mis cartas
amarilladas por el tiempo
sean parte del olvido.
Espera cuando los demás se hayan
cansado de esperar;
espera cuando mis hijos hayan
olvidado mi rostro, y mi nombre
sea un recuerdo pasajero que pasa
como se mira una nube.
Espera aunque el sol se haya ido
y aun cuando en las tinieblas
de nuestra esperanza,
la luna también se ensañe
con nosotros negándonos su luz.
Y cuando aquellos que me conocieron,
sentados junto al fuego, brinden
por mi memoria, espera, no te
apresures
a brindar por mi memoria tú también.
Espérame porque volveré desafiando
todas las muertes,
y
deja que los que no esperan
digan que tuve suerte;
ellos nunca entenderán, que en
medio de la muerte, tú, con tu
espera, me salvaste.
Solo nosotros sabemos cómo sobrevivir,
es porque esperaste, y los otros no.
(Guillermo
Delgado)
CARTA A MARÍA TERESA
Para ti debo
ser, pequeña hermana.
el hombre
malo que hace llorar a mamá.
Yo me
interrogo ahora:
¿por qué no
he amado sólo
las rosas
repentinas,
la mareas de
junio,
las lunas
sobre el mar?
¿Por qué he
debido amar
la rosa y la
justicia,
el mar y la
justicia,
la justicia y
la luz?
Fui un niño
como todos.
También mi
infancia
la atravesaba
un río
y tenía una
hora misteriosa
en la cual
las palomas
a mi alma
obedecían.
Pero me
preguntaba:
¿por qué en
mi calle
la alegría es
un viento
fugaz e
inesperado?
¿por qué no
siembran trigo
también sobre
mi pecho
si aquí en mi
corazón,
todas las
noches,
se desbordan
los ríos?
Por eso fue
una noche
el rostro de
mi madre,
astro de cera
y llanto
en el cielo
apagado de mi celda;
por eso me
negaron
el Perú en mi
desvelo,
y vanamente
grito:
devolvedme mi
patria,
devolvedme mi
escuela de palomas,
mi casa
frente al mar,
devolvedme su
calle más pequeña,
su lámpara
más rota,
su más ciego
lugar.
A pesar de
todo esto,
para ti debo
ser pequeña hermana,
el fantasma
que vuelca
la sal sobre
la mesa,
el mal hado
que rompe
las puntas de
los días:
y es que a ti
te hace daño
ver llorar a
mamá.
Mas una
tarde, hermana;
te han de
herir en la calle
los juguetes
ajenos;
la risa de
los pobres
ceñirá tu
cintura
y andando de
puntillas
llegará tu
perdón.
Cuando esa hora suene
es que amarás
las rosas,
las mareas de
junio,
el jardín de
diciembre
donde los
niños van;
es que amarás
mis sueños
y mis cosas,
¡sabrás por
qué se rompe
fácilmente
por la mitad
el pan!
Cuando esa
hora suene
y se
empadrine en padre mi orfandad,
iremos de la
mano
por las
calles de Lima,
en trinidad
de gozo:
la risa de
mamá.
(Juan Gonzalo
Rose, Perú 1928 - 1983)
CUENTO
A
OTRO GALLO CON ESE CANTO
(por Guillermo Delgado)
A Nicomedes Santa Cruz,
quien siempre vislumbró
la poesía en el corazón
del pueblo.
Durante la colonia surgieron en el
norte y sur de Lima numerosas haciendas, y con ellas vinieron un gran número de
esclavos negros para trabajar en las plantaciones. Estos hombres y mujeres de
raza oscura y de fortaleza envidiable para las labores del campo, serían
reemplazados por chinos cuando sobrevino la abolición allá por 1854.
En la que fuera la hacienda “Arona”
trabajaba un negro de nombre Francisco Holguín que, enamorado de una bella
mulata llamada Joaquina, hacía gala de su noble apellido, el cual había
heredado de su amo. La negra era casada con un negro leñatero, Indalecio
Bardales. Dicen quienes conocieron al negro Francisco que él había jurado que
de una u otra forma conquistaría el corazón de la desposada.
Y la verdad es que no tuvo que hacer
mayor esfuerzo, pues la fama de la mujer del negro Indalecio de ser una fémina
coqueta y de “las que fácilmente daba entrada a cualquiera que se fijara en sus
redondeces”, era muy mentada entre los negros de las plantaciones.
- ¡Cocorocó...Có!, cacareó el negro
Francisco, muy entusiasmado. Había practicado el canto del plumífero durante
varios meses y al fin había alcanzado la perfección. Daban fe de ello los
gallos vecinos quienes confundidos en el horario por el falso gallo mulato,
comenzaban sus cantos a cualquier hora del alba.
Puesto de acuerdo con la negra
Joaquina, Francisco Holguín comenzó a fingirse gallo en las madrugadas y, bien
colocado en la cima de un frondoso sauce que se hallaba al pie de la ventana de
su pretendida, cantaba a voz en cuello antes del amanecer:
- Levántate ya, haragán, no sientes
acaso al gallito. Vamos, rápido. Toma tu machete y échate al campo.
Los cocorocó de Francisco Holguín se
hacían más continuos, como surgidos de la impaciencia y la angustia de
disfrutar de las duras curvas y la apretada mota de la amante. Indalecio se
levantaba cada día lanzando maldiciones y anatemas al gallo madrugador.
- Qué extraño me parece, decía el
negro. Todavía está oscuro y hay muchas estrellas. Pero en fin, gallo es gallo
y al campo nos vamos. Adiós mi negra linda, decía el negro Indalecio mientras
besaba la mejilla embetunada de la esposa.
Cuando el engañado marido pasaba frente
a los socavones camino al campo, ya el gallo mulato se había descolgado del
sauce y había ingresado al cuarto de su amante por la ventana que daba al
árbol; cuando el pasaba frente al trapiche camino a la jornada, ya el negro
Francisco se repantigaba entre las sábanas de su cama.
Así fueron transcurriendo días, semanas
y meses, hasta que el diablo se aburrió de su maldad y decidió cambiarles la suerte
a los amantes y al marido cornudo. El negro Francisco, arrastrado por la pasión
incontrolable de aquel cuerpo divino, fue adelantando sus cantos y aumentando
las ojeras en los ojos de Indalecio. El fingido reloj aumentaba el malhumor de
Indalecio, quien un día se enteró que era víctima del engaño.
Así se enteró que la Joaquina se
quedaba en casa con aquel gallo sin plumas, mientras él tumbaba espinos, rajaba
leña, desgranaba maíz y curtía sus manos morenas con el machete y la guadaña
durante largas horas allá por Saplán o por la Cruz de las Ánimas.
Dale que dale al machete por un jornal
miserable y el maltrato y todo para qué. Para que esa negra infiel comprara
pañolones de seda, enaguas de encaje, zapatos de cordobán, zarcillos de
figurete y hasta finos lápices de labios para embadurnar esa jeta de la cual él
no disfrutaba.
Tanto sacrificio semana a semana para
juntar real tras real para comprar un terrenito, un “nidito de amor” como decía
esa negra traidora. Pero ahora sentirían el azote de su venganza. Sí, claro que
había ahorrado, pero lo que compraría sería un pedazo de tierra para enterrar a
la negra y mandarla al infierno. Fue una mañana de sábado en que Joaquina
comenzó con la cantaleta:
- Vamos, negro flojo, levántate ya si
no quieres que te eche agua hervida en la bemba.
Indalecio escuchó impávido el cocorocó
de Francisco, y las represalias de su mujer. Los interminables e impacientes
¡Cocorocó! Aumentaron su furia. Eran por lo menos las tres de la mañana. La
audacia de Francisco Holguín había traspasado los límites de lo permisible.
Indalecio lanzó la cobija que lo cubría y sacó el machete que estaba debajo de
la cama y se echó fuera de la casa.
De dos trancazos se detuvo bajo el
sauce, de aquel árbol que había servido a Francisco para robarse la gallina de
corral ajeno.
- Oye, negro malagradecido, qué le vas
a hacer al pobre gallito que tan bueno ha sido dándote las horas, gritaba la
negra Joaquina al ver que su marido ceñía entre sus dedos la fina hoja de
acero.
El negro Indalecio Bardales de un salto
felino trepó al árbol y después de talar algunas ramas tuvo ante sí al causante
de su desgracia, quien, semidesnudo y tembloroso, vio la figura de la muerte en
el brillante metal que el negro Indalecio blandía muy decidido a acabar con la
vida de aquel falso plumífero semicalato.
Machetazo a machetazo, el negro comenzó
a descolgar hojas y ramas, limpiando el camino hacia su víctima. El grito
desgarrador y agudo del traidor reemplazó aquella madrugada al dulce cocorocó
de la negra Joaquina.
- Ahora vas a ver gallito despertador.
Puntualito eres, toma para que veas lo que es bueno, gritaba el engañado marido
mientras con fuerza incontenible lanzaba el machetazo sobre su víctima, como
buscando en ese gesto furibundo arrancarse los cuernos con que la mujer había
adornado su frente.
El negro Francisco cayó del árbol como
higo maduro. En vano trató de huir de las garras de aquella pantera herida en
su amor propio. Corte tras corte, como tajo venido del mejor cirujano, los dos
amantes sucumbieron bajo el brazo vengador del ofendido.
Quienes llegaron al otro día muy
temprano nunca pudieron describir con exactitud la truculenta escena que
encontraron bajo el sauce, en cuyo tronco anchas hendiduras de machete eran
mudos testigos de la macabra venganza. Dicen también, aunque esto nunca su pudo
comprobar, que vieron al asesino tomar hacia el Monte de Nazareno. Lo cierto es
que en una acequia cercana al monte fue encontrada el arma vengadora cuya hoja
había sufrido las inclemencias del castigo infligido a los audaces amantes.
Lo último que se supo es que en los
alrededores de la casa hacienda no quedó gallo vivo, pues, ningún marido,
enterado de los entretelones del asesinato, quiso arriesgarse a sufrir los
insomnios de otro gallo desinformado.
Wolfsschanze, 3 de octubre del 2001.
ANÉCDOTAS
2302: El genial novelista francés Alejandro Dumas granó
el dinero a montones y a montones lo derrochó. Semejante manera de vivir le
creó no pocas situaciones difíciles, y más de una vez llamaron a su puerta los
alguaciles del Juzgado, portadores de comunicaciones nada gratas…
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| Alejandro Dumas, Francia 1802 - 1870 |
Andando el tiempo, y en una de sus épocas de gran
prosperidad, alguien solicitó del autor de Los
tres Mosqueteros un donativo de veinticinco francos para sufragar los
gastos de sepelio de un alguacil, pobre diablo que al fallecer dejaba a su
familia en la miseria. Por la mente de Dumas pasó el recuerdo de aquellos
hombres de rostros serios, secos, adustos, bajo un sombrero apuntado, que en
tantas ocasiones habían sido el principio de una desazón…
Echó mano al bolsillo, entregó cincuenta francos al
peticionario y le dijo:
- Tome
el doble y que entierren a dos.
2091: Refiere Ricardo Palma, en sus Tradiciones peruana,
que su santo compatriota fray Martín de Porres, fallecido en noviembre de 1639,
tuvo bien ganada fama de milagroso, y a este respecto recoge la siguiente
curiosa anécdota:
Disgustado el prior por la constante afluencia de
gentes de toda índole, que acudían al convento de Santo Domingo en solicitud de
la intervención del lego en los más intrincados problemas, le llamó una mañana,
resuelto a cortar por lo sano, y le dijo:
- Hermano
Martín, le prohíbo que haga milagros sin pedirme antes permiso.
- Acato
la prohibición, reverendo padre.
Pero sucedió que un día resbalóse de altísimo
andamio un albañil que se ocupaba en la reparación de un claustro, y en su
cuita gritó:
- ¡Sálvame,
fray Martín
El lego alzó las manos y le contestó:
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| Ricardo Palma, Perú 1883 - 1919 |
- Espere,
hermanito, que voy por la superior licencia.
Y el albañil se mantuvo en el aire, esperando el
regreso del lego dominico.
- ¡A
buenas horas, mangas verdes! – dijo el prelado cuando escuchó la petición del
lego –. ¿Qué permiso te voy a dar si ya has hecho el milagro?
En
fin, anda y remátalo. Pase por esta vez, pero que no se repita.
Este milagro – añade Palma – hizo en Lima más ruido
que una banda de tambores y fue más sonado que las narices.
CITAS
CITABLES
![]() |
| Winston Churchill, Reino Unido 1874 - 1965. |
La
ciencia le lleva una enorme delantera a la naturaleza. Por ejemplo, en el hogar
moderno los niños son casi lo único que todavía hay que lavar.
En casa tenemos la radio encima del televisor. Así,
cuando la conectamos tenemos algo en qué pensar mientras vemos la televisión.
Mientras más atrás miremos en la historia, más
adelante seremos capaces de ver.
- Winston
Churchill
Si fuera a reencarnar, quisiera volver a este mundo
como un buitre: nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo desea, ni lo necesita;
jamás lo molestan y nunca está en peligro; además, le mete el diente a
cualquier cosa.
![]() |
| W. Faulker, Estados Unidos 1897 - 1962. |
- William
Faulkner
Descripción de un aletargado pueblecito: era tan
aburrido que un día se alejó la marea… y nunca más volvió.
Tal vez nadie haya cambiado tanto el curso de la
historia como los historiadores.
El escritor Irwin Shaw, comentando la discutida
versión cinematográfica de su libro The Young Lions: “La película parece buena, siempre que uno no sea el autor del libro”.








