domingo, 23 de agosto de 2015

NÚMERO 10



MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.





Lima, febrero del 2015                                  Número 10

 
Ovidio Rincón, Colombia 1915 - 1996



POESÍA

 

ELEGÍA PARA TI Y PARA MÍ


                 I

Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
y tú te irás borrando lentamente en mi sueño.

Un año y otro año caerán como hojas secas
de las ramas del árbol milenario del tiempo,

y tu sonrisa, llena de claridad de aurora,
se alejará en la sombra creciente del recuerdo.

                II

Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
y quizás, poco a poco, dejaré de hacer versos,

bajo el vulgar agobio de la rutina diaria,
de las desilusiones y los aburrimientos.

Tú, que nunca soñaste más que cosas posibles,
dejarás, poco a poco, de mirarte al espejo.

           III

Acaso nos veremos un día, casualmente,
al cruzar una calle, y nos saludaremos.

Yo pensaré, quizás: “Qué linda es todavía”.
Tú, quizás pensarás: “Se está poniendo viejo”.

Tú irás sola o con otro. Yo iré solo, o con otra.
O tú irás con un hijo que debiera ser nuestro.

             IV

Y seguirá muriendo la vida, año tras año.
Igual que un río oscuro que corre hacia el silencio.

Un amigo, algún día, me dirá que te ha visto,
o una canción de entonces me traerá tu recuerdo.

Y en estas noches tristes de quietud y de estrellas,
pensaré en ti, un instante, pero cada vez menos...

             V

Y pasará,  la vida. Yo seguiré soñando,
pero ya no habrá un nombre de mujer en mi sueño.
Yo ya te habré olvidado definitivamente,
y sobre mis rodillas retozarán mis nietos.

(Y quizás, para entonces, al cruzar una calle,
nos vimos frente a frente, ya sin reconocernos).

               VI

Y una tarde de sol me cubrirán de tierra,
las manos, para siempre, cruzadas sobre el pecho.

Tú con los ojos tristes y los cabellos blancos,
te pasarás las horas bostezando y tejiendo.

Y cada primavera renacerán las rosas,
aunque ya tu estés vieja, y aunque yo me haya muerto...
(José Ángel Buesa, Cuba 1910 – República Dominicana 1982)         

 

 

  EL DUELO DEL MAYORAL

 ¿Qué cómo fue aquello señora?
Como son las cosas cuando son del alma.

Ella era muy linda, él era muy hombre.
Pero ella me quería,
yo la adoraba,
pero él, hecho sombra se interponía,
y todas las mañanas junto a su ventana
manojo de rosas fragantes había,
y rojos claveles y dalias de nácar.

Cuando por la tarde
la sombra cubría la casa
y en el ancho cielo brillaba la luna
desde las palmeras brotaba su canto
que como una flecha llegaba a la casa,
 y cómo brillaba en él la alegre guitarra,
y yo detrás de las palmeras
con rabia le oía,
y él entre canto y canto
brotaba una lágrima, lágrima de hombre,
no crea otra cosa señora
que los hombres lloran como las mujeres
porque tienen débil como ellas el alma.

No, no pude evitarlo,
la pena es muy negra,
la envidia de amor
es mala consejera,
y cuando la sangre se enrrabie en las venas
no hay nada que pueda calmarlas.

Una noche lo esperé allá abajo,
junto a la cañada,
retumbaba el trueno, llovía
y el frío al igual que en mis venas
hinchado bajaba.

Al fin lo alcancé a ver,
allí entre las sombras
venía cantando sus locas esperanzas,
bajo el brazo la alegre guitarra,
colgado al cinto un machete,
se acercó hasta mí, sereno, tranquilo,
me clavó en los ojos su fiera mirada,
y me dijo: “me esperabas!”
y entonces yo le contesté: “sí!”, te esperaba.

Y ya no nos dijimos más,
ni una sola palabra,
que era bravo el mozo!,
y los hombres machos no hablan, pelean.

Su machete me dijo sus ansias, sus amores,
su pecho hinchado respiraba,
en cada tajo ponía su alma,
pero más que el amor y los sueños
pudieron el odio y los celos.
Y al fin lo dejé tirado
junto a un charco de sangre,
y me dijo: “Quiérele que es buena!”
“Quiérela que es santa!”
“Quiérela como yo la quería,
que aunque me muero por ella
la llevo metida e el alma!”
y no pudo más.

La sangre cegó mis pupilas,
el machete temblábame
con rabia en las manos
y lo hundía una y mil veces
buscándole el alma
porque en el alma se llevaba a mi hembra.
Tuve celos señora ... tuve celos
que aquel muriéndose
se llevaba a mi hembra
y yo no quería que se la llevara.
(Ovidio Rincón, Colombia 1915 - 1996)



CONTRACANTO


Juntos andaremos aún
         el trecho inacabado
del espinosos sendero
         que sin rumbo
                   viene y va.

Camino incierto
         que amenazador asoma
nuevamente,
         como si no fuera suficiente
el que juntos comulguemos
         ante el cáliz infantil
                   que cayó de nuestras manos.

Juntos ante la hostia amarga
que a recibir nos apuramos,
como tratando vanamente en esa prisa
         apaciguar en algo
                   nuestra culpa.

Juntos, siempre juntos,
         llevando a rastras el madero
que unió nuestras vidas
         y que hoy,
después de la tempestad sin calma
         que azota nuestras almas,
nos condena a la eterna soledad
                   de vivir juntos.

Juntos veremos
         ocultarse al sol
sin esperanza.
Juntos recordaremos
         lo que queremos 
olvidar.
Juntos como dos extraños
         conoceremos al fin
el rostro envejecido
         del amor ante la muerte.
(Guillermo Delgado, Perú 1954)




CUENTOS


LA SOGA
(por Guillermo Delgado)

Habiendo caído en desgracia, un campesino no pudo seguir sembrando la tierra, provocando con ello la furia del rey, dueño de toda la región.  El hombre, acompañado de su hijo, se acercó hasta el castillo donde habitaba el monarca.

-       Mi señor, dijo el campesino, me postro de rodillas ante ti suplicando tu comprensión.  La muerte de mi mujer ha cubierto mi corazón de pena tan grande que durante mucho tiempo no  pude tomar el arado, pero ahora, ya recuperado en algo mi ánimo, te ruego me permitas retomar mi trabajo, pues, sino, yo y mi pequeño hijo moriremos de hambre.

-       Lárgate de mi presencia, vago infame, tronó la voz del rey.


El campesino se  puso de pie y con voz solemne, replicó:

-       Sois el poder en esta región, pero no es digno de ti que me llames vagabundo cuando tantas veces te he servido con lealtad y honradez.

Al ver que el campesino no daba señas de marcharse, y ya con el ánimo contrariado, el rey tomó una soga y le dijo al campesino, cuyo pequeño hijo se había aferrado a las piernas de su padre temeroso de aquel hombre de voz grave que sobre la cabeza llevaba una diadema de oro reluciente.

-       No te daré un arado, lo que te daré es esta soga, a ver si de algo te sirve.

El campesino cogió la soga y la acercó a su pecho.  Luego, antes de marcharse, con voz rencorosa dijo al rey.

-       Sí, la llevaré conmigo, pero que no te quepa la menor duda que algún día te la devolveré.

Las estaciones se sucedieron y el buen clima trajo prosperidad al rey, pero no por ello el insensible monarca trató de ser más gentil con sus súbditos, por el contrario se fue volviendo más exigente con ellos a medida que crecía su ambición.

En tanto, el campesino  despreciado por el rey había trajinado junto a su hijo por varios lugares desempeñando diferentes oficios: carpintero, avituallador, cerero, especiero, vinatero, portero y hasta de aguador, pero todos aquellos trabajos eran inestables y lo que ganaba sólo le alcanzaba para comer él y su hijo.  Un día el campesino llegó al sucucho que compartía con su hijo y le dijo:

-       No me gusta nada el trabajo que he conseguido, mas  es lo único disponible que he podido encontrar, hijo mío.
Pero llegó el momento en que el mal tiempo se ensañó con aquel reino de injusticia.  La falta de lluvia trajo consigo una sequía como jamás se hubo visto en las tierras del rey.  El monarca enfurecido, culpaba a sus súbditos de la mala suerte que lo aquejaba.  Años más tarde, empobrecido y sin poder alguno, anduvo deambulando de región en región, mendigando algún bocado que llevarse a la boca.  Nadie, quizá por el recuerdo de haber sido un rey malvado, se dignó a brindarle ayuda.  Desesperado, el rey robó unas joyas a unos comerciantes a quienes asaltó en un camino.

Atrapado a los pocos días, el rey fue llevado a prisión y condenado  a muerte.  Ya en el cadalso y a punto de ser ahorcado, el rey pidió al verdugo una última voluntad.

-       Sí, por supuesto, contestó el hombre enmascarado sin preocuparse por saber cuál sería la petición del rey.

El verdugo se sacó el paño negro que cubría su cabeza y tomando la soga que tenía entre sus manos, la anudó en el cuello del condenado diciéndole:

-       Te devuelvo la soga que me diste, y cayó la trampa.

Wolfsschanze, enero 5 del 2001.






ANÉCDOTAS

2903: Estaba Washington sentado a la mesa, como invitado de honor en casa de unos amigos, y se quejó de que el fuego de la chimenea, que le quedaba detrás, era demasiado fuerte.
-       Pero, señor – díjole uno de los invitados, bromeando –, un general tiene que estar acostumbrado a resistir el fuego.
-       De acuerdo, amigo – contestó Washington al instante –; pero no cuadra a un general recibirlo de espaldas.



3124: El gran éxito que desde el primer momento obtuvo la novela de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo (1984), popularizó el castillo de If, donde la fantasía del famoso escritor encerró al protagonista de dicha obra y al extraño abate Faria. Tal fue la sugestión del público, que muchos curiosos acudían a la tétrica fortaleza, deseosos de contemplar de cerca el escenario de aquellos apasionantes capítulos; el guardián del castillo, dándose cuenta de lo que sucedía, no dudaba en enseñar a los visitantes los calabozos de Edmundo Dantés y de su compañero de cautiverio, lo que le valía las propinas correspondientes.
Un día llegó al castillo cierto señor bien trajeado, gordo, de pelo rizado y tez que pasaba de castaño oscuro.

El guardián le llevó al calabozo del futuro Conde de Montecristo.

-       Vaya, hombre, vaya – dijo el visitante –, ¿conque conoció usted al buen Edmundo?
-       Sí, señor, y tal lastima me daba el pobre muchacho que algunas veces le aumenté la ración y le llevé un cuartillo de vino. Ya ve usted; fue una injusticia la que con él se cometió.
-       Muy bien; esos sentimientos le honran a usted. Y diga: después cuando fue rico, ¿no le mostró a usted su gratitud?

-       Ya lo creo. Aparte del dinero que me dio por el manuscrito del número veintisiete, veinte años después de su fuga me envió su retrato y el de su esposa, muy guapa, por cierto.

-       Perfectamente; es usted un buen hombre y aquí tiene usted por lo que hizo por mi hijo.

Y el visitante depositó en manos del guardián un luis y una tarjeta; en ésta se leía: Alejandro Dumas.






CITAS CITABLES


Lo único que mantiene activo al hombre es la energía. ¿Y qué es la energía, sino el amor a la vida?
-       Louis Auchincloss



Una vez desgarrada una reputación, quizá pueda repararse, pero el mundo mantendrá la vista fija en el lugar donde estuvo el desgarrón.
-       Citado por The News, de Detroit



No es necesario que adquiramos la humildad: la llevamos en nosotros mismos… sólo que nos humillamos ante dioses falsos.
-       Simone Weil



Las tentaciones son como los vagabundos: si los trata uno bien, vuelven… con sus amigos.
-       Meggido Message



El buen médico es el que logra mantener calmado al paciente mientras la Naturaleza tiene tiempo de curarlo.
-       News – Sentinel, de Koxville



Hoy el escuchar ésta pasado de moda. También lo está el silencio. Cada persona viaja a solas en una pequeña cápsula azul de indignación.
-       Thomas Merton

El tiempo sazona a la gente, como sazona al vino… con tal que las uvas sean buenas.
-       Emmet LeCompte



Es condición natural del hombre el sacar la cara, pero sólo vale la pena conocerlo cuando está desprevenido, con la cabeza en alto y el corazón en la mano.
-       Robert Farrar Capon



Lo malo del corazón es que está muy cerca del estómago.
-       Sinlogismo de Soflocleto




La inflación se puede definir como la virtud por la cual los globos se hinchan y las pastillas de chocolate se achican.


domingo, 9 de agosto de 2015

NÚMERO 09


MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.








Lima, enero del 2015                                         Número 09




 Jorge Bacacorzo, Perú 1927 - 2006.




POESÍA


LA GUAJA
"La Guaja", escrito por Vicente Neira,
poeta español.

Ven acá granuja, ¿dónde andas so guaja?
hoy te mondo los huesos a palos,
no llores ni juyas, porque no te escapas.
Yo no sé lo que hacer ya contigo
me tienes mu jarta.
A ti ya no te valen razones
A ti ya no te valen palabras,
ni riñas, ni encierros
ni golpes, ni nada.

Te dije al marcharme “Levántate pronto
y estira los guesos y dobla las mantas,
y enciende la lumbre, arrima el puchero
y enjuaga las ollas, y barre la casa”.
Y vengo y me encuentro grandísimo pillo
la lumbre sin brasa; la puchera sin caldo ni pringue
la vivienda pero que una cuadra
la burra sin pieso, las pilas sin agua
¿segaste la hierba? ¿trajiste la paja?
¿regaste los tiestos? ¿cerniste la harina?
¿clavaste la estaca? ¿comió la cordera?
¿bebió la lechona? ¿cogiste los huevos?
¿mudaste la cabra?

¿Y a ti que te importa? Pa que quieres cansarte
si aquí esta burra que to te loaga.
Te piensas granuja, que ha de estar tu madre
jechita una negra, quemándose el alma
pa que tú me malgastes el tiempo,
que da más que lástima,
jecho un ropasueltas, jecho un rajamantas,
por esas callejas detrás de los perros
por esos regatos tirando a las ranas
o buscando nios por las zarzamoras,
¿qué así estas de lindo, grandísimo guaja?
¿Y ese siete tan guapo en la blusa?
¿y esos pantalones tan llenos de manchas?
¡Qué gorra más limpia!
¡Qué medias tan majas!
¡Qué pelos tan lindos!
¡Qué codos! ¡qué cuello, que punos, que mangas!
Yo no sé lo que hacer ya contigo, me tienes mu jarta.

De sobra conoces que somos solitos
que ya no tenemos quien nos lo ganaba
que la vida de toitos los pobres
es vida de lágrimas...
Pero ni por esas
A ti que dejen roncando en la cama,
y te pongan la mesa tres veces,
y rueden los días y viva la holganza.
Súbete esos calzones, so pillo;
átate esos zapatos, so randa;
límpiate esos mocos
lávate esa cara.
Y vete  ahorita mismo donde no te vea
que me tienes, ¡me tienes mu jarta!
¡Te aseguro chiquitín, te aseguro
que esto se te acaba
en dende mañana a la cola del burro
conmigo a la plaza, conmigo al molino
conmigo a la jaza, a suar fatigas
a mojarte el alma!
Ya verás con que agobios se gana
ese pan que tan cómodamente a lo bobo
a lo bobo te zampas,

La aurora se acerca esplendida diáfana
lentamente despliegan los campos
su manto de escarcha.
La madre afanosa, se tira del lecho
y sus toscos aperos prepara
que ya espera, más ruda que nunca
la lóbrega tarea diaria;
se acerca a la cama
donde el niño cándido tranquilo descansa.
Un instante contempla amorosa
su faz sonrosada
y después con cariño ferviente
dando un beso en sus labios exclama:
¿Yo? ¡turbar ese sueño tan dulce!...
no fuera quien soy, ni tuviera entrañas
¡Juega y brinca y destroza Hijo mío!

¡Tu madre, tu madre lo gana!
(Vicente Neyra,  )

 

 

POEMA XIII

Cecilia Bustamante

Yo soy quien bajo la lluvia temblaba de ternura
y escuchaba rodar el agua por el aire.
La pérdida amada de alguien
a quien todos miran.
Soy ante sus ojos el viento y todo lo que pasa
y también el zumbido final del trueno.
El lugar donde soñar es posible,
Tu mano izquierda y tu corazón.
La que descubres y amas. Soy su cuerpo
y la gran tormenta
que derriba y resucita entre sus labios.
Lo que tiernamente se nos da en los frutos
Y lo que al final, nunca se olvida.
(Cecilia Bustamante, Perú 1932 - 2006)




CANCIÓN DE LA MUJER ERGUIDA

ERGUIDA amor, erguida
la montaña sube,
y como flor del viento
apura al rojo día.
Rotas las viejas penas,
la gran tristeza muda,
erguida amor, erguida,
anima al guerrillero.

Como la flor del viento
de la montaña baja
y cuenta a las mujeres
cómo el Perú florece,
cómo los esqueletos
de rojos guerrilleros
levantan batallones
para matar la muerte.

Erguida amor, erguida
después de beber vino
de amor y nuevo día
a la montaña vuelve
y como flor del viento
con las botellas rojas,
erguida amor, erguida,
ayuda al guerrillero.
(Jorge Bacacorzo, Perú 1927 - 2006)





CUENTO


YAWAR Y LOS CÓNDORES
(por Guillermo Delgado)


“Saltó el Misitu, se fue de frente; pero con el griterío que salió de toda la plaza sacudió la cabeza, y se quedó en medio del ruedo, con el cogote levantado, bien alto, apuntando hacia arriba con sus astas”
“YAWAR FIESTA”
“JOSÉ MARÍA ARGUEDAS”


Yawar trepó por la falda del cerro, entre pedruscos y rocas afiladas como puntas de atrevidos cuchillos; sus ojotas gastadas iban dejando atrás la fría mañana cuyo cielo nublado iba oscureciendo lentamente. Mientras los cóndores sobrevolaban a media altura, abajo, rodeado por una cerca de madera y alambre acerado, el toro de don Carlos Chinga bufaba enfurecido como reclamando ante sí, imponente y soberbio, la presencia del indio responsable de alimentarlo.

Mientras tanto, el indio preparaba las largas tiras de tripa de venado y vicuña que iba colocando al pie de aquella pequeña cueva que coronaba la cumbre del cerro Torkokocha. Ahí, escondido tras unas secas ramas y protegido de una suave garúa matutina, Yawar miraba con el deslumbre de la primera vez como los cóndores hundían sus fuertes picos curvos como garabatos. La extensión ingente de sus alas de plumaje negro oscurecían la visibilidad de la cueva donde todas las mañanas, como una ceremonia mágica y sagrada, Yawar daba de comer a aquellas solitarias aves que de picotazo en picotazo espiaban la presencia del indio sin temor alguno.

El malhumor del toro de don Carlos Chinga había llamado la atención de los perros, quienes en gran número se avecinaron hasta la cerca, ladrando afanosamente. Tal barullo canino no hizo más que aumentar la tensión de la bestia cuyas astas hincaban el aire una y otra vez, dibujando curvas imaginarias. Por huir de aquellas fauces amedrentadoras, el toro retrocedió bruscamente llevándose de encuentro uno de los maderos que servían de sostén a las tablas verticales de la cerca. Los gritos y maldiciones de don Carlos Chinga por la ausencia del indio Yawar, y por el nerviosismo del toro enloquecido no se dejaron esperar.

- Maldito, indio de mierda, gritó don Carlos

Ya el indio Yawar había bajado a grandes trancos el Torkokocha y pudo percibir el aire enrarecido por el encolerizado patrón. El primer latigazo zumbó cerca de su oreja izquierda y rasgando parte de su mejilla y enrojeciendo la punta de su nariz; el segundo lo tumbó a pocos metros de la cerca donde el toro asomaba su lengua entre belfos espumosos. Toda la furia del toro y del patrón parecieron juntarse en un ritual satánico donde el cuero zigzagueante buscaba las carnes del indio quien sin chistar asimilaba el castigo, mordiendo su dolor y su amargura con resignación.

Al mediar la tarde, cuando la luna asomaba tímida por entre las cumbres rocosas, el indio Yawar, subía hacia la cima de Torkokocha. Ya no trepaba; su cuerpo era arrastrado por el último hálito que parecía abandonarlo y condenarlo a vivir su hora más negra. A duras penas entró en la cueva donde acostumbraba parapetarse para dar de comer a los cóndores.

Unos tenues rayos lunares dejaban ver unos surcos sanguinolentos que desfiguraban su espalda. No había lamentos ni quejidos. Sólo unas lágrimas de impotencia humedecían el suelo de aquella caverna milenaria. Cuando el indio Yawar mordió la tierra reseca, un alargado cuello con la cabeza semipelada asomó en la entrada. Unos ojos redondos lo miraron fijamente. La espalda lacerada del indio dejaba ver una piel hecha jirones semejantes a las tiras rojizas de ciervo y vicuña que tantas veces había comido con fruición.

A los pocos minutos, dos alas enormes cruzaron la noche. Un vuelo silencioso, mortecino y rasante atravesó el patio de la casa donde el patrón y el toro dormían plácidamente. Unos ojos redondos miraron el lomo lustroso y la testuz relumbrante de aquel enorme animal cuyos cuernos apuntaban hacia el cielo estrellado.

Como una rama desprendida de un árbol, el ave se dejó caer sobre la grupa del toro montaraz, las garras del cóndor se prendieron del animal mientras su pico arrancaba los primeros guiñapos de carne fresca. La reacción del toro fue violenta: corcoveos y saltos en el aire acompasaban con unos bramidos que hendían el cielo. Ni la banderilla del banderillero más diestro hubiera clavado más hondo ni con mayor crueldad en el lomo de la bestia el granítico pico que parecía vengar la muerte del indio Yawar.

Luego de traer abajo la cerca, el toro corrió sin rumbo por los campos con el cóndor sobre el lomo. Trabados en titánica lucha, las astas del toro buscaban infructuosamente las alas extendidas del cóndor cuyo pico cubierto de sangre, seguía buscando las carnes del animal, que, ya extenuado por la sangre derramada y por su loca corrida, parecía sucumbir en las sombras de la noche.

Muchos indios desde sus chozas miserables vieron con asombro pasar ante sus ojos a aquel toro alado que parecía hundir lentamente la cabeza entre la hierba. Toro, indio y cóndor habrían de quedar unidos por siempre en aquel espectáculo, mezcla de sangre y sadismo, como una fiesta del diablo en honor al indio Yawar.




ANÉCDOTAS

118: Dio Voltaire con sus huesos en la Bastilla a consecuencia de su famosa sátira Puero regnante, enderezada contra el Duque de Orléans, regente de Francia. La prisión le resultó providencial; allí terminó El Edipo, que estrenado el 18 de noviembre de 1718 obtuvo un éxito clamoroso; el éxito le reconcilió con su padre, y, además, como dedicara la obra al Regente, éste, ganado por las bellezas que contenía, le concedió la libertad.
Francois Marie Arouet, más
conocido como Voltaire,
Francia en 1694 - 1778.


Fue Voltaire a expresarle su agradecimiento, y el Duque de Orléans le dijo:

-       Sed prudente y me cuidaré de vos.
A lo que contestó la futura gloria de Francia:

-       Os quedo infinitamente obligado, Señor; pero suplico a Vuestra Alteza que no se encargue de mi alojamiento ni de mi alimentación.

También se ha referido que en la súplica dijo:

-       … que no se encargue de mi alojamiento, aunque sí de mi alimentación.




2088: El capitán Francisco de Carbajal – que a veces ha sido llamado Gonzalo de Carbajal – es una figura muy curiosa entre los conquistadores de América, donde alcanzó triste celebridad por sus crueldades y el sobrenombre de “el demonio de los Andes”. Audaz y valiente, se llegó a decir que él y su caballo andaban por los aires…
Pese al buen sentido que había acreditado en otros menesteres – algunos nada limpios – decidió poner su espada – que con tanto ardimiento había esgrimido en Pavía y en Rávena – al servicio de la causa de Gonzalo Pizarro, cuando éste, en el Perú, se rebeló contra el Rey de España.

Por sorpresa, con cincuenta de los suyos, el 27 de octubre de 1544 se apoderó de Lima y, conforme a sus procedimientos expeditivos, puso en prisión a cuantos sospechaba desafectos a la causa que defendía, ahorcando a un par de los más significativos.
Seguidamente, invitó a los licenciados componentes de la Real Audiencia a reconocer en solemne acta al Muy Magnifico Gonzalo Pizarro como gobernador. La unanimidad fue completa, pero el anciano oidor Zárate, por encima de su firma dejó escrito: “Juro a Dios y a esta cruz y a las palabras de los Santos Evangelios que firmo por tres motivos: por miedo, por miedo y por miedo”.
“Los tres motivos del oidor” llegó a hacerse proverbial en Lima para significar alguna conducta en circunstancias más o menos parecidas a la relatada.





CITAS PERDURABLES


La conciencia es un juez que siempre está en casa.
-       Emilio Herrera


Somos el pasado del mañana.
-       Mary Webb.


No permitas que lo que no puedes hacer interfiera en lo que sí puedes hacer.
-       Jhon Wooden


La conjetura de un economista puede ser tan buena como la de cualquier otra persona.
-       Will Rogers


Muchas veces he andado a la deriva, pero siempre me he mantenido a flote.
-       David Berry


A menudo se encuentra al destino en el camino que se tomó para evitarlo.
-       Jean de la Fontaine


Santo es quien escucha a otra persona relatar sus penas, y no le cuenta luego las suyas.
-       Doctor Andrew Mason

La gente está siempre imponiéndose normas y buscando siempre la manera de evadirlas.
-       William Rotsler

Nada puede ser más útil a un hombre, que la determinación de no dejarse apresurar.
-       Henry David Thoreau


No es posible reformar a las personas. Nuestra tarea consiste en hacernos mejores y en hacer feliz a los demás; y eso basta para mantenernos.
-       Joseph Fort Newton


La disciplina no es perder de vista lo que se quiere alcanzar.
-       David Campbell


Uno de los placeres más perdurables que se pueden experimentar es la sensación que nos invade cuando perdonamos de corazón a una enemigo, lo sepa él o no.
-       O. A. Bautista.


El pesimismo jamás ganó una batalla.

Dwight D. Eisenhower, político y militar.
Estados Unidos 1890 - 1969
-       Dwight D. Eisenhower