sábado, 8 de agosto de 2015

NÚMERO 07



MACONDO

         REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.










Lima, noviembre del 2014                                   Número 07





Pablo Neruda. Chile 1904 - 1973



POESÍA

 

FAREWELL


1
Desde el fondo de ti, y arrodillado
un niño triste, como yo, nos mira.

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.

Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.

2
Yo no lo quiero, Amada.

Para que nada nos amarre
que no nos una nada.

Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron las palabras.

Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.

3
(Amo el amor de los marineros
que besan y se van.

Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.

En cada puerto una mujer espera,
los marineros besan y se van.

Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.

4
Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.

Amor divinizado que se acerca.
Amor divinizado que se va.)

5
Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará  junto a ti mi dolor.

Pero hacia  donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Fui tuyo. Fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde al amor pasó.

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste:
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.

... Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.
(Pablo Neruda, Chile 1904 – 1973)





DE LA LUZ QUE PASA...

Calvo a finales de la década del setenta
Presa es amor que al corazón  da caza
Pues vuelve sin ayer / tal hoy / mañana
Es tarde siempre / noche / que se abrasa
A un leño de / naufragios / fría flama

Ceniza en llamas / otro amor / nos llama
Desde dos nadas que ni llaman ni aman
Y sin ayer, tal hoy, torna el mañana
Al mismo leño huérfano de llama

Flecha es amor que al cazador traspasa
Y a la núbil torcaza vuelve fiera
De cera, hoguera que se derritiera

En esa / sin motivo / seca lágrima
Que al despertar hallamos en la almohada
Y que nos quema aunque jamás ardiera.
(César Calvo, Perú 1940 – 2000)





LA MAGNOLIA

 
José Santos Chocano.
         En el bosque, de aromas y de músicas lleno,
la magnolia florece delicada y ligera,
cual vellón que en las zarzas enredado estuviera
o cual copo de espuma sobre lago sereno.

         Es un ánfora digna de un artífice heleno,
un marmóreo prodigio de la Clásica Era;
y destaca su fina redondez a manera
de una dama que luce descotado su seno.

         No se sabe si es perla, si se sabe si es llanto.
hay entre ella y la luna cierta historia de encanto,
en la que una paloma pierde acaso la vida:
porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve,
como un rayo de luna que se cuaja en la nieve
o como una paloma que se queda dormida...
(José Santos Chocano, Perú 1875 – Chile 1934)





CUENTO
QUESO DE BOLA
(por Guillermo Delgado)

A la memoria de Rubén Darío.



Habían caminado juntos desde pequeños como buenos gatos vagabundos, no había techo que no hubieran trajinado. Se habían dado buenos banquetes en toda cocina donde hubiera habido alguna ventana abierta por donde  entrar.

En los tiempos donde abundaba más cal que arena se habían tenido que conformar con algún ratón o, en el mejor de los casos, con alguna paloma distraída.

-      No hay como tú, colorado, cuando de atrapar a esas aves se trata, eres todo un experto, dijo Nieve.

-      Tú no te quedas atrás muchacho, no hay ratón que se te escape, contestó colorado.
Eso de lanzarse alabanzas los hacia más diestros en la cacería, una motivación que hacía que ambos se esforzaran más. Pero no todo era un cielo que se abría y en los tiempos malos pasaban varios días sin probar bocado.

Y la noche de ese lunes de invierno en que caminaban por una calle desierta mirando los iluminados escaparates de las tiendas fue uno de esos días aciagos.

-      Oye colorado, dijo Nieve. Ves lo que yo veo.

En el interior de una fiambrería – pescadería se veía toda una gama de atractivas y vistosas vituallas. La iluminación interior dejaba ver sobre un vasar tiras de morcilla, salchichas, chorizos, salames y jamones. En ristras colgantes de los techos moldes de mortadela, tocino y jamonada, era un bocado apetitoso.

De las paredes colgaban tiras de carne ahumada, pescado seco y lonjas de bacalao en salmuera. Por el fuerte hueso de las ancas, un cerdo con las patas estiradas se hallaba suspendido de un garabato clavado en un pilar de caedizo. En una vieja nevera habían apilados, percas, lornas, atunes y jureles.

-      Esos pescaditos se ven deliciosos querido amigo, dijo Colorado.

-      Manos a la obra, contestó el gato blanco.

Con unos saltos acrobáticos llegaron al techo. Por un tragaluz, los gatos matreros entraron con facilidad en la tienda. Tras una reja, un perro lanudo y grande como un hipopótamo dormía plácidamente obstaculizándoles el paso.

-      Ahora sí que nos salió chueco, Colorado. Mira ese mastodonte que está ahí.

-      No te preocupes, blanquito, aquí está tu Colorado. Verás como con patas de lana logro pasar al lado de ese dormilón.

El gato rojizo había dado unos pocos pasos, cuando sintió en la cola como una corriente eléctrica que le recorrió todo el cuerpo, una certera mordida del perro acabo con su incursión.

El maullido fue aterrador. El pobre Colorado salió como una centella; por suerte una pequeña herida sanguinolenta fue todo el daño.

-      Parece que no quiso arrancarte el rabo, sólo trato de advertirte que por ahí no pasas, dijo Nieve.

-      Maldito embustero, estaba haciéndose el dormido, dijo Colorado lamiéndose la herida con gran entusiasmo.

El perro los miraba como diciendo aquí no pasa gato alguno.

-      ¿Y ahora qué hacemos, Colorado?, pregunto Nieve desalentado.

-      No lo sé. Pero de algo estoy seguro, de aquí no salgo con las patas vacías.

Después de andar y husmear por todo el lugar, dieron con un enorme queso de bola que el dueño, por olvido, no había puesto a buen recaudo.

-      ¿Y cómo vamos a repartirnos este queso?, Colorado, preguntó Nieve rascándose la cabeza con una de sus patas.

Colorado se quedó pensativo.

-      Eso lo veo difícil. Pero espera, yo conozco un juez, de esos que saben darle a cada uno lo que corresponde. Vamos a buscarlo.

Sacar esa enorme bola de leche de aquella tienda fue una odisea. Rodarlo por las calles oscuras de aceras húmedas por la garúa de invierno fue más fácil. Cuando llegaron ante el juez, el queso de bola estaba más negro que paladear de gorila.

El juez era un mono viejo que desde hacía años dormía sobre unos libros apolillados de jurisprudencia y derecho romano que había encontrado en un basural, de ahí que los animales que lo conocían lo llamaban juez.
El mono se rascó una barba rojiza, sucia y babosa que 
le colgaba como una carúncula de pavo. Sus ojos abotargados y saltones como los de un cangrejo miraban el queso con curiosidad. Olió la bola como quien huele la media de un gitano e hizo un gesto de repugnancia.

-      ¿Qué pasa, juez?, preguntó Colorado.

-      Malo, malo, malo, contestó el mono. Esto no me gusta.  Lo primero que hay que hacer es darle una limpieza.

Los gatos asintieron, sin imaginar que el mono limpiaría el queso lamiéndolo con su lengua, larga y áspera como una lija de hierro. Cuando el mono regresó de su “oficina” la bola se  había reducido a la mitad.

-      Muchas impurezas, dijo el mono granuja. Les he evitado una infección.

Los felinos se miraron inquietos, pero ahí nomás el juez partió el queso con sus manos. Sopesó las partes y dijo:

-      Este lado, tiene más.

Y ¡zas!, ahí dio el primer mordisco.

Sopeso de nuevo.

-      Ahora sobra aquí.

Y ¡zas!, otro mordisco

-      Un momento, gritó Nieve, si sigues así no quedará nada.

-      ¡Hum!, dijo el mono. Esperen, sacaré mi juguetito.

El juguetito era una balanza oxidada de dos platillos. Allí colocó el mono las dos mitades de lo que quedaba del queso. Un plato a la derecha indicando más peso y ¡zas!, otro mordisco. Los platos iban de un lado a otro con un queso que iba desapareciendo como por arte de magia en la boca de ese mono que, con los ojos desorbitados y rojizos, daba rienda suelta a una gula incontenible. El mono quedó atónito, con la panza hinchada en la misma porción que el queso que se había tragado. Estaba como en trance, sus pupilas de color azabache permanecían inmóviles. Dio unos pasos y cayó pesadamente. El golpe de la cabeza contra el suelo le abrió una herida de donde comenzó a fluir un hilo de sangre.

-      Así que este era tu amigo el juez, no. Mira dónde terminó nuestro queso, dijo Nieve, pisando la panza del mono, donde una danza de borborigmos resonaban como truenos.

El mono, aún con vida, tenía las cejas enarcadas, con los ojos extraviados mirando al infinito. Por su boca escapaba una espuma blanquecida. Ya estaba a punto de amanecer. Unas franjas luminosas que penetraban por un tragaluz se iban agrandando alcanzando a los postigos. Un fuerte olor, acre, ácido y hediondo invadió el ambiente.

-      El mono se ha cagado, dijo Nieve
Colorado se acercó al mono, lo palpó con suma delicadeza.

-      Ya se está enfriando, dijo.

Luego agregó:

-      Oye, Nieve. ¿Has comido mono alguna vez?

El gato blanco miró al mono y dijo:

-      Tú arrástralo de esa pierna y yo de la otra.

Así se fueron andando aquellos gatos rufianes sin el queso de bola que habían robado. Esa noche durmieron plácidamente, con la barriga llena.
Antes de que el sueño lo atrapara, Nieve interrogó a su amigo.
-      Oye, Colorado, no conoces otro juez.
Colorado ya estaba dormido.
Wolfsschanze, noviembre 2013.





ANÉCDOTAS

1498: Un mozalbete aspirante a músico pidió en cierta ocasión a Mozart que le dijera cómo había de componer una sinfonía.
Wolfgang Amadeus Mozart,
Austria 1756 - 1791.


-       Tú eres muy joven – le contestó Mozart –. ¿Por qué no principias con las baladas?
A lo cual se apresuró a replicar el intrépido compositor en ciernes:

-       Vos compusisteis sinfonías a la edad de diez años.

-       Sí – contestó Mozart –, pero yo no pregunte cómo se componían.




2184: Se dice que la única mujer que no simpatizó con Franz Liszt y que incluso le tomó una antipatía que no lograba ni deseaba disimular, fue la princesa de Metternich, Melania Zichy, tercera esposa del famoso diplomático austriaco.

Una vez, en el Palacio Imperial de Viena, se encontraron el joven músico y la dama, y ésta, queriendo molestarle públicamente, le interrogó en voz suficientemente alta para que lo oyeran todos:

-       ¿Van bien esos negocios, amigo Liszt?

El músico comprendió la intensión insultante de la pregunta, pues entre la aristocracia y la alta burguesía nunca fue título envidiable el de comerciante y menos en la de Austria, donde tal profesión era considerada por la nobleza poco menos que deshonrosa. Por eso, Liszt, sin inmutarse, replicó:

-       Señora, yo sólo me intereso por la música. Los negocios son cosa de los tenderos y diplomáticos.

* De Liszt es fama se hallaban enamoradas la mayoría de las mujeres de su época.




CITAS PERDURABLES

Para los antiguos griegos y romanos la vida era lo mismo que para nosotros. Lo único nuevo en el mundo es la historia que ignoramos.
-       Harry Truman


Lo que llamamos pecado en los demás, en nosotros es experimento.
-       Ralph Waldo Emerson.


Si no puedes ganar, procura que rompa la marca el que va delante de ti.
-       J. Mack


La jactancia es un grito de desesperación, excepto en los jóvenes,  cuando es una voz de esperanza.
-       Bernard Berenson


Si la mente del hombre se ensancha para aceptar una nueva idea, jamás volverá a su estrechez anterior.
-       Oliver Wendell Holmes


El periódico es una biblioteca circulante con hipertensión arterial.


No hay nada más duro que la blandura de la indiferencia.
-       Juan Montalvo


Truman Capote, periodista y escritor.
Estados Unidos
1924 - 1984.
El fracaso es el condimento que da sabor al éxito.
-       Truman Capote, en The Dogs Bark


Al hombre se le dio la imaginación para compensarlo por lo que no es; el sentido del humor, para consolarlo por lo que es.
-       The Wall Street Journal



La verdad parte siempre de la minoría de un individuo, y cada costumbre nueva empieza como un precedente roto.