MACONDO
REVISTA
CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.
Lima, diciembre del 2014 Número 08
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| César Vallejo. Perú 1892 - Francia 1938 |
POESÍA
A
MI HERMANO MIGUEL
In
memoriam
Hermano, hoy estoy en el poyo de la
casa,
donde nos haces una falta sin fondo
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y
que mamá
nos acariciaba: «Pero, hijos...»
Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des
conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores,
Después, te ocultas tú, y yo no doy
contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.
Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo,
estabas triste.
Y tu
gemelo corazón de estas tardes
extintas se ha aburrido de no
encontrarte. y ya
cae sombra en el alma.
Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse
mamá.
(César Vallejo, Perú 1892 – Francia 1938)
TWILIGHT
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| Francisco Bendezú |
Yo
soy el granizo
Que
entra aullando
Por
tu pecho desquiciado.
Soy
tu boca.
Yo
atesoré a ras del sueño,
debajo
de las horas,
el
latido de tus pasos por el polvo de Santiago,
y
tu densa fragancia de magnolia,
y
tu lenta cabellera
con
perfil de éxtasis o algas,
y
el ardo fulmíneo de tus ojos, que de noche,
como
naves sobre el mar,
la
bruma iluminaban.
Como
guijarros de playa,
o
nostálgicos boletos entre cintas y violetas olvidadas,
enterré
en mi corazón la línea de tu frente,
la
piedra gastada de tus codos, tus sílabas nocturnas,
el
fulgor de tus uñas, tus sonrisas,
la
loca luz de tus sienes.
¿No
sientes trasminar mi dolor a través de tu cuchara?
Mi
memoria quedó tal vez en ti
Como
las ediciones vespertinas
En
las bancas de los parques desahuciadas.
Tu
sombra es mi tintero.
Juventud.
¡Juventud
mía!
¿Qué
tumbas socavaron
la
torre más allá de mi vida?
¡No
habrá nunca
hilo
más puro
que tu larga mirada
desde
lo alto de las escaleras,
ni
lampo de cometa comparable
a
la curva nevada de tus dientes!
Cantaba
la mañana
en
las pálidas cortinas y la hierba.
El
tiempo cintilaba en tus vidrieras
como
sólo una vez el tiempo parpadea.
Ya
no estás entre las flores. Ni volverás
jamás
a estarlo. ¿Qué tu amor sino labios
que
escrituras en el viento fueron?
¡Yo
quiero que me digan
si
el amor, como los pájaros,
se
va a morir al cielo!
Me
acuerdo de una noche de trenzas y peldaños,
y
óxido, y collares,
me
acuerdo, como ayer, de lo futuro.
¡Quiero
acuñar, como el otoño,
medallas
en las calles,
o
beberme llorando tu ausencia en los teléfonos,
o
correr, correr a ciegas por
los
tejados de todas las ciudades
hasta
perderme para siempre o encontrarte!
¡Otra
vuelta estar contigo!
¡Oh
día de verano
extraviado
en alta mar
como
una mariposa!
Contra
el flujo incoercible de los años
los
días, uno a uno,
absurdamente
buscan tu lámpara en las sombras,
no
la penumbra, no el espejo de la muerte,
sino
el cristal de la esperanza:
tu
ventana que sólo está en la
Tierra.
¡Aspersiones
de ceniza para tu boca cerrada!
Otra
vez tengo veinte años, y sonámbulo, y en llanto
O
la puerta de tu casa estoy llamando,
Al
pie de tu reja, como antaño,
Bajo
la lluvia sin telón ni máscaras ni agua.
¡Oh
zumbantes calendarios
que
en vano al cierzo,
como
a encinas,
deshojara!
¡No
me digas que te quise! Te quiero.
Te
debía este lamento, y aunque un grito
mi
sangre apenas sea,
también
te lo debía: un solo interminable
de
un corazón en tinieblas.
(Francisco Bendezú, Perú 1928 – 2004)
ROSA
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| Arturo Corcuera |
Tímida rosa ósea y
encarnada
que amo y me ama y junto
a mí se posa,
rosa que me rozó con la
mirada,
¡oh mi amorosa y aromosa
rosa,
sumisa y envolvente
llamarada!
Llamándote me enllamas,
ardorosa,
y erguida en mi alma,
rosa incorporada,
entre mis brazos, caes
temblorosa.
Talle, su tallo. Y
hojas. Y ojos. Sueño
- que con mis manos toco
- que me toca.
Buscada rosa que
encontró su dueño
Escogida entre muchas
minuciosamente.
Lozanos muslos, ansias,
boca,
y no la mires más que así es mi rosa.
(Arturo Corcuera, Perú 1935)
CUENTO
LA DAMA DE
NIEVE
(por Guillermo Delgado)
Para
Federico y Teresa Murriel
In
Memorian
A
pocos kilómetros de la ciudad de Casma se encuentra Condorama, una especie de
paraíso enclavado en una enorme quebrada, donde los cerros parecen acariciar la
nubes y donde las frías noches de invierno las aguas del río Sechín amenazan
con inundar los campos; pero este raro fenómeno de la naturaleza sólo acontece
cuando lo rayos de la luna caen verticalmente sobre una zona de cultivo, toda
ella rodeada de grandes y bellos naranjos, llamada desde los tiempos de don
Federico Muriel Dueñas, su primero propietario, Cocopoto. Este capricho de la
naturaleza (si así puede decirse del
hecho de que las aguas del río parece que emitieran unos sonidos guturales de
llamado), un llamado seco y mortecino y que algunos vecinos del lugar, osados a
avecinarse a las aguas del río cuando este parece enfurecer, han traducido en
un solo nombre: Juan Pineda.
Cuenta la leyenda que este Juan
Pineda, bandolera y mujeriego. Fue en una época de terror no sólo de los
hacendados del lugar por el hecho de que
les robaba sus mejores cosecha sino que muchas veces se llevaba con él,
(algunas no contra su voluntad), a las hijas o a las mujeres de los mismos.
Dicen también que fue una noche, en la que se celebraban las fiestas de la
Virgen de Quisquis, en que Juan Pineda se llevó más de treinta sacos del mejor
maíz de los graneros de Lomparte.
El viejo Eloy no estuvo dispuesto a
permitir que ese sinvergüenza se saliera con la suya, y de inmediato ordenó a
sus hijos que reunieran a más de un veintena de lugareños, a quienes tenía algo
de decirles.
- Al
que me traiga los ojos de ese canalla,
le daré la mano de mi hija.
Y así fue como estimulados hasta el
delirio por alcanzar el amor de la muchacha más bella de todo Condorama, los peones salieron como
jauría en busca de su presa. De los veinte que salieron aquella noche uno regresó, el Amancio, un indio
enorme, de una fuerza descomunal capaz de tumbar una res y de ponerla patas
arriba. De una parquedad tan asombrosa como su fuerza, ni siquiera los azotes
de don Eloy pudieron arrancarle una palabra de lo sucedido. Lo único que se
supo cuando se le encontró deambulando como un aparecido por entre los naranjos
de Cocopoto, es que repetía como autómata: la Dama de Nieve, la Dama de
Nieve .
Cuando el indio murió años más
tarde, el viejo Eloy fue a hablar con la Emma, la mujer del Amancio, para ver
si el marido le había hecho alguna confesión antes de morir. La mujer le dijo
que no sabía nada, pero que si quería enterarse de algo, fuera a buscar a la
Dalmasia, aquella vieja ermitaña que habitaba una casucha al final de la
quebrada, donde los cerros que rodeaban Condorama se abrazaban.
Nadie se había atrevido a acercarse
a aquel oscuro paraje donde habitaba la anciana por temor a sus hechizos. Si no
hubiera sido porque dos de sus hijos estaban entre los que desaparecieron esa
noche, y más aún por el odio que el viejo Eloy sentí por Juan Pineda, el viejo hacendado jamás hubiera asomado la
nariz por esos misteriosos lares. La vieja, al presentir que alguien se
avecinaba, azuzó sus feroces perros para
que despedazaran al intruso. Un fogonazo al aire puso a los animales en fuga;
ya en el interior de la covacha, el
viejo Eloy interrogó a la mujer.
Primero se resistió, pero cuando
sintió el frío cañón de la escopeta que el enfurecido padre le había colocado
en la sien, con la convicción de que si no le decía lo que quería saber le volaría la cabeza, la vieja
comenzó a narrar su historia.
Dijo que esa noche el Amancio se
había presentado en su casucha, y le contó que habían perseguido al bandolero
hasta llegar al valle donde nace el callejón de Huaylas. Que muchos dudaron si
continuar con esa loca cacería, pues, las huellas de Juan Pineda se internaban
entre las moles de roca y hielo que forman las cordilleras. Fue entonces cuando
el Amancio les dijo que no siguieran, pues, sus vidas correrían peligro si se topaban
con la Dama de Nieve. Muchos se rieron y por mofarse del Amancio, a quien
llamaron indio cobarde, prosiguieron la persecución.
El Amancio los vio perderse entre
las enormes rocas del lugar. Sin saber por qué, el indio los había seguido,
siempre a una distancia prudencial. Transcurrida una media hora, los vio
detenerse frente a una enorme gruta entre una gigantesca masa de hielo. Una luz
resplandeciente salía de aquella gélida cueva, donde ya la figura de una
hermosa mujer de cabellos negros y piel tan blanca como la nieve, aparecía en
la entrada. De sus ojos brotaba, radiante, una luz tan clara como la luna y que
el Amancio reconoció como la primera luz que había visto brotar de la caverna.
Los hombres, deslumbrados por la belleza de la mujer, dejaron sus armas y uno a
uno fueron internándose en el interior de la misma.
Cuando ya el terror se había
apoderado del indio y se disponía a escapar del lugar, algo más que una simple
curiosidad lo detuvo. Vio salir de la cueva el mismo número de hombres que los
que habían entrado, pero eran ahora nada más que unas transparentes estatuas de
hielo. Aquellas extrañas y transparentes figuras iniciaron el ascenso de las
empinadas cuestas de las ciclópeas montañas que conforman el callejón de
Huaylas. La dama de nieve los había condenado a vivir eternamente en las cumbres. Un alarido, más que un grito, es
lo que sacó Amancio de su ensimismamiento, del terror que invadía todo su ser.
Era Juan Pineda, el que cubriéndose el rostro con las manos, gritaba y maldecía
a la mujer para que le devolviera sus ojos, los ojos que ésta, para retenerlo
se los había arrancado. El indio pudo ver que la mujer tenía entre sus dedos,
sangrantes aún, los ojos azulados del inerme bandolero, aquellos grandes ojos
azulinos que en muchos años habían sido la perdición de muchas mujeres,
solteras o casadas, vírgenes o viudas; todas habían sucumbido a aquel
desdichado que ahora sufría su designio.
El relato de la vieja Emma, se vio
cortado por un estruendoso sonido que parecía descender de la cordillera.
El
viejo Eloy se dispuso a partir no sin antes encararle a la vieja hechicera que
toda esa historia no era nada más que
una farsa como todo lo que se hablaba de ella y del poder de sus maleficios.
Antes de que el
hacendado pusiera los pies fuera de la casucha, la Emma puso frente a él los
ojos del bandolero Juan Pineda, los cuales estaban colocados cuidadosamente en
un frasco transparente, cubiertos por un líquido blanquecino en el que se veían
nítidamente los bellos ojos del muchacho. Se los había dejado la misma Dama de
Nieve a su paso hacia Condorama, cuando ibas tras Juan Pineda, quien aún sin
sus ojos, deambulaba por las tierras de sembrío huyendo de aquel álgido
espectro que lo había privado de la visión.
Como nunca le había sucedido durante
los siglos que llevaba habitando las frías montañas de la cordillera, la Dama
de Nieve había encontrado por fin al hombre que había conquistado su frío
corazón y no estaba dispuesta a dejarlo ir. Ajena a los cambios de temperatura que ponían en
peligro su integridad, la enigmática figura continuó su búsqueda.
Horrorizado, el viejo Eloy huyó
atravesando las tierras que durante años sus antepasados habían cultivado.
Después de recorrer Cocopoto y a poca distancia de su caserío, el viejo se
detuvo; estaba sumamente cansado, no sólo por la loca carrera que había hecho,
sino porque el calor de aquella noche parecía abrasarlo. Apoyado en un árbol,
sintió una ligera corriente de aire frío que le alivió el cuello y los brazos.
Un riachuelo que corría a sus pies le llamó la atención; en todos los años de
su vida que había vivido en aquella quebrada, jamás se percató de aquella
pequeña corriente de agua cristalina.
El cansancio lo hizo adormecerse por
unos instantes. Al despertar notó que el riachuelo había crecido tanto que
asemejaba un pequeño río cuyo caudal amenazaba con crecer a cada instante. Fue
entonces cuando alzó la vista en dirección a donde un suave cántico parecía
arrullar a un niño. Sus ojos no podían dar credibilidad a lo que veían; la
misma mujer que la hechicera había descrito estaba a pocos metros de dónde él
estaba, y a los pies de ésta, el cuerpo inerte de Juan Pineda yacía
semicubierto por el agua de aquel extraño río que ahora el viejo Eloy comprendía
de dónde provenía; era la Dama de Nieve quien se derretía junto al hombre que
amaba y al que tuvo que matar para no perderlo. Y ahora, mientras ella moría
lentamente, su cuerpo podía juntarse al de su amado, arrastrarlo hacia el mar,
para perderse ambos en la inmensidad del océano.
Cuando ya de ella no quedaba casi
nada, el viejo Eloy vio pasar junto a sus pies el cuerpo hinchado del temible
Juan Pineda, aquel hombre que él había odiado tanto, y que ahora camino del
infierno tenía aún fuerzas para arrastrar consigo al causante de su desgracia.
ANÉCDOTAS
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| Oscar Wilde, Irlanda 1854 - Francia 1900 |
1421: Se hablaba delante de Oscar Wilde de un novelista
que cada año publicaba una obra nueva.
- Sus
obras – observó el original escritor – son más fáciles de escribir que de leer.
72: Mucho se ha escrito, y se ha fantaseado, sobre la
memorable entrevista que el 2 de octubre de 1808 celebraron en Weimar los quizá
más grandes hombres de Europa: Goethe y Napoleón.
¿Fueron las primeras palabras de Napoleón: “¡He
aquí un hombre!”, al observar la llegada del autor se Werther? ¿Fue en el
transcurso de la conversación cuando el Emperador le dijo?: “¡Sois todo un
hombre!” ¡Qué más da!...
Los dos grandes hombres se separaron con mutua
admiración. El busto de Napoleón fue siempre un destacado adorno del despacho
de Goethe.
CITAS
PERDURABLES
Quien habla lo que no debe, oye lo que no quiere.
- Proverbio
español
El que luego da, da dos veces.
- Proverbio
latino
Amar significa admirar con el corazón; admirar
significa amar con la mente.
- Teófilo
Gautier
Cuando más sudemos en la paz, tanto menos
sangraremos en la guerra.
- Hyman
Rockover, almirante de la Marina norteamericana
En nada se revela mejor el carácter de los hombres
que en las causas de su risa.
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| Johann Wolfgang von Goethe, Alemania 1749 - 1832. |
- Goethe
La hora de descansar un poco llegó cuando creemos
no tener tiempo para el reposo.
Persona bien adaptada es la que comete dos veces un
mismo error sin ponerse nerviosa.
El escritor tiene el singularísimo privilegio de
seguir aburriendo mucho tiempo después de muerto.
La gente, en un apuro, a veces prefiere un problema
conocido a una solución por conocer.
Si la necesidad es madre de la invención, la
invención es necesidad de la madre cuando el niño le hace preguntas difíciles.
El padre que insta al hijo a seguir sus pasos,
probablemente ya se ha olvidado de algunos que él mismo dio.





