domingo, 9 de agosto de 2015

NÚMERO 08



MACONDO

   REVISTA CULTURAL ELABORADA POR GUILLERMO DELGADO Y MILAGROS MORA BRITO.




Lima, diciembre del 2014                                           Número 08



César Vallejo. Perú 1892 - Francia 1938



POESÍA


A MI HERMANO MIGUEL

In memoriam

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: «Pero, hijos...» 

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores,
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu  gemelo corazón de estas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. y ya
cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.
(César Vallejo, Perú 1892 – Francia 1938)



TWILIGHT

Francisco Bendezú
Yo soy el granizo
Que entra aullando
Por tu pecho desquiciado.

Soy tu boca.

Yo atesoré a ras del sueño,
debajo de las horas,
el latido de tus pasos por el polvo de Santiago,
y tu densa fragancia de magnolia,
y tu lenta cabellera
con perfil de éxtasis o algas,
y el ardo fulmíneo de tus ojos, que de noche,
como naves sobre el mar,
la bruma iluminaban.

Como guijarros de playa,
o nostálgicos boletos entre cintas y violetas olvidadas,
enterré en mi corazón la línea de tu frente,
la piedra gastada de tus codos, tus sílabas nocturnas,
el fulgor de tus uñas, tus sonrisas,
la loca luz de tus sienes.
¿No sientes trasminar mi dolor a través de tu cuchara?
Mi memoria quedó tal vez en ti
Como las ediciones vespertinas
En las bancas de los parques desahuciadas.

Tu sombra es mi tintero.
Juventud.
¡Juventud mía!
¿Qué tumbas socavaron
la torre más allá de mi vida?

¡No habrá nunca
hilo más puro
         que tu larga mirada
desde lo alto de las escaleras,
ni lampo de cometa comparable
a la curva nevada de tus dientes!
Cantaba la mañana
en las pálidas cortinas y la hierba.
El tiempo cintilaba en tus vidrieras
como sólo una vez el tiempo parpadea.
Ya no estás entre las flores. Ni volverás
jamás a estarlo. ¿Qué tu amor sino labios
que escrituras en el viento fueron?

¡Yo quiero que me digan
si el amor, como los pájaros,
se va a morir al cielo!

Me acuerdo de una noche de trenzas y peldaños,
y óxido, y  collares,
me acuerdo, como ayer, de lo futuro.

¡Quiero acuñar, como el otoño,
medallas en las calles,
o beberme llorando tu ausencia en los teléfonos,
o correr, correr a ciegas por
los tejados de todas las ciudades
hasta perderme para siempre o encontrarte!
¡Otra vuelta estar contigo!
¡Oh día de verano
extraviado en alta mar
como una mariposa!
Contra el flujo incoercible de los años
los días, uno a uno,
absurdamente buscan tu lámpara en las sombras,
no la penumbra, no el espejo de la muerte,
sino el cristal de la esperanza:
tu ventana que sólo está en la Tierra.

¡Aspersiones de ceniza para tu boca cerrada!
Otra vez tengo veinte años, y sonámbulo, y en llanto
O la puerta de tu casa estoy llamando,
Al pie de tu reja, como antaño,
Bajo la lluvia sin telón ni máscaras ni agua.
¡Oh zumbantes calendarios
que en vano al cierzo,
como a encinas,
deshojara!

¡No me digas que te quise! Te quiero.
Te debía este lamento, y aunque un grito
mi sangre apenas sea,
también te lo debía: un solo interminable
de un corazón en tinieblas.
(Francisco Bendezú, Perú 1928 – 2004)



ROSA
Arturo Corcuera

Tímida rosa ósea y encarnada
que amo y me ama y junto a mí se posa,
rosa que me rozó con la mirada,
¡oh mi amorosa y aromosa rosa,
sumisa y envolvente llamarada!
Llamándote me enllamas, ardorosa,
y erguida en mi alma, rosa incorporada,
entre mis brazos, caes temblorosa.

Talle, su tallo. Y hojas. Y ojos. Sueño
- que con mis manos toco - que me toca.
Buscada rosa que encontró su dueño

Escogida entre muchas minuciosamente.
Lozanos muslos, ansias, boca,
y no la mires más que así es mi rosa.
(Arturo Corcuera, Perú  1935)




CUENTO

 

LA DAMA DE NIEVE

(por Guillermo Delgado)



Para Federico y Teresa Murriel
In Memorian




A pocos kilómetros de la ciudad de Casma se encuentra Condorama, una especie de paraíso enclavado en una enorme quebrada, donde los cerros parecen acariciar la nubes y donde las frías noches de invierno las aguas del río Sechín amenazan con inundar los campos; pero este raro fenómeno de la naturaleza sólo acontece cuando lo rayos de la luna caen verticalmente sobre una zona de cultivo, toda ella rodeada de grandes y bellos naranjos, llamada desde los tiempos de don Federico Muriel Dueñas, su primero propietario, Cocopoto. Este capricho de la naturaleza  (si así puede decirse del hecho de que las aguas del río parece que emitieran unos sonidos guturales de llamado), un llamado seco y mortecino y que algunos vecinos del lugar, osados a avecinarse a las aguas del río cuando este parece enfurecer, han traducido en un solo nombre: Juan Pineda.

Cuenta la leyenda que este Juan Pineda, bandolera y mujeriego. Fue en una época de terror no sólo de los hacendados del lugar por el hecho de  que les robaba sus mejores cosecha sino que muchas veces se llevaba con él, (algunas no contra su voluntad), a las hijas o a las mujeres de los mismos. Dicen también que fue una noche, en la que se celebraban las fiestas de la Virgen de Quisquis, en que Juan Pineda se llevó más de treinta sacos del mejor maíz de los graneros de Lomparte.

El viejo Eloy no estuvo dispuesto a permitir que ese sinvergüenza se saliera con la suya, y de inmediato ordenó a sus hijos que reunieran a más de un veintena de lugareños, a quienes tenía algo de decirles.

- Al que me traiga  los ojos de ese canalla, le daré la mano de mi hija.

 

Y así fue como estimulados hasta el delirio por alcanzar el amor de la muchacha más bella de  todo Condorama, los peones salieron como jauría en busca de su presa. De los veinte que salieron aquella  noche uno regresó, el Amancio, un indio enorme, de una fuerza descomunal capaz de tumbar una res y de ponerla patas arriba. De una parquedad tan asombrosa como su fuerza, ni siquiera los azotes de don Eloy pudieron arrancarle una palabra de lo sucedido. Lo único que se supo cuando se le encontró deambulando como un aparecido por entre los naranjos de Cocopoto, es que repetía como autómata: la Dama de Nieve, la Dama de Nieve .

Cuando el indio murió años más tarde, el viejo Eloy fue a hablar con la Emma, la mujer del Amancio, para ver si el marido le había hecho alguna confesión antes de morir. La mujer le dijo que no sabía nada, pero que si quería enterarse de algo, fuera a buscar a la Dalmasia, aquella vieja ermitaña que habitaba una casucha al final de la quebrada, donde los cerros que rodeaban Condorama se abrazaban.

Nadie se había atrevido a acercarse a aquel oscuro paraje donde habitaba la anciana por temor a sus hechizos. Si no hubiera sido porque dos de sus hijos estaban entre los que desaparecieron esa noche, y más aún por el odio que el viejo Eloy sentí por Juan Pineda,  el viejo hacendado jamás hubiera asomado la nariz por esos misteriosos lares. La vieja, al presentir que alguien se avecinaba, azuzó sus  feroces perros para que despedazaran al intruso. Un fogonazo al aire puso a los animales en fuga; ya en el interior de la  covacha, el viejo Eloy interrogó a la mujer.

Primero se resistió, pero cuando sintió el frío cañón de la escopeta que el enfurecido padre le había colocado en la sien, con la convicción de que si no le decía lo que     quería saber le volaría la cabeza, la vieja comenzó a narrar su historia.

Dijo que esa noche el Amancio se había presentado en su casucha, y le contó que habían perseguido al bandolero hasta llegar al valle donde nace el callejón de Huaylas. Que muchos dudaron si continuar con esa loca cacería, pues, las huellas de Juan Pineda se internaban entre las moles de roca y hielo que forman las cordilleras. Fue entonces cuando el Amancio les dijo que no siguieran, pues, sus vidas correrían peligro si se topaban con la Dama de Nieve. Muchos se rieron y por mofarse del Amancio, a quien llamaron indio cobarde, prosiguieron la persecución.

El Amancio los vio perderse entre las enormes rocas del lugar. Sin saber por qué, el indio los había seguido, siempre a una distancia prudencial. Transcurrida una media hora, los vio detenerse frente a una enorme gruta entre una gigantesca masa de hielo. Una luz resplandeciente salía de aquella gélida cueva, donde ya la figura de una hermosa mujer de cabellos negros y piel tan blanca como la nieve, aparecía en la entrada. De sus ojos brotaba, radiante, una luz tan clara como la luna y que el Amancio reconoció como la primera luz que había visto brotar de la caverna. Los hombres, deslumbrados por la belleza de la mujer, dejaron sus armas y uno a uno fueron internándose en el interior de la misma.

Cuando ya el terror se había apoderado del indio y se disponía a escapar del lugar, algo más que una simple curiosidad lo detuvo. Vio salir de la cueva el mismo número de hombres que los que habían entrado, pero eran ahora nada más que unas transparentes estatuas de hielo. Aquellas extrañas y transparentes figuras iniciaron el ascenso de las empinadas cuestas de las ciclópeas montañas que conforman el callejón de Huaylas. La dama de nieve los había condenado a vivir eternamente en  las cumbres. Un alarido, más que un grito, es lo que sacó Amancio de su ensimismamiento, del terror que invadía todo su ser. Era Juan Pineda, el que cubriéndose el rostro con las manos, gritaba y maldecía a la mujer para que le devolviera sus ojos, los ojos que ésta, para retenerlo se los había arrancado. El indio pudo ver que la mujer tenía entre sus dedos, sangrantes aún, los ojos azulados del inerme bandolero, aquellos grandes ojos azulinos que en muchos años habían sido la perdición de muchas mujeres, solteras o casadas, vírgenes o viudas; todas habían sucumbido a aquel desdichado que ahora sufría su designio.

El relato de la vieja Emma, se vio cortado por un estruendoso sonido que parecía descender de la cordillera.

El viejo Eloy se dispuso a partir no sin antes encararle a la vieja hechicera que toda esa  historia no era nada más que una farsa como todo lo que se hablaba de ella y del poder de sus maleficios.
Antes de que el hacendado pusiera los pies fuera de la casucha, la Emma puso frente a él los ojos del bandolero Juan Pineda, los cuales estaban colocados cuidadosamente en un frasco transparente, cubiertos por un líquido blanquecino en el que se veían nítidamente los bellos ojos del muchacho. Se los había dejado la misma Dama de Nieve a su paso hacia Condorama, cuando ibas tras Juan Pineda, quien aún sin sus ojos, deambulaba por las tierras de sembrío huyendo de aquel álgido espectro que lo había privado de la visión.

Como nunca le había sucedido durante los siglos que llevaba habitando las frías montañas de la cordillera, la Dama de Nieve había encontrado por fin al hombre que había conquistado su frío corazón y no estaba dispuesta a dejarlo ir. Ajena a  los cambios de temperatura que ponían en peligro su integridad, la enigmática figura continuó su búsqueda.

Horrorizado, el viejo Eloy huyó atravesando las tierras que durante años sus antepasados habían cultivado. Después de recorrer Cocopoto y a poca distancia de su caserío, el viejo se detuvo; estaba sumamente cansado, no sólo por la loca carrera que había hecho, sino porque el calor de aquella noche parecía abrasarlo. Apoyado en un árbol, sintió una ligera corriente de aire frío que le alivió el cuello y los brazos. Un riachuelo que corría a sus pies le llamó la atención; en todos los años de su vida que había vivido en aquella quebrada, jamás se percató de aquella pequeña corriente  de agua cristalina.

El cansancio lo hizo adormecerse por unos instantes. Al despertar notó que el riachuelo había crecido tanto que asemejaba un pequeño río cuyo caudal amenazaba con crecer a cada instante. Fue entonces cuando alzó la vista en dirección a donde un suave cántico parecía arrullar a un niño. Sus ojos no podían dar credibilidad a lo que veían; la misma mujer que la hechicera había descrito estaba a pocos metros de dónde él estaba, y a los pies de ésta, el cuerpo inerte de Juan Pineda yacía semicubierto por el agua de aquel extraño río que ahora el viejo Eloy comprendía de dónde provenía; era la Dama de Nieve quien se derretía junto al hombre que amaba y al que tuvo que matar para no perderlo. Y ahora, mientras ella moría lentamente, su cuerpo podía juntarse al de su amado, arrastrarlo hacia el mar, para perderse ambos en la inmensidad del océano.

Cuando ya de ella no quedaba casi nada, el viejo Eloy vio pasar junto a sus pies el cuerpo hinchado del temible Juan Pineda, aquel hombre que él había odiado tanto, y que ahora camino del infierno tenía aún fuerzas para arrastrar consigo al causante de su desgracia.




ANÉCDOTAS

Oscar Wilde, Irlanda 1854 - Francia 1900
1421: Se hablaba delante de Oscar Wilde de un novelista que cada año publicaba una obra nueva.

-       Sus obras – observó el original escritor – son más fáciles de escribir que de leer.




72: Mucho se ha escrito, y se ha fantaseado, sobre la memorable entrevista que el 2 de octubre de 1808 celebraron en Weimar los quizá más grandes hombres de Europa: Goethe y Napoleón.

¿Fueron las primeras palabras de Napoleón: “¡He aquí un hombre!”, al observar la llegada del autor se Werther? ¿Fue en el transcurso de la conversación cuando el Emperador le dijo?: “¡Sois todo un hombre!” ¡Qué más da!... 

Los dos grandes hombres se separaron con mutua admiración. El busto de Napoleón fue siempre un destacado adorno del despacho de Goethe.





CITAS PERDURABLES

Quien habla lo que no debe, oye lo que no quiere.
-       Proverbio español


El que luego da, da dos veces.
-       Proverbio latino


Amar significa admirar con el corazón; admirar significa amar con la mente.
-       Teófilo Gautier


Cuando más sudemos en la paz, tanto menos sangraremos en la guerra.
-       Hyman Rockover, almirante de la Marina norteamericana


En nada se revela mejor el carácter de los hombres que en las causas de su risa.
Johann Wolfgang von Goethe,
Alemania 1749 - 1832.
-       Goethe


La hora de descansar un poco llegó cuando creemos no tener tiempo para el reposo.


Persona bien adaptada es la que comete dos veces un mismo error sin ponerse nerviosa.


El escritor tiene el singularísimo privilegio de seguir aburriendo mucho tiempo después de muerto.


La gente, en un apuro, a veces prefiere un problema conocido a una solución por conocer.


Si la necesidad es madre de la invención, la invención es necesidad de la madre cuando el niño le hace preguntas difíciles.



El padre que insta al hijo a seguir sus pasos, probablemente ya se ha olvidado de algunos que él mismo dio.